10 de noviembre de 2011
12 de octubre de 2011
Telecinco y la realidad que nos ocupa
-Es terrible. Mi madre confunde Telecinco con la realidad. Dice que Jorge Javier saca los brazos fuera de la pantalla. Yo le digo que no será para tanto y ella erre que erre, que sí que saca los brazos fuera de la pantalla, pero que solo lo hace en la tele de la cocina, que es más pequeña.
Me estaba imaginando a Jorge Javier remando en 3D en la cocina de la cuñada de la tía Claudina cuando su hijo continuó:
-Ve el mundo a través de Telecinco y claro, se preocupa, se preocupa muchísimo. El otro día, cuando me despedía, me dijo: "Ten cuidado ahí fuera, no vayan a matarte".
Me gusta ir a Orleáns; siempre traigo llenas la barriga y la cantimplora de las historias.
*Orleáns es como llama mi padre a Ourense, una denominación basada en las antiguas matrículas provinciales que empezaban por "OR".
3 de octubre de 2011
Rv: Virrey de barrio (historias de Lavadores I)
Este fin de semana volvimos mi padre y yo a Lavadores y allí, junto a la iglesia de Santa Cristina, busqué con la mirada el chalé del general San Juan. Tenía un recuerdo infantil según el cual se alzaba imponente, frente a la sede parroquial, un chalé que desentonaba por su majestuosidad y su planta con en el entorno obrero lavadoreño. Era la residencia de un general de Franco, de un individuo condecorado que comulgaba aparte en misa y que tenía reclinatorio propio cuatro pasos más cerca del altar y, consecuentemente, cuatro pasos más cerca de Dios.
San Juan era un general franquista en la Rusia Chica, que es como se conocía a Lavadores en los años 40 y sucesivos por lo dilatado en número de sus parroquianos revolucionarios, comunistas y anarquistas; gente problemática que se empeñaba en ser libre. Así que es fácil imaginarse que, con la guerra perdida, el alto mando del glorioso Ejército Nacional se hubiera convertido para los de Lavadores en una especie de virrey fascista, sin otro encargo en la vida que recordarles las 24 horas del día a sus vecinos quién gobernaba España. A pie o en coche. Y a la derecha, muy a la derecha de Dios.
Busqué con la mirada, decía, el chalé de San Juan frente a la iglesia de Santa Cristina y no lo vi a la primera. Solo cuando achiné los ojos, como intentando enfocar, me di cuenta de que la casona del militar estaba delante de mis narices, aunque rodeada por delante de un añadido de ladrillo rojo y tapada su majestuosidad por un enorme cartelón: "Guardería Infantil Los Pitufos". Me reí solo, hacia adentro, pensando en la cara que habría puesto el difunto general de haber visto su grandiosa atalaya convertida en una escuela de niños, él que tanto los odiaba. No sé si odiaba a todos los niños, pero desde luego aborrecía a los niños pobres.
De la inmensa finca de frutales que aromatizaba la vida pudiente de San Juan tampoco queda nada. En aquellas tierras sembró la especulación chalés que no tienen más pega que las vistas prosaicas a la nave de vías y obras del Concello de Vigo. Es como si la memoria del general San Juan hubiera sido burlada por unos críos con mandilón, por una parte, y por la especulación inmobiliaria, por otra; una ironía de que en la vida de hoy la cadena de mando es otra.
-"Entonces, la guardería es el chalé de San Juan, pero modificado", le dije a mi padre, que se entretenía sacando fotos a la familia.
-"San Juan, menudo hijo de puta", me contestó olvidando que acabábamos de asistir en la iglesia al bautizo cristiano de su nieta, mi sobrina.
"Un hijo de puta -continuó mi padre- que prefería ver cómo la fruta se le pudría en los árboles a que los niños de Lavadores pudiésemos digerirla". Mirás dejó de retratar y me contó entonces que fue precisamente San Juan, por mediación de su criado, Clemente, uno de los individuos que más le hicieron sentir el miedo verdadero, el terror. Me explicó mi padre que, a finales de los años 40, los niños de Lavadores eran ricos en piojos y hambre. Y pobres en todo lo demás. Así que no era raro que, cuando las tripas se descompaginaban, los chavales de la parroquia se lanzaran a robar fruta allá donde la fruta maduraba: en los mismos árboles. Y el fértil retiro agropecuario de San Juan, frente a la iglesia, diez metros por encima de la cabeza de la necesidad, se antojaba Mercamadrid para aquellos niños infestados de mocos y de pulgas de la Rusia Chica.
