12 de octubre de 2011

Telecinco y la realidad que nos ocupa

El sobrino de la tía Claudina me cuenta historias maravillosas, breves, sentidas. O me regala frases célebres y yo las uso o las olvido; o las presto, o se las robo. También me entrega sin acuse de recibo y sin aviso previo expresiones magníficas, como cuando definió académicamente la lamentable etapa histórica en la que Galicia se llenó de galpones y adefesios urbanísticos como "Período uralítico". El domingo, en su casa de Orleáns*, en el mismo centro de Orleáns, y con vistas al rascacielos más alto de la ciudad, el hotel San Martín, charlábamos mi amigo y yo sentados frente al televisor después de desayunar. Él hablaba sobre la conveniencia de comprarse una tele nueva y pasarle quizás a sus padres la antigua, que es de plasma y ni tiene todavía un año. "Es que me he dado cuenta -me explicaba- de que en el hueco me cabría una todavía más grande". Justo cuando yo le respondía que si a sus padres no les iba bien la tele de plasma vieja, yo la aceptaría encantado en calidad de donativo, el sobrino de la tía Claudina me interrumpió:
-Es terrible. Mi madre confunde Telecinco con la realidad. Dice que Jorge Javier saca los brazos fuera de la pantalla. Yo le digo que no será para tanto y ella erre que erre, que sí que saca los brazos fuera de la pantalla, pero que solo lo hace en la tele de la cocina, que es más pequeña.
Me estaba imaginando a Jorge Javier remando en 3D en la cocina de la cuñada de la tía Claudina cuando su hijo continuó:
-Ve el mundo a través de Telecinco y claro, se preocupa, se preocupa muchísimo. El otro día, cuando me despedía, me dijo: "Ten cuidado ahí fuera, no vayan a matarte".
Me gusta ir a Orleáns; siempre traigo llenas la barriga y la cantimplora de las historias.
*Orleáns es como llama mi padre a Ourense, una denominación basada en las antiguas matrículas provinciales que empezaban por "OR".

3 de octubre de 2011

Rv: Virrey de barrio (historias de Lavadores I)

