No al plus de altos cargos, a pesar de que hayan tumbado en el Parlamento la iniciativa popular. que pedía su eliminación. Esto es lo que le acabo de escribir en su muro de FaceBook a José Manuel Lage, diputado del PSdeG-PSOE, que participó ayer en el debate y, por lo tanto, amparó que los políticos tumbaran una iniciativa de la gente que los elige. Dice así: "Penso que non tedes ningunha razón, e dígocho desde o máximo respecto que me merecen as persoas que se dedican á política. Un funcionario, pola súa propia condición, é un traballador aventaxado sobre o resto; dificilmente será víctima dun ERE; goza da seguridade salarial, incluso de avantaxes sanitarias, cos que o resto dos cidadáns non poden nin soñar. Non vou falar de Moscosos e asuntos propios porque, entón, póñome malo. A un político presupónselle vocación de servizo e, efectivamente, deberá estar ben pagado mentres leve a cabo esa función. A política é unha actividade voluntaria que leva adosados pros e contras, pero ninguén vos obliga a desempeñala. ¿Alguén pensa que, se mañá, eu marcho do meu xornal para traballar dous anos nunha televisión, por exemplo, cando regrese ao xornal cobrarei algún tipo de plus desa tele polo que puiden deixar de medrar no xornal? Por Deus! Non podedes calificar de demagóxica a iniciativa de 19.000 persoas, a defenda a CIG ou a Asociación de Veciños de Poio. Se o facedes, dádeslle a razón a quen pensa que os políticos son marcianos que viven afastados dos problemas da xente. Claro, ao mellor o problema é ese: as preocupacións do pobo son demagoxia. ¡Pero vós estades por riba do pobo, sodes extraterrestres! Sempre rexeitei este plus caprichoso, elitista e amañado polos políticos e para os políticos e penso que é lamentable desbotar a ILP en base a que "os demais tamén o teñen e o que pasa é que hai que cambiar a lei". Perdestes unha ocasión para ir por diante; pero o triste é que os políticos, moitas veces, van por detrás. Os políticos non poden ser unha nova nobreza; non son máis que o pobo representado. E, pola parte que me toca, non aprobo nin o plus nin o que fixestes onte. E remato, José Manuel: demagoxia tamén pode ser dicir que "non podemos aspirar a unha Administración pública con prestacións de calidade sen contar cun cuadro directivo ben retribuído". Mirade ao voso redor: veredes milleiros de empresas que fan traballos magníficos, con profesionais marabillosos e lamentablemente pagados. E, aínda así, van felices a traballar todos os días e, como moito, soñan con mellorar, porque non está na súa man facelo. Pero vós sodes xuíz e parte. A Xunta é a nosa casa; vós sodes inquilinos. É o meu parecer. Non ao plus de altos cargos".
Ya rajé en su día en otros posts sobre el mismo tema.
10 de diciembre de 2009
9 de diciembre de 2009
Cuentos de sufrir
Escena doméstica de esta misma tarde.
Mamá le lee a Ane en el sofá La bella durmiente: "...Y, entonces, se pinchó con la rueca en el dedo y se quedó dormida"
-Ane, con los ojos muy abiertos, interrumpe: "¡Se desmayó!"
-Mamá piensa: ¡Qué vocacabulario!. "Sí, se desmayó".
-Ane: "¡Como Blancanieves!
-Mamá piensa:¡Qué memoria!
-Ane: "Ohhhhh, se desmayó, ohhhh"
Moraleja: hay que ver lo que sufren las protagonistas de los cuentos; hasta una niña de dos años se da cuenta.
Mamá le lee a Ane en el sofá La bella durmiente: "...Y, entonces, se pinchó con la rueca en el dedo y se quedó dormida"
-Ane, con los ojos muy abiertos, interrumpe: "¡Se desmayó!"
-Mamá piensa: ¡Qué vocacabulario!. "Sí, se desmayó".
-Ane: "¡Como Blancanieves!
-Mamá piensa:¡Qué memoria!
-Ane: "Ohhhhh, se desmayó, ohhhh"
Moraleja: hay que ver lo que sufren las protagonistas de los cuentos; hasta una niña de dos años se da cuenta.