"Una vez -me dijo mi padre- me tocó a mí. Clemente, el criado, nos sorprendió robando fruta. Y conocí el pánico". Escuché sin interrumpir: "A los cuatro que no pudimos escapar aquel día, Clemente nos ordenó bajarnos los pantalones allí mismo, debajo de un manzano. Éramos tan pobres que ninguno tenía calzoncillos, así que nos quedamos allí, temblorosos y esqueléticos, con las pirolas al viento encogidas de angustia. Entonces, el criado nos encerró en una cuadra, desnudos, y nos cagamos encima". Me imaginaba la escena como si la estuviera viviendo yo: cuatro niños escuchimizados en bolas, recluidos en una cuadra por haberse atrevido... ¡A comer! Y me relató Mirás que, mientras los pequeños se cagaban de miedo, San Juan actuaba siempre de la misma manera: ordenaba al criado que cabalgara hasta el Sobreiro para avisar a los padres de los detenidos de la suerte que habían corrido sus hijos. Y los padres, preocupados no ya por el hecho de que los niños robaran fruta -a fin de cuentas, era para sobrevivir- sino por el manchurrón que podía suponer para sus ya complicadas existencias haber violado la propiedad privada de un general del caudillo, acudían veloces para rescatar a sus hijos y abofetearlos y escarmentarlos con dolor de corazón delante del virrey de barrio. Eso sí, antes de liberarlos del todo y de devolverles sus pantalones y su dignidad, Clemente extendía la mano y exigía a los miserables de Lavadores, a los que nada tenían, el pago de una multa en metálico, en desagravio. Después de eso, los pobres eran un poco más pobres, el mundo escribía un pasaje más en su enciclopedia de las injusticias y maduraba como las manzanas del general la inocencia desnutrida de la chavalada de Lavadores; hasta pudrirse.
Hasta que San Juan murió de viejo y desapareció, toneladas de fruta se pudrieron también en sus árboles y muchos hijos del hambre acabaron en la cuadra con las pirolas asustadas. Hoy, la memoria del general está oculta detrás del cartel que anuncia a los cuatro vientos los dominios de los niños de la Guardería Infantil Los Pitufos; la Historia tardó, pero se tomó su venganza.
19 de septiembre de 2011
Tardes de crónica negra.
Hay quien me pregunta por qué me he dedicado tan de lleno al periodismo de sucesos. Algunos ya sabéis que, ahora mismo, estoy inmerso en la grabación de un programa de televisión sobre el asunto. Creo que los sucesos están en la esencia misma del periodismo pero, en cualquier caso, repito una entrada que escribí hace algún tiempo y que da, creo, algunas respuestas. Ahí va:En aquellas tertulias del Sobreiro, decía, se destripaba a los vivos y se devoraban las entrañas de los muertos. Y la tía Carmen informaba, con la autoridad de un ministro portavoz, de los asesinatos más frescos y de los crímenes más espeluznantes de España.
Mis hermanos y yo escuchábamos calladitos y educados, como hacen los niños cuando hablan los mayores. Y la tarde se hacía larga en aquella arteria principal del Sobreiro, una verdadera mesa de autopsias de la actualidad. No fue hasta años más tarde cuando me di cuenta de qué manera el periodismo de sucesos había marcado la vida de mis antepasados y, por contagio, la mía propia. Fue cuando descubrí que a Enrique, otro primo de mi padre, lo apodaban Chessman por su enorme parecido con un malogrado criminal al que gasearon en San Quintín. Entonces entendí también por qué, cuando hacías una trastada, la abuela o la tía Carmen te revolvían el pelo y te decían: “¡Ahhhhh, Landrú!”. ¿Landrú? ¿Pero sabéis quién fue Landrú? ¡Que soy un niño!
15 de septiembre de 2011
El universo Apple según Ane
Ane ve encendido el logo de la manzana de mi MacBook y pregunta:
-¿Y por qué tiene una manzana? ¿Y por qué el teléfono también tiene una manzana?
-Pues porque el señor que hizo el ordenador y el teléfono le pone a todo lo que hace una manzana, igual que nosotros marcamos tu ropa del cole con tu nombre.
-Pero él no se llama "Manzana"...
-No, pero le gustarán las manzanas, supongo [no le voy a explicar a la niña la teoría de que si es un homenaje a Newton, que si Alan Turing murió mordiendo una manzana envenenada... en fin]
-[Se queda pensando] Pues... vamos a llamar por teléfono al señor que hizo el ordenador, porque a mí me gusta más que tenga un plátano. A ti te gustan los plátanos ¿verdad, papá?
-Sí, bueno, supongo que no estaría mal que tuviera un plátano...
Y así, según Ane, el universo Apple bien podría ser el universo banana.
14 de septiembre de 2011
La caja. Basado en una historia real.