Con frecuencia hablo de Lavadores, la patria chica de mi padre, una parroquia de Vigo que fue ayuntamiento independiente durante más de un siglo. Esa circunstancia autónoma marcó el carácter de sus habitantes y, en consecuencia, creo yo, de los herederos de aquellos pobladores primitivos, aunque hayamos nacido ya fuera de los lindes parroquiales.
Cuando, por cualquier circunstancia, mi padre y yo regresamos a aquel antiguo municipio hoy anexionado a Vigo, él no puede evitar que le aflore la infancia. Son narraciones a menudo repetidas, es cierto, aunque reconozco que, según me hago mayor, en las historias de Mirás paladeo detalles que antes se me habían escapado, seguramente por la falta de atención inherente a la juventud. Así que procuro escribirlas, para que no se pierdan. Y eso hago ahora mismo.
Este fin de semana volvimos mi padre y yo a Lavadores y allí, junto a la iglesia de Santa Cristina, busqué con la mirada el chalé del general San Juan. Tenía un recuerdo infantil según el cual se alzaba imponente, frente a la sede parroquial, un chalé que desentonaba por su majestuosidad y su planta con en el entorno obrero lavadoreño. Era la residencia de un general de Franco, de un individuo condecorado que comulgaba aparte en misa y que tenía reclinatorio propio cuatro pasos más cerca del altar y, consecuentemente, cuatro pasos más cerca de Dios.
San Juan era un general franquista en la Rusia Chica, que es como se conocía a Lavadores en los años 40 y sucesivos por lo dilatado en número de sus parroquianos revolucionarios, comunistas y anarquistas; gente problemática que se empeñaba en ser libre. Así que es fácil imaginarse que, con la guerra perdida, el alto mando del glorioso Ejército Nacional se hubiera convertido para los de Lavadores en una especie de virrey fascista, sin otro encargo en la vida que recordarles las 24 horas del día a sus vecinos quién gobernaba España. A pie o en coche. Y a la derecha, muy a la derecha de Dios.
Busqué con la mirada, decía, el chalé de San Juan frente a la iglesia de Santa Cristina y no lo vi a la primera. Solo cuando achiné los ojos, como intentando enfocar, me di cuenta de que la casona del militar estaba delante de mis narices, aunque rodeada por delante de un añadido de ladrillo rojo y tapada su majestuosidad por un enorme cartelón: "Guardería Infantil Los Pitufos". Me reí solo, hacia adentro, pensando en la cara que habría puesto el difunto general de haber visto su grandiosa atalaya convertida en una escuela de niños, él que tanto los odiaba. No sé si odiaba a todos los niños, pero desde luego aborrecía a los niños pobres.
De la inmensa finca de frutales que aromatizaba la vida pudiente de San Juan tampoco queda nada. En aquellas tierras sembró la especulación chalés que no tienen más pega que las vistas prosaicas a la nave de vías y obras del Concello de Vigo. Es como si la memoria del general San Juan hubiera sido burlada por unos críos con mandilón, por una parte, y por la especulación inmobiliaria, por otra; una ironía de que en la vida de hoy la cadena de mando es otra.
-"Entonces, la guardería es el chalé de San Juan, pero modificado", le dije a mi padre, que se entretenía sacando fotos a la familia.
 -"San Juan, menudo hijo de puta", me contestó olvidando que acabábamos de asistir en la iglesia al bautizo cristiano de su nieta, mi sobrina.
"Un hijo de puta -continuó mi padre- que prefería ver cómo la fruta se le pudría en los árboles a que los niños de Lavadores pudiésemos digerirla". Mirás dejó de retratar y me contó entonces que fue precisamente San Juan, por mediación de su criado, Clemente, uno de los individuos que más le hicieron sentir el miedo verdadero, el terror. Me explicó mi padre que, a finales de los años 40, los niños de Lavadores eran ricos en piojos y hambre. Y pobres en todo lo demás. Así que no era raro que, cuando las tripas se descompaginaban, los chavales de la parroquia se lanzaran a robar fruta allá donde la fruta maduraba: en los mismos árboles. Y el fértil retiro agropecuario de San Juan, frente a la iglesia, diez metros por encima de la cabeza de la necesidad, se antojaba Mercamadrid para aquellos niños infestados de mocos y de pulgas de la Rusia Chica.
"Una vez -me dijo mi padre- me tocó a mí. Clemente, el criado, nos sorprendió robando fruta. Y conocí el pánico". Escuché sin interrumpir: "A los cuatro que no pudimos escapar aquel día, Clemente nos ordenó bajarnos los pantalones allí mismo, debajo de un manzano. Éramos tan pobres que ninguno tenía calzoncillos, así que nos quedamos allí, temblorosos y esqueléticos, con las pirolas al viento encogidas de angustia. Entonces, el criado nos encerró en una cuadra, desnudos, y nos cagamos encima". Me imaginaba la escena como si la estuviera viviendo yo: cuatro niños escuchimizados en bolas, recluidos en una cuadra por haberse atrevido... ¡A comer! Y me relató Mirás que, mientras los pequeños se cagaban de miedo, San Juan actuaba siempre de la misma manera: ordenaba al criado que cabalgara hasta el Sobreiro para avisar a los padres de los detenidos de la suerte que habían corrido sus hijos. Y los padres, preocupados no ya por el hecho de que los niños robaran fruta -a fin de cuentas, era para sobrevivir- sino por el manchurrón que podía suponer para sus ya complicadas existencias haber violado la propiedad privada de un general del caudillo, acudían veloces para rescatar a sus hijos y abofetearlos y escarmentarlos con dolor de corazón delante del virrey de barrio. Eso sí, antes de liberarlos del todo y de devolverles sus pantalones y su dignidad, Clemente extendía la mano y exigía a los miserables de Lavadores, a los que nada tenían, el pago de una multa en metálico, en desagravio. Después de eso, los pobres eran un poco más pobres, el mundo escribía un pasaje más en su enciclopedia de las injusticias y maduraba como las manzanas del general la inocencia desnutrida de la chavalada de Lavadores; hasta pudrirse.
Hasta que San Juan murió de viejo y desapareció, toneladas de fruta se pudrieron también en sus árboles y muchos hijos del hambre acabaron en la cuadra con las pirolas asustadas. Hoy, la memoria del general está oculta detrás del cartel que anuncia a los cuatro vientos los dominios de los niños de la Guardería Infantil Los Pitufos; la Historia tardó, pero se tomó su venganza.