25 de noviembre de 2009
La pensión
El médico: ¿Y cómo se encuentra?
Mi padre: Vamos tirando.
El médico: ¿Y la tensión?
Mi padre: "Doctor, la tensión la tengo bien; lo que tengo baja es la pensión".
Mi padre: Vamos tirando.
El médico: ¿Y la tensión?
Mi padre: "Doctor, la tensión la tengo bien; lo que tengo baja es la pensión".
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23 de noviembre de 2009
A cona que te botou
Como carezco de capacidad para inventar argumentos y estoy más rodado en contar verdades que en narrar fantasías, para dar la talla en mi profesión he aprendido a recrear fielmente la realidad de la que formo parte fijándome mucho en los protagonistas de las cosas que suceden, sin poner ni quitar nada, marinando las situaciones lo justo pero sin disfrazar los sabores. No soy un creador, sino un recreador, así que me tomo licencias literarias pero no intervengo jamás en los hechos. Por otra parte, si lo hiciera, mi despido sería procedente. El caso es que, desde hace un tiempo, siento la necesidad de poner por escrito las anotaciones que voy acumulando en la cabeza. Cuando uno lleva más de 36 años sin vaciar el pozo negro de la memoria, el temor a que un formateado repentino mande tanta sabiduría popular a tomar por el saco aumenta en proporción al riesgo de accidente cerebrovascular, efecto colateral de la vida sedentaria. Tengo miedo de que se me vayan olvidando los detalles que me forjaron como persona o que, simplemente, un día se esfumen todos juntos. Y así, aparentes tonterías a las que no le había dado mayor importancia, las cosas que, por escuchadas, fueron forjando subliminalmente mi carácter e incluso mi silueta, se me revelan hoy como bocados exquisitos de un banquete formidable. Hoy, que no tenía que ir a trabajar, aproveché que estaba en Vigo para fijarme muy bien en las cosas que me contaban mis padres, que saben más por padres que por viejos y que son multimillonarios en sentido común. El mensaje de los padres, a menudo, está tan visto que uno ya ni se para a pensar en el formato. Y el caso es que, si te detienes, si encuentras el momento, puedes descubrir en tus seres más cercanos auténticas piezas de orfebrería de la expresión. Este mediodía, mientras la castañeta blanqueaba sobre la plancha, mi padre se puso a leer el periódico. Mirás es muy de comentar las noticias en voz alta, sobre todo cuando algo "le indina" -stc*-. Y a Mirás le "indinan" muchas cosas y por eso hace de su lectura privada un diario hablado público y cargado en las tintas que ya le gustaría a san Gabilondo. De todo lo que "indina" a mi padre, lo que peor lleva es, por este orden, el Partido Popular, los curas -realmente, la doble moral de la jerarquía- y otra vez el Partido Popular. Y les tiene mote a todos sus antihéroes: Marianico, Paco Clavel, el Gaseosas, Perliescayola... A veces se altera tanto que, ahora que están cambiando la cocina, no sé si regalarle a mi madre un desfibrilador mejor que una cafetera.Mi padre arranca tranquilo, pero enseguida se calienta, como si el periódico estuviese escrito con aguarrás. Él lee primero el titular relativo al hecho o persona que se dispone a criticar con una vehemencia digna de Agustín González. Después lo remacha con un "¡tócate los cojones Ramón!" o un "¡hijos de la gran p.....!" -alarga mucho la u y le añade el adjetivo, lo que, sin duda, transfiere a su expresión la máxima viveza y concita la atención unánime del auditorio-. Le da igual la militancia de ese auditorio. Entonces, los demás guardamos silencio y miramos de tener un enchufe a mano, por si hay que desfibrilar. Cuando por fin, colorado y tenso, cree que lo que ha leído es suficiente para que a los demás nos quede claro lo indeseables que son sus rivales -después de adobar la crónica escrita por algún compañero con un rosario de blasfemias tan exageradas que dan ganas de llamar a Dios para pedirle que no se lo tenga en cuenta-, pone fin a su pieza informativa siempre de la misma manera: "Y, bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla....[aquí toma aire y para] ¡A cona que te botou!", una maldición que no sabes muy bien si va dirigida al protagonista de la noticia o al que la ha redactado con ánimo de provocarle -prefiero pensar que al primero-. Da igual si el periódico que "indina" a mi padre habla del sastre de Francisco Camps, de un cardenal de vida disipada o de esa rubia de bote de la que, dice, solo valía para ponerle puntillas al asfalto. Cuando la noticia que locuta pierde el interés, para dar por rematada la faena siempre termina de la misma forma: "Y, bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla....[toma aire] ¡A cona que te botou!". Y pasa la página. Cuánto me gustaría, como hijo suyo y como redactor que soy, a veces, de las noticias que indignan a mi padre, tener la libertad de ahorrarle sofocos y poder acabar lo que escribo cuando yo creo que está todo contado y el interés se desinfla, sin que manden ni la maquetación ni los huecos que dejan los anuncios que no se venden. Creo que, más de una vez a la semana, acabaría alguna de las noticias a la manera de mi padre, que será poco ortodoxa, pero impecable en su función: "Y, bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla....[gráficamente, aquí dejaría un espacio en blanco] ¡A cona que te botou!". Y además lo haría, sin duda, con todas las opciones políticas, sin quedarme solo con una como él, que es un hoolligan de la rosa y el puño, mientras que yo soy un librepensador. Lástima que los lectores nos lleven tanta libertad de ventaja. Habría que escribir más para ellos y menos para nosotros. Bla, bla, bla, bla, bla, bla...
*STC son las siglas por las que se conoce a un lector de este blog y gran amigo que me ilustra en vocabulario popular, tipo "indinar" por "indignar"
* Por respeto al público que se pudiera sentir molesto, he cambiado algunas expresiones que podían resultar ofensivas en la versión original de este post. Pido disculpas si he ofendido a alguien.
*STC son las siglas por las que se conoce a un lector de este blog y gran amigo que me ilustra en vocabulario popular, tipo "indinar" por "indignar"
* Por respeto al público que se pudiera sentir molesto, he cambiado algunas expresiones que podían resultar ofensivas en la versión original de este post. Pido disculpas si he ofendido a alguien.
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18 de noviembre de 2009
La peña "Mi solo" (repetición)
Hoy no tengo ganas de escribir, así que voy a echar mano de un post que puse aquí hace ya ¡cuatro años! Era un homenaje a mi abuelo paterno, otro habitante de esa hiperrealidad llamada O Sobreiro, en Vigo. Repito pues:
Mi padre siempre predicaba, cuando éramos pequeños, acerca de la necesidad de compartirlo todo, de trabajar en equipo, de no ser un outsaider en un mundo en el que, aseguraba, estábamos para vivir en comunidad. Nada era mío; era nuestro; nada era suyo; era de todos. En su sermón, mi padre insistía en que no podíamos hacer como hizo su padre quien, para no tener que entenderse ni pelearse con nadie, había formado en un bar de Vigo una peña de la que él era el único miembro, presidente, secretario, tesorero y vocal. Todo para él bajo un nombre que no dejaba lugar a dudas: la peña "Mi Solo". Eso no impedía que mi abuelo fuese comunista convencido pero, en la cosa de la organización doméstica, prefería ir a la suya. Por eso mi padre siempre decía que en una casa de cinco personas no podía existir la peña Mi Solo. Hasta ayer, siempre pensé que había un poco de mística en eso de la peña Mi Solo, que era una de esas historias exageradas, con algo de base real, pero con más imaginación que otra cosa. Mi padre borda las historias que rayan la leyenda, así que igual lo de la peña del abuelo también era un ejercicio de lógica borrosa de la rama Mirás. Qué equivocado estaba. Ayer, mi padre me sorprendió con un tesoro rescatado de lo más profundo de la memoria familiar. A través de mi primo Eladio y de mi tío Carlos, a mi casa de Vigo ha ido a parar esta reliquia: una prueba real de que la peña Mi Solo, la del abuelo Mirás, no es fruto de la imaginación de mi padre. Se trata de un espejo en forma de corazón que mi abuelo les regaló a los miembros de otra peña. El recuerdo es de 1964 e incluye una foto de Mirás en el centro de un corazón: "La peña Mi Solo de todo... (corazón) a la peña Amigos de Todos. 