Cuando haces limpieza, siempre encuentras cosas que no quieres tirar. Esta tuvo su momento de gloria. Hoy la recupero. Por ellos.
Hace setenta años, que un niño muriese al nacer o que naciese muerto era algo habitual. Lo raro era llegar de una pieza, completo, vivo. La mujer paría con dolor extremo, como paren las bestias, y si algo salía mal nadie se andaba con contemplaciones, eran cosas de la vida; "Estaba de ser", decían las viejas. Si por medio andaban los curas, entonces había que rezar para que no hubiera complicaciones porque, si tocaba escoger, los curas siempre miraban antes por el hijo que por la madre. In dubio, pro orphanus. Históricamente, la mujer siempre ha sido para el clero un vehículo, lo que de verdad les importa es el pasajero y no el taxi. Todavía hoy algunos lo piensan.
Un domingo, hace unos años, en Peitieiros, mi tío Carlos me contó la realidad terrible a la que se tuvieron que enfrentar sus padres, mis abuelos, poco después de haberse casado, mucho antes de nacer él. Pura Domínguez y Pepe Mirás contrajeron matrimonio jóvenes, sin dote, con el pasado sufrido, el presente justo, las habas contadas y el futuro incierto. Pero llenos de amor. Se me escapan las fechas pero así, a ojo, el casorio tuvo que celebrarse, más o menos -calculando la edad de mi padre y la de mis tíos- en medio de la Guerra Civil, con Franco sublevado y crecido a partes iguales.
Mirás era tranviario, corredor de campo a través e hijo de la Rusia Chica. Mirás era un rojo. Y Pura repartía pan y daba por bueno lo que hiciese su marido, aunque rezaba por los dos. Por si acaso. Pero se querían. Cuando la abuela se quedó preñada por primera vez, a la pareja le invadió una mezcla de felicidad y vértigo. Eran años malos para traer gente a España. Mirás lo asumió como algo natural, como el curso lógico de los acontecmientos: desembarcaba otro paria en la tierra. Para Purita, que respetaba las ideas bocheviques de su marido pero que comulgaba doble, no fuera a ser, un hijo era un enviado de Dios.
Mi abuela no dejó de repartir en los nueve meses que tardó la criatura en crecer en su interior, de sol a sol, caminando hasta veinte kilómetros diarios con una cesta de pan sobre la cabeza. Hasta que llegó el día. Con las aguas rotas piernas abajo, Pura y Mirás se fueron apurados a la maternidad de Teis en el tranvía. Nunca he sabido realmente si el tranvía de Teis era el seis, como dice mi padre, o si eso es una rima premediatda que falta a la verdad. La partera le dijo a mi abuela que soplara, que empujase como si de ello dependiesen las mareas. Y Purita empujó tanto que casi se le va la vida por la boca; hubo que cerrar la ventana para que no hiciese corriente. Dios, que debería haber estado allí porque hacía falta, porque Dios siempre hace falta cuando nace un pobre, hizo dejación de funciones y abandonó a su suerte a mi abuela, a mi abuelo y a la criatura. "La niña está muerta, no hay nada que hacer", le dijo bruscamente la comadrona a mi abuelo que, detrás de una cortina, había empezado a pensar que un parto es chacinería inútil si no se escucha el llanto de un bebé. Mirás apretó la cabeza de su mujer contra su pecho y lloraron juntos las lágrimas más amargas jamás lloradas. Aun no habían tenido tiempo de tomar aire cuando la encargada de la maternidad le dijo a mi abuelo: "Tiene que llevarse el cuerpo y enterrarlo usted". No sé exactamente en qué año fue, pero sé sin duda que era Navidad porque alguien vació los higos secos de una caja de madera que había llegado a aquel paritorio precario y metió dentro el pequeño cuerpecito de mi tía muerta, amortajado con una toalla. Mientras mi abuela se quedaba allí, destrozada y sola por dentro y por fuera, Mirás se puso la caja debajo de un brazo, le dio un beso en la frente a Purita y se subió en marcha al 6 para llegar al cementerio lo antes posible. Lloró hacia adentro durante el trayecto y deseó haber creído en Dios para poder maldecirlo y llamarle hijo de la gran puta. Los demás pasajeros sólo vieron a un hombre flaco que llevaba un paquete, quizás un encargo; un regalo de Navidad. Nadie reparó en que, aquel día, la tragedia viajaba en tranvía. Ni tampoco en que Dios no estaba allí.
31 de agosto de 2011
Los trenes "europedos" del norte
19 de agosto de 2011
Por si sirve de algo, le cedo este espacio a Daniel Nuevo
20 de abril de 2011
Decía hace seis años...