19 de septiembre de 2011

Tardes de crónica negra.

Hay quien me pregunta por qué me he dedicado tan de lleno al periodismo de sucesos. Algunos ya sabéis que, ahora mismo, estoy inmerso en la grabación de un programa de televisión sobre el asunto. Creo que los sucesos están en la esencia misma del periodismo pero, en cualquier caso, repito una entrada que escribí hace algún tiempo y que da, creo, algunas respuestas. Ahí va:

Creo que el periodismo de sucesos me viene de familia, aunque soy el único que lo ejerce. Y la culpa es de la tía Carmen. La tía Carmen era una hermana de mi abuela por parte de padre. Estaba suscrita a El Caso y en su casita del Sobreiro, en Lavadores, el suelo de la cocina siempre estaba tapizado con los crímenes de la semana pasada.
El periódico siempre ha tenido valor añadido para empaquetar, para amortiguar o para hacer de papel secante de los fregados. Y en casa de la tía de mi padre, sentado sobre una banqueta con las piernas colgando, descubrí mirando hacia abajo la narrativa forense de Margarita Landi y de Paco Pérez Abellán.Y conocí nada menos que a El Lute antes de que le pusiesen la cara de Imanol Arias. En aquella enciclopedia del crimen de usar y tirar aprendí unas nociones básicas de criminología que, más tarde, reforcé en televisión a través de películas y series en las que el asesino siempre regresaba al lugar de los hechos. Pero la base de mi educación criminológica está en casa de la tía Carmen y en esa devoción que tenía por el semanario más desgarrador de la prensa española. Lo de aquella mujer con los sucesos era algo difícil de explicar. Llevaba la cuenta de los óbitos más macabros de España y devoraba con fruición la crónica negra española. Me consta que asistía como público a los juicios y que, a la hora de escoger una película en el Avenida o en el Palermo -iba los jueves sin faltar uno- miraba bien que estuviese basada en hechos reales.
La tía Carmen no era rápida leyendo, pero tenía toda una semana para documentarse antes de que llegase el número siguiente. El Caso era un periódico cuyos redactores habían conseguido lo que otros jamás lograremos: que los lectores se tragasen hasta los pies de foto; ahora, la gente te dice que lee el periódico cuando, en realidad, no ha pasado del cuerpo 38 de los titulares.
La abuela Pura no sabía leer. Pero conocía bien los archivos de las comisarías españolas gracias a las explicaciones que le daba por las tardes su hermana, tomando la fresca. Tengo muy vivo el recuerdo de los sábados por la tarde en el Sobreiro, que era como un plató de telerrealidad. La plaqueta marrón que revestía la casa de Carmen y Benito -esa plaqueta todavía existe- era el respaldo de aquella salita al aire libre. Cada uno se llevaba su silla y allí acudían, como clavos, los demás actores de esta novela real. No era raro que apareciesen de visita en aquellas tardes de los años setenta mis tíos del Calvario, o un primo de mi padre que trabajó como investigador privado un tiempo y al que le quedó para siempre el mote de "O detetive". También era frecuente que llegase al Sobreiro Milito, primo también de mi padre y enterrador titular de Santo Tomé de Freixeiro, para arreglar algún asunto funerario o relatar el deshaucio de un cadáver que debía dejar sitio a la siguiente generación. Milito era un artista de los sepelios: nadie enterraba ni desenterraba como él, y nadie sabía optimizar mejor el espacio de un nicho para ubicar, cómodamente, a un finado y las osamentas de otros seis convenientemente organizados en cajas de cinc.
En aquellas tertulias del Sobreiro, decía, se destripaba a los vivos y se devoraban las entrañas de los muertos. Y la tía Carmen informaba, con la autoridad de un ministro portavoz, de los asesinatos más frescos y de los crímenes más espeluznantes de España.
Mis hermanos y yo escuchábamos calladitos y educados, como hacen los niños cuando hablan los mayores. Y la tarde se hacía larga en aquella arteria principal del Sobreiro, una verdadera mesa de autopsias de la actualidad. No fue hasta años más tarde cuando me di cuenta de qué manera el periodismo de sucesos había marcado la vida de mis antepasados y, por contagio, la mía propia. Fue cuando descubrí que a Enrique, otro primo de mi padre, lo apodaban Chessman por su enorme parecido con un malogrado criminal al que gasearon en San Quintín. Entonces entendí también por qué, cuando hacías una trastada, la abuela o la tía Carmen te revolvían el pelo y te decían: “¡Ahhhhh, Landrú!”. ¿Landrú? ¿Pero sabéis quién fue Landrú? ¡Que soy un niño!
De todos aquellos no queda casi nadie, ni siquiera Milito, que los enterró a todos y después necesitó ayuda para él. Ayer, medio dormido, escuché que Íker Jiménez hablaba de Landrú y de repente regresé al Sobreiro y me imaginé a la tía Carmen en la bancada del público del palacio de Justicia. Tampoco somos tan diferentes: ella lo hacía por morbo; yo lo hago por dinero.

15 de septiembre de 2011

El universo Apple según Ane

Ane ve encendido el logo de la manzana de mi MacBook y pregunta:

-¿Y por qué tiene una manzana? ¿Y por qué el teléfono también tiene una manzana?

-Pues porque el señor que hizo el ordenador y el teléfono le pone a todo lo que hace una manzana, igual que nosotros marcamos tu ropa del cole con tu nombre.

-Pero él no se llama "Manzana"...

-No, pero le gustarán las manzanas, supongo [no le voy a explicar a la niña la teoría de que si es un homenaje a Newton, que si Alan Turing murió mordiendo una manzana envenenada... en fin]

-[Se queda pensando] Pues... vamos a llamar por teléfono al señor que hizo el ordenador, porque a mí me gusta más que tenga un plátano.  A ti te gustan los plátanos ¿verdad, papá?

-Sí, bueno, supongo que no estaría mal que tuviera un plátano...

Y así, según Ane, el universo Apple bien podría ser el universo banana.

14 de septiembre de 2011

La caja. Basado en una historia real.

Cuando haces limpieza, siempre encuentras cosas que no quieres tirar. Esta tuvo su momento de gloria. Hoy la recupero. Por ellos.

Hace setenta años, que un niño muriese al nacer o que naciese muerto era algo habitual. Lo raro era llegar de una pieza, completo, vivo. La mujer paría con dolor extremo, como paren las bestias, y si algo salía mal nadie se andaba con contemplaciones, eran cosas de la vida; "Estaba de ser", decían las viejas. Si por medio andaban los curas, entonces había que rezar para que no hubiera complicaciones porque, si tocaba escoger, los curas siempre miraban antes por el hijo que por la madre. In dubio, pro orphanus. Históricamente, la mujer siempre ha sido para el clero un vehículo, lo que de verdad les importa es el pasajero y no el taxi. Todavía hoy algunos lo piensan.

Un domingo, hace unos años, en Peitieiros, mi tío Carlos me contó la realidad terrible a la que se tuvieron que enfrentar sus padres, mis abuelos, poco después de haberse casado, mucho antes de nacer él. Pura Domínguez  y Pepe Mirás contrajeron matrimonio jóvenes, sin dote, con el pasado sufrido, el presente justo, las habas contadas y el futuro incierto. Pero llenos de amor. Se me escapan las fechas pero así, a ojo, el casorio tuvo que celebrarse, más o menos -calculando la edad de mi padre y la de mis tíos- en medio de la Guerra Civil, con Franco sublevado y crecido a partes iguales.

Mirás era tranviario, corredor de campo a través e hijo de la Rusia Chica. Mirás era un rojo. Y Pura repartía pan y daba por bueno lo que hiciese su marido, aunque rezaba por los dos. Por si acaso. Pero se querían. Cuando la abuela se quedó preñada por primera vez, a la pareja le invadió una mezcla de felicidad y vértigo. Eran años malos para traer gente a España. Mirás lo asumió como algo natural, como el curso lógico de los acontecmientos: desembarcaba otro paria en la tierra. Para Purita, que respetaba las ideas bocheviques de su marido pero que comulgaba doble, no fuera a ser, un hijo era un enviado de Dios.

Mi abuela no dejó de repartir en los nueve meses que tardó la criatura en crecer en su interior, de sol a sol, caminando hasta veinte kilómetros diarios con una cesta de pan sobre la cabeza. Hasta que llegó el día. Con las aguas rotas piernas abajo, Pura y Mirás se fueron apurados a la maternidad de Teis en el tranvía. Nunca he sabido realmente si el tranvía de Teis era el seis, como dice mi padre, o si eso es una rima premediatda que falta a la verdad. La partera le dijo a mi abuela que soplara, que empujase como si de ello dependiesen las mareas. Y Purita empujó tanto que casi se le va la vida por la boca; hubo que cerrar la ventana para que no hiciese corriente. Dios, que debería haber estado allí porque hacía falta, porque Dios siempre hace falta cuando nace un pobre, hizo dejación de funciones y abandonó a su suerte a mi abuela, a mi abuelo y a la criatura. "La niña está muerta, no hay nada que hacer", le dijo bruscamente la comadrona a mi abuelo que, detrás de una cortina, había empezado a pensar que un parto es chacinería inútil si no se escucha el llanto de un bebé. Mirás apretó la cabeza de su mujer contra su pecho y lloraron juntos las lágrimas más amargas jamás lloradas. Aun no habían tenido tiempo de tomar aire cuando la encargada de la maternidad le dijo a mi abuelo: "Tiene que llevarse el cuerpo y enterrarlo usted". No sé exactamente en qué año fue, pero sé sin duda que era Navidad porque alguien vació los higos secos de una caja de madera que había llegado a aquel paritorio precario y metió dentro el pequeño cuerpecito de mi tía muerta, amortajado con una toalla. Mientras mi abuela se quedaba allí, destrozada y sola por dentro y por fuera, Mirás se puso la caja debajo de un brazo, le dio un beso en la frente a Purita y se subió en marcha al 6 para llegar al cementerio lo antes posible. Lloró hacia adentro durante el trayecto y deseó haber creído en Dios para poder maldecirlo y llamarle hijo de la gran puta. Los demás pasajeros sólo vieron a un hombre flaco que llevaba un paquete, quizás un encargo; un regalo de Navidad. Nadie reparó en que, aquel día, la tragedia viajaba en tranvía. Ni tampoco en que Dios no estaba allí.

31 de agosto de 2011

Los trenes "europedos" del norte

Qué no somos europeos, no os engañéis. Eso es un espejismo. ¿Europedos? Quizás, pero lo otro no, bajo ninguna circunstancia. A las 9.25 de esta mañana me he subido en el tren que une Santiago con Hendaya. Mi destino era Pamplona, pero la única manera de ir a Pamplona en tren es coger la línea de Hendaya, bajarte en Vitoria y hacer un transbordo.


No sé cuál es el motivo, pero el tren de Hendaya se llama Tren Arco. Visto lo visto en el viaje, yo sería más partidario de rebautizarlo como Tren Arco de Noé por lo rústico de sus servicios, de su moqueta, de su chachachá. Compré billete en Preferente un poco engañado. En los foros de Internet decían que los trenes que realizan estas distancias largas ya van equipados con todas las comodidades de la vida moderna, quiero decir: te sirven la comida a la hora de comer; te ponen unas bonitas películas para entretenerte; tienes varios canales de música e, incluso, enchufe para cargar el móvil, que es un electrodoméstico indispensable en este presente del futuro en el que estamos instalados. Pero mira que soy idiota por creerme todo eso.


De todas las comodidades que pensé que tendría, la única destacable es el espacio entre asientos. Soy patilargo y tengo envergadura, así que agradezco no viajar en un buzón de Correos. El vagón de preferente tiene un aire retro que no está del todo mal para un museo, con su moqueta y sus cortinas verdes. Pero del resto, de la vida futura, nada de nada. Me alegré cuando vi sobre el asiento un pequeño saquito morado con unos auriculares dentro. Pero se me bajó el calentón cuando, a las 13.00, pusieron una película. No daba crédito: una cinta en VHS de los noventa titulada “El club de las primeras esposas”. Con su imagen lluviosa, sus crops, su sincronía desgastada. Me puse a pensar cuántos amigos conozco que tengan todavía en casa, y en uso, un vídeo VHS. Y no me vino ninguno a la cabeza. Pero la Red Nacional de Ferrocarriles Españoles sigue utilizando semejante aparato en los trenes que comunican el norte. La película, si acaso, la escuchamos, porque lo que se dice verla… Tuve que mirar por la ventanilla para confirmar que tiraba de nosotros una máquina Diésel y no la Sarita, la locomotora de vapor que conducía el abuelo de Camilo José Cela. Renfe se resiste a instalar un deuvedé, un lujo asiático que cuesta 25 euros en Alcampo.


Sentí entre risa y vergüenza ajena pensando en qué imagen se llevarían de nuestra red ferroviaria los peregrinos que regresan a Europa después de haber caminado con sus báculos y sus ropa de Decathlon hasta Compostela. Diez horas para llegar a Vitoria en un tren con moqueta verde que entretiene en VHS.


A las dos de la tarde me cantaban las tripas La Cumparsita. “Debe de estar a punto de llegar la comida”, pensé. No puedo ser más idiota. Renfe sí que sirve comidas en largas distancias, pero no en el tren del norte. Se supone que los del norte somos tipos fornidos y cachalotes, un poco gallegos, un poco vascos, un poco navarros… que resistimos lo que nos echen sin comer, tenemos reservas y, además, sobre todos los gallegos, somos muy de llevar paquetes y fiambreras. ¡Maldita la falta que hace un catering en un tren del norte!, pensarán los anoréxicos responsables del servicio en sus despachos de Madrid. Lo mismo la ausencia de cátering forma parte de un plan secreto del Gobierno contra el sobrepeso. El caso es que ni agua. ¿Pero esto no era preferente?, me pregunté. ¡Ya!, caí. ¡Regional preferente! Si es que no estoy a lo que estoy.


Acabé zampándome un bocadillo de jamón y una Fanta que compré en la cafetería al módico precio de ochocientas pesetas de las de antes. No estaba mal, pero tenía otras expectativas gastronómicas. Incluso, si me lo hubieran ofrecido, habría pagado aparte el menú, ya puestos en harina. Pero Renfe no ofrece nada. Renfe castiga a los del norte con el tren Arco de Noé que, encima, tuvo que pedir socorro. Como iba con retraso –el baile de enganches y desenganches en Ourense y Monforte es la yenka ferroviaria, ahora vas mirando hacia delante, ahora hacia atrás- el revisor nos dijo que no llegaríamos a tiempo a Vitoria para coger el regional a Pamplona. Así que nos buscó por los vagones a los que nos dirigíamos a Iruña y nos aconsejó que, a la de tres, en cuanto llegásemos a Miranda de Ebro, nos bajásemos como si la vida nos fuera en ello y echásemos a correr por el andén para subirnos de nuevo al Regional que venía detrás. Todos interpretamos que en ese Regional llegaríamos ya a Pamplona, pues se supone que solo había un transbordo. Pues tampoco. Lo que hizo el Regional fue recuperar el tiempo perdido por el Arco de Noé para llegar a Vitoria pero, una vez en la capital alavesa, tocó salir pitando de nuevo y montarse en un tercer tren, en el que estoy ahora, para acabar la travesía en Pamplona. No ha sido un viaje incómodo, no es eso. No he pasado ni frío ni calor, he ido holgado… Pero solo con un poco más de interés, el norte de la Península podría estar conectado por una línea del siglo XXI  y no por un Zeppeling diésel cuyo mayor avance tecnológico son sus vistas. Ya que la vía es la que es y la distancia no se puede acortar, ¡Hagan más cómodo el viaje, leche! Pongan un tren moderno, como los que tenían en Europa ya en los años ochenta del siglo pasado, con su cátering, sus películas en color, sus canales de música y esa información tan agradecida que sí hay en otros trenes, que te marca la velocidad, la temperatura e incluso el recorrido. La alternativa aérea tampoco es una opción. Sólo Iberia enlaza Galicia con el País Vasco y con Navarra así que cobra lo que le da la gana y hace de sus capas unos rentables sayos voladores. Yo me he venido en tren porque la oferta más económica –tiene coña lo de la tarifa económica- que me hacía la aerolínea eran unos 400 euros por un viaje solo de ida. Lo dicho, que seguimos instalados en el siglo XIX; en la prehistoria. Y Europa empieza justo detrás de los Pirineos.­­­ Nosotros solo somos europedos.

19 de agosto de 2011

Por si sirve de algo, le cedo este espacio a Daniel Nuevo

Quiero contribuir a difundir por todos los medios los excesos policiales que se están produciendo en Madrid. Así que enlazo con la brutal experiencia vivida por Daniel Nuevo, en la confianza de que se depuren responsabilidades, de que no vuelva a ocurrir. [Aquí]

20 de abril de 2011

Decía hace seis años...

Recupero este post de hace nada menos que seis años. Dicen que el AVE ya viene, pero por aquí todo sigue igual.

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Agro-pop-art. Capítulo I. Pero mira cómo beben…

6 septiembre, 2005
Esta Galicia no sale en los almanaques, ni en las postales, ni en las fotos de las vacaciones. Pero existe y es la Galicia más real, la de la gente particular que la habita, la de las señoras de luto, el can de palleiro, la fachada con plaqueta y los tejados de Uralita. Estamos en A Torre, ayuntamiento de Teo, provincia de A Coruña -al ladito de mi casa- El señor Manolo de turno ha reciclado la vieja bañera y la ha convertido en un abrevadero. No es modelo único, pues en la finca que está justo enfrente hay otro recipiente parecido. ¿Feísmo paisajístico? ¿Reciclaje? Quién sabe. Yo tengo mi propia teoría: el señor Manolo y la señora Genoveva se hicieron mayores. La descalcificación inherente a la menopausia convirtió la cadera de la señora Genoveva en una cadera de cristal. Matilde, la hija de la señora Genoveva, que ve por las mañanas en la tele Saber Vivir, con Torreiglesias, escuchó que lo mejor para evitar que las personas mayores se caigan en el baño es que no se bañen. Matilde se toma todo al pie de la letra y la buena de Genoveva estuvo a punto de fermentar. Después de un mes sin lavarse, el señor Manolo no pudo más y un día dijo: “Genoveva, cando dixen que si, que casaba para sempre, en las alegrías y en las penas, non manexaba toda a información. Así que ou te lavas ou empezo a escribirlle a Ratzinger.” Menos mal que en el tránsito apareció Marinita, la cuñada de Matilde, que estudió con las monjas y que le explicó a su cuñada que lo que Torreiglesias quería decir es que las personas mayores deben de sustituir la bañera por la ducha. “Hay una estadística americana -le espetó- que sostiene que la ducha es menos traicionera, porque la bañera es como los ojos verdes, que te la meten doblada a la que te despistas”. Seijo, el fontero de Teo, arrancó la bañera de las entrañas del cuarto de baño, que desde ese día pasó a llamarse cuarto de ducha. Y como aquí no se tira nada, ahí tenéis el resultado, un bebedero fabricado por Roca que no existiría si estos carajos de médicos hubieran dado con un remedio eficaz contra la descalcificación de los huesos. Si es que todo tiene una explicación…

15 de abril de 2011

Rumanos

No quiero ni pensar el Dios que se liaría si un periódico, pongamos por caso, argentino, titulase así: "Una banda de gallegos se especializa en atracar bancos". Un día, otro, otro más, semanas, meses, a todas horas. "Ladrones gallegos butroneros asaltan una estación de servicio de Buenos Aires". "Cuidado con los gallegos que, en general, son bandidos". Si esto llegase a pasar, que no creo, los opinadores, gallegos, de guardia, montarían en cólera. Los periódicos, gallegos, dedicarían amplios editoriales a exaltar las bondades del pueblo de Breogán y pondrían el acento en sacarles las tripas a quienes criminalizan a todo un país escribiendo juntas la delincuencia y la procedencia. La Xunta enviaría un emisario al país austral para intentar lavar la cara de sus representados. Y para arañar, de paso, unos votiños. Por su parte, los analistas argentinos presionarían a las autoridades para que aplicaran la mano dura con esos gashhhegos boluuudos, cheeee, ese pueblo miseraaable". Y, cuando uno de nosotros aterrizase en Buenos Aires, un guardia de aduanas argentino nos haría un traje con la mirada y nos cachearía hasta en las profundidades de nuestros abismos. "Venga acá, gasshego, que los de tu raza siempre tenés algo que ocultar". Todo esto, claro, es una fantasía con pocos visos de realidad. ¡Y mira que no hicimos putadas los gallegos en América, como para llenar enciclopedias!
Pensadlo. "Ladrones catalanes arrasan con las estanterías de El Corte Inglés de Santiago" "Butroneros andaluces revientan diez naves en el Polígono del Tambre". ¡Artur Mas, La Vanguardia, Canal Sur y la Junta de Andalucía seguro que harían causa de la afrenta! Si hemos superado -o estamos en ello- la estigmatización territorial dentro del Estado español, ¿Por qué no hacemos lo mismo con otros miembros de la Unión Europea? Compañeros periodistas ¿tenéis huevos de escribir "un judío" como sinónimo de avaro? No, eso está superado. Nos hemos educado al respecto. ¿Qué aporta, pues, en una información criminalizar a los rumanos, por mucho que, efectivamente, haya ladrones rumanos? Y digo rumanos, sudamericanos, marroquíes... me da igual la procedencia. Cada vez que insistimos con el gentilicio y lo ponemos en bonitos titulares no ensuciamos a los cacos, sino a toda la buena gente que viene aquí a ganarse la vida igual que nosotros hicimos fuera de casa. Estoy completamente seguro de que en una ciudad como Santiago hay más rumanos trabajadores que delincuentes. Hace tiempo que, en mis notas de prensa, procuro evitar el uso de la nacionalidad. Es posible que alguna vez se me cuele, pero intento no hacerlo. Y no soy mejor que nadie: simplemente cumplo con un protocolo que, hace unos años, firmó el director de mi periódico para no estigmatizar a nadie. No me consta que se haya anulado aquel protocolo, pero es cierto que nadie vela por su cumplimiento, ni en el periódico en el que trabajo ni en muchísimos otros. Estoy encantado de que mi hija comparta clase con personitas de todas partes y de que las aulas sean anuncios de Benetton. ¿Os fijáis que casi nunca usamos ya en la misma frase dos palabras como son gitano y ladrón? Sí, hay excepciones, pero ya no es lo normal. Lo de Rumanía, sin embargo, es lamentable, nos estamos pasando una docena de pueblos. Que cada uno haga lo que crea que tenga que hacer, que yo haré lo que pueda para contribuir a la normalización de unas personas que lo tienen muchísimo más jodido que tú y que yo, sin comparación posible. Ah, y al próximo que me diga que las guarderías públicas "son para los gitanos y para los moros", que me borre de su agenda. Si eso es realmente así, será porque realmente lo necesitan. Yo, desde luego, cedo amablemente las plazas de mis hijos. Los que dicen eso, que piensen en la de veces que han defraudado, por ejemplo, a Hacienda o a la Seguridad Social. Pero claro, nosotros somos de aquí y podemos robar lo que nos parezca. Ellos no. Ellos son... rumanos. Un dato: ¿Sabéis que, tal como se reflejó en unas jornadas de comercio y hurtos a las que asistí ayer, detrás del 68% de lo que se manga en las tiendas están los empleados? Y esos no suelen ser rumanos.