1964". No queda ninguna duda de que mi abuelo fue todo un personaje: proletario y comunista hasta la médula; preso rojo durante buena parte de su juventud -incluido el penal de San Simón, en la ría de Vigo-; escapado en los montes; miembro de la selección gallega de Campo a Través; perdedor represaliado de la guerra; tranviario; fumador empedernido; y muerto prematuro, a los 60, cuando yo aún no tenía 6 años. Y el caso es que me acuerdo como si fuera hoy del día de su entierro, con los grises montando guardia en la casa de mi abuela, en el Sobreiro, y sus colegas de la Agrupación Comunista del Calvario poniendo sobre el ataúd del viejo la bandera roja con la hoz y el martillo. ¡En el año 76, con dos cojones! El cura de Santo Tomé de Freixeiro pidió que se la quitaran, por lo menos, para entrar en la iglesia. Dios, que se sepa, no dijo nada. Mi madre no nos dejó bajar del coche, temerosa de que una carga policial convirtiese el sepelio en una tragedia colectiva. Nunca volví a ver tanta gente en un entierro; quizás el padre de mi padre no estaba tan solo. A los pocos días de haber expirado, el diario Pueblo Gallego publicó: "Murió el atleta Mirás". Arriba los pobres del mundo, abuelo.(publicado el 23 de octubre de 2005)
¡Era cierto! Homenaje a Mirás
Mi padre siempre predicaba, cuando éramos pequeños, acerca de la necesidad de compartirlo todo, de trabajar en equipo, de no ser un outsaider en un mundo en el que, aseguraba, estábamos para vivir en comunidad. Nada era mío; era nuestro; nada era suyo; era de todos. En su sermón, mi padre insistía en que no podíamos hacer como hizo su padre quien, para no tener que entenderse ni pelearse con nadie, había formado en un bar de Vigo una peña de la que él era el único miembro, presidente, secretario, tesorero y vocal. Todo para él bajo un nombre que no dejaba lugar a dudas: la peña "Mi Solo". Eso no impedía que mi abuelo fuese comunista convencido pero, en la cosa de la organización doméstica, prefería ir a la suya. Por eso mi padre siempre decía que en una casa de cinco personas no podía existir la peña Mi Solo. Hasta ayer, siempre pensé que había un poco de mística en eso de la peña Mi Solo, que era una de esas historias exageradas, con algo de base real, pero con más imaginación que otra cosa. Mi padre borda las historias que rayan la leyenda, así que igual lo de la peña del abuelo también era un ejercicio de lógica borrosa de la rama Mirás. Qué equivocado estaba. Ayer, mi padre me sorprendió con un tesoro rescatado de lo más profundo de la memoria familiar. A través de mi primo Eladio y de mi tío Carlos, a mi casa de Vigo ha ido a parar esta reliquia: una prueba real de que la peña Mi Solo, la del abuelo Mirás, no es fruto de la imaginación de mi padre. Se trata de un espejo en forma de corazón que mi abuelo les regaló a los miembros de otra peña. El recuerdo es de 1964 e incluye una foto de Mirás en el centro de un corazón: "La peña Mi Solo de todo... (corazón) a la peña Amigos de Todos. 1964". No queda ninguna duda de que mi abuelo fue todo un personaje: proletario y comunista hasta la médula; preso rojo durante buena parte de su juventud -incluido el penal de San Simón, en la ría de Vigo-; escapado en los montes; miembro de la selección gallega de Campo a Través; perdedor represaliado de la guerra; tranviario; fumador empedernido; y muerto prematuro, a los 60, cuando yo aún no tenía 6 años. Y el caso es que me acuerdo como si fuera hoy del día de su entierro, con los grises montando guardia en la casa de mi abuela, en el Sobreiro, y sus colegas de la Agrupación Comunista del Calvario poniendo sobre el ataúd del viejo la bandera roja con la hoz y el martillo. ¡En el año 76, con dos cojones! El cura de Santo Tomé de Freixeiro pidió que se la quitaran, por lo menos, para entrar en la iglesia. Dios, que se sepa, no dijo nada. Mi madre no nos dejó bajar del coche, temerosa de que una carga policial convirtiese el sepelio en una tragedia colectiva. Nunca volví a ver tanta gente en un entierro; quizás el padre de mi padre no estaba tan solo. A los pocos días de haber expirado, el diario Pueblo Gallego publicó: "Murió el atleta Mirás". Arriba los pobres del mundo, abuelo.(publicado el 23 de octubre de 2005)
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O Sobreiro
16 de noviembre de 2009
Tardes de crónica negra
Creo que el periodismo de sucesos me viene de familia, aunque soy el único que lo ejerce. Y la culpa es de la tía Carmen. La tía Carmen era una hermana de mi abuela por parte de padre. Estaba suscrita a El Caso y en su casita del Sobreiro, en Lavadores, el suelo de la cocina siempre estaba tapizado con los crímenes de la semana pasada.El periódico siempre ha tenido valor añadido para empaquetar, para amortiguar o para hacer de papel secante de los fregados. Y en casa de la tía de mi padre, sentado sobre una banqueta con las piernas colgando, descubrí mirando hacia abajo la narrativa forense de Margarita Landi y de Paco Pérez Abellán.Y conocí nada menos que a El Lute antes de que le pusiesen la cara de Imanol Arias. En aquella enciclopedia del crimen de usar y tirar aprendí unas nociones básicas de criminología que, más tarde, reforcé en televisión a través de películas y series en las que el asesino siempre regresaba al lugar de los hechos. Pero la base de mi educación criminológica está en casa de la tía Carmen y en esa devoción insana que tenía por el semanario más desgarrador de la prensa española. Lo de aquella mujer con los sucesos era algo difícil de explicar. Llevaba la cuenta de los óbitos más macabros de España y devoraba con fruición la crónica negra española. Me consta que asistía como público a los juicios y que, a la hora de escoger una película en el Avenida o en el Palermo -iba los jueves sin faltar uno- miraba bien que estuviese basada en hechos reales.
La tía Carmen no era rápida leyendo, pero tenía toda una semana para documentarse antes de que llegase el número siguiente. El Caso era un periódico cuyos redactores habían conseguido lo que otros jamás lograremos: que los lectores se tragasen hasta los pies de foto; ahora, la gente te dice que lee el periódico cuando, en realidad, no ha pasado del cuerpo 38 de los titulares.
La abuela Pura no sabía leer. Pero conocía bien los archivos de las comisarías españolas gracias a las explicaciones que le daba por las tardes su hermana, tomando la fresca. Tengo muy vivo el recuerdo de los sábados por la tarde en el Sobreiro, que era como un plató de telerrealidad. La plaqueta marrón que revestía la casa de Carmen y Benito -esa plaqueta todavía existe- era el respaldo de aquella salita al aire libre. Cada uno se llevaba su silla y allí acudían, como clavos, un reparto de personajes salidos de una película de Berlanga, cada uno con su artículo delante: La Chirula y el Moncho; la Fina y sus hijos, la Quelita y el Loqui; la tía Carmen y el tío Benito, al que mi padre llamaba cariñosamente “Bini”; mi abuela, enlutada a perpetuidad por su marido y por tres sobrinos; y la Carmen do Román, que andaba con muletas y cuyo rostro, pintado a rodillo, adelantaba los rasgos todavía desconocidos de Carmen de Mairena.
Recuerdo a La Navarreta, la hija del Navarrete, una pobre desgraciada muy guapa y llena de hijos que no alternaba con los vecinos y que sufría en silencio; y a Marcial –sin artículo- que gestionaba ligero el ultramarinos y me surtía de pastelitos de la Pantera Rosa y naranjada Feijoo.
No era raro que apareciesen de visita en aquellas tardes de los años setenta mis tíos del Calvario, o un primo de mi padre que trabajó como investigador privado un tiempo y al que le quedó para siempre el mote de "O detetive". También era frecuente que llegase al Sobreiro Milito, primo también de mi padre y enterrador titular de Santo Tomé de Freixeiro, para arreglar algún asunto funerario o relatar el deshaucio de un cadáver que debía dejar sitio a la siguiente generación. Milito era un artista de los sepelios: nadie enterraba ni desenterraba como él, y nadie sabía optimizar mejor el espacio de un nicho para ubicar, cómodamente, a un finado y las cenizas de otros seis convenientemente envasadas en cajas de cinc.Un día hablaré de los primos de mi padre: Desde el Raspa a Manoliño, todos y cada uno son una mina literaria.
En aquellas tertulias del Sobreiro, decía, se destripaba a los vivos y se devoraban como carroña las entrañas de los muertos. Y la tía Carmen informaba, con la autoridad de un ministro portavoz, de los asesinatos más frescos y de los crímenes más espeluznantes de España.
Mis hermanos y yo escuchábamos calladitos y educados, como hacen los niños cuando hablan los mayores. Y la tarde se hacía larga en aquella arteria principal del Sobreiro, una verdadera mesa de autopsias de la actualidad. No fue hasta años más tarde cuando me di cuenta de qué manera el periodismo de sucesos había marcado la vida de mis antepasados y, por contagio, la mía propia. Fue cuando descubrí que a Enrique, otro primo de mi padre, lo apodaban Chessman por su enorme parecido con un malogrado criminal al que gasearon en San Quintín. Entonces entendí también por qué, cuando hacías una trastada, la abuela o la tía Carmen te revolvían el pelo y te decían: “¡Ahhhhh, Landrú!”. ¿Landrú? ¿Pero sabéis quién fue Landrú? ¡Que soy un niño!
Recuerdo a La Navarreta, la hija del Navarrete, una pobre desgraciada muy guapa y llena de hijos que no alternaba con los vecinos y que sufría en silencio; y a Marcial –sin artículo- que gestionaba ligero el ultramarinos y me surtía de pastelitos de la Pantera Rosa y naranjada Feijoo.
No era raro que apareciesen de visita en aquellas tardes de los años setenta mis tíos del Calvario, o un primo de mi padre que trabajó como investigador privado un tiempo y al que le quedó para siempre el mote de "O detetive". También era frecuente que llegase al Sobreiro Milito, primo también de mi padre y enterrador titular de Santo Tomé de Freixeiro, para arreglar algún asunto funerario o relatar el deshaucio de un cadáver que debía dejar sitio a la siguiente generación. Milito era un artista de los sepelios: nadie enterraba ni desenterraba como él, y nadie sabía optimizar mejor el espacio de un nicho para ubicar, cómodamente, a un finado y las cenizas de otros seis convenientemente envasadas en cajas de cinc.Un día hablaré de los primos de mi padre: Desde el Raspa a Manoliño, todos y cada uno son una mina literaria.
En aquellas tertulias del Sobreiro, decía, se destripaba a los vivos y se devoraban como carroña las entrañas de los muertos. Y la tía Carmen informaba, con la autoridad de un ministro portavoz, de los asesinatos más frescos y de los crímenes más espeluznantes de España.
Mis hermanos y yo escuchábamos calladitos y educados, como hacen los niños cuando hablan los mayores. Y la tarde se hacía larga en aquella arteria principal del Sobreiro, una verdadera mesa de autopsias de la actualidad. No fue hasta años más tarde cuando me di cuenta de qué manera el periodismo de sucesos había marcado la vida de mis antepasados y, por contagio, la mía propia. Fue cuando descubrí que a Enrique, otro primo de mi padre, lo apodaban Chessman por su enorme parecido con un malogrado criminal al que gasearon en San Quintín. Entonces entendí también por qué, cuando hacías una trastada, la abuela o la tía Carmen te revolvían el pelo y te decían: “¡Ahhhhh, Landrú!”. ¿Landrú? ¿Pero sabéis quién fue Landrú? ¡Que soy un niño!
De todos aquellos no queda nadie, ni siquiera Milito, que los enterró a todos y después necesitó ayuda para él. Ayer, medio dormido, escuché que Íker Jiménez hablaba de Landrú y de repente regresé al Sobreiro y me imaginé a la tía Carmen en la bancada del público del palacio de Justicia. Tampoco somos tan diferentes: ella lo hacía por morbo; yo lo hago por dinero.
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12 de noviembre de 2009
Tomates Lola, los tomates más tomates...
En el mes de abril de este año escribí un post en el que contaba el fantástico descubrimiento que supuso Naranjas Lola, una empresa valenciana que, cansada de intermediarios que se comen el beneficio de la tierra que trabajan otros, se lanzó a la aventura de vender su propia cosecha a través de Internet. La campaña de este año está a punto de comenzar y ya se me hace la boca agua. Incluso he reorganizado el trastero para hacerle sitio al género. A Federico Aparici y a Dolores Colomar les he jurado amor eterno desde que le metí el diente a una de sus naranjas. Es cierto, esto que escribo es un post comercial, pero movido únicamente por la satisfacción que me provocaron las naranjas más naranjas de todas las naranjas. Y lo digo yo, que vivo en la plaza de Carlos Casares y que fui al instituto que lleva su nombre. Hace unos días recibí una llamada cuando salía del médico (nada, un control de tensión rutinario, sin más). Identifiqué inmediatamente el prefijo 96 de Valencia -tengo grandes amigos en la millor terreta del món-. Era uno de los miembros de la familia Aparici-Colomar que, sin perder las buenas costumbres, antes de nada, me preguntaba por la salud colectiva de todos los que somos en casa: "Estupendamente, esperando que lleguen vuestras naranjas ¿Qué tal vosotros?", respondí. Con una cordialidad que ya difícilmente se encuentra en el comercio, los Aparici me presentaron vía teléfono su nuevo producto estrella: Los Tomates Lola. Entonces pensé: "¡Ya está, lo han vuelto a hacer! Han sacado los tomates más tomates de todos los tomates. ¿Habrán acertado otra vez?". Tengo el pabellón tomatero muy alto desde que mi amiga Mos me llena la despensa de cherrys de Carboeiro en temporada. Pero, aún así, no lo dudé. ¡Venga esos tomates! Antes de 24 horas apareció un mensajero con el envío y ahora, a las diez de la noche, acabo de meterme entre pecho y espalda una ensalada de tomate que me ha hecho saltar las lágrimas. ¿Cómo es posible que esta gente lo haga todo bien? Mojando pan en el aceite de oliva -que, por cierto, también le compro directamente a la Cooperativa Agraria Virgen de la Cabeza de Jaén- yo solo hallé la respuesta: porque le ponen amor a lo que hacen y porque le dan salida a su género con el mimo que solo pueden tener quienes se sienten orgullosos de su trabajo. Naranjas Lola es a las naranjas lo que mi padre a sus trabajos manuales, todo amor. Tomates Lola tiene por fuerza que utilizar el mismo combustible, porque el motor es el mismo. A estas alturas tengo, pues, apadrinada a Maribel, la repartidora del Círculo de Lectores; a los andaluces de Jaén, aceituneros altivos, que me aliñan las ensaladas con Liturgi Picual Oro; a Naranjas Lola y a Tomates Lola -a los que nombro proveedores oficiales de mi salud-; y si Lola Colomar le pone también su nombre a cualquier otra cosa que salga de la tierra, sería capaz de suscribirme a Zanahorias Lola, Huevos Lola y hasta a la horchata Lola. Lo dicho, que Internet es una despensa fantástica. Gracias.
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9 de noviembre de 2009
Rabieta nocturna
Este blog nació para contar historias, unas que me pasaban, otras que me contaban. Desde hace dos años, el 99% de lo que me ocurre tiene que ver con mi hija. Y ella es la protagonista indiscutible de la mayoría de las historias que me interesan. Según va creciendo, me asombro con la capacidad que tienen los niños -supongo que todos, no voy de padre de estrella- para razonar con un vocabulario escaso. Es como el inglés con mil palabras del profesor Maurer. ¿Cuántas palabras sabrá utilizar Ane a estas alturas? Cien, arriba o abajo. Pero son más que suficientes para hacerse entender, para querer y para odiar. Dos de la mañana, todos acostados. Medio en sueños, oigo una tos. Sigo a lo mío; creo que estaba soñando con el bote del Euromillón. Otra tos, y otra e, inmediatamente, un llanto que va a más. "¡Papiiiii!". Me hago el remolón, por si es un terror nocturno y se le pasa. Ocurre a veces. Pero no. "¡Papiiiiiiiii!". Me levanto. Ane tose. Le pregunto si quiere agua: "Sí, por favor y gracias", responde. Ella entiende que el por favor y las gracias van siempre en la misma frase, y no seré yo el que la corrija. Muchos adultos lo han olvidado. Voy a la cocina y regreso con el agua. Bebe. "Y, ahora, a dormir", le digo. Sí, sí. "Quiero arriba", me responde.
-De eso nada, a dormir, que mamá duerme, papá duerme, Flor duerme también. Incluso el alcalde y el arzobispo duermen.
-¡Quiero arriba!
-A dormir, rata.
-Es de día. Quiero a la cama de papi y de mami.
-No es de día, es de noche, son las dos y mañana hay que ir al cole. Y mami y papi están durmiendo, así que buenas noches.
La tapo, apago la luz y vuelvo a la cama. Y empieza la función.
-¡Papiiiiiii!
-Me hago el avión y trato de volver a mi vida imposible de multimillonario. Normalmente, se cansa y se duerme. Pero esta vez no. La cosa va a más.
-¡Papiiiii!
-¡Papiiiii!
Ni caso. Se cabrea.
-¡Papiiiii!
Entonces ataca.
-¡Eres malo!
Vale, con dos años y ya le falta al respeto a su padre. Ya se cansará.
-¡Papiiii, eres malo! ¡Eres malísimo!
La castigo con mi indiferencia.
Como las acusaciones -sin pruebas- no le dan resultado, pone todavía más empeño. Y entonces, a falta de vocabulario para seguir maldiciéndome por no hacerle caso, piensa rápido y resuelve.
-¡Papi, no te quiero!
Pufff, estamos apañados
-Y no te quiero.... ¡Mucho!
Tocao, me deja tocao. Me desvelo y la pequeña acusadora, finalmente, depone su actitud vencida por el sueño.
Acabo viendo en el canal 24H la repetición de Informe Semanal a las tres de la madrugada y no me duermo hasta las 4.
A las ocho, arrepentida -es muy de arrepentirse, como su padre- se despierta mucho más contenta y también a grito pelado, aunque la situación es diferente:
-¡Papi, te quiero mucho! No eres malo. ¡Quiero desayunar! ¿Hacemos una torre?
Y aquí no ha pasado nada.
*Nota: en la versión original de este texto contabilizaba unas cincuenta palabras. Pero después de hacer recuento con su madre esta mañana, hemos llegado sin problemas al centenar. Tiembla, Carlos Maurer.
-De eso nada, a dormir, que mamá duerme, papá duerme, Flor duerme también. Incluso el alcalde y el arzobispo duermen.
-¡Quiero arriba!
-A dormir, rata.
-Es de día. Quiero a la cama de papi y de mami.
-No es de día, es de noche, son las dos y mañana hay que ir al cole. Y mami y papi están durmiendo, así que buenas noches.
La tapo, apago la luz y vuelvo a la cama. Y empieza la función.
-¡Papiiiiiii!
-Me hago el avión y trato de volver a mi vida imposible de multimillonario. Normalmente, se cansa y se duerme. Pero esta vez no. La cosa va a más.
-¡Papiiiii!
-¡Papiiiii!
Ni caso. Se cabrea.
-¡Papiiiii!
Entonces ataca.
-¡Eres malo!
Vale, con dos años y ya le falta al respeto a su padre. Ya se cansará.
-¡Papiiii, eres malo! ¡Eres malísimo!
La castigo con mi indiferencia.
Como las acusaciones -sin pruebas- no le dan resultado, pone todavía más empeño. Y entonces, a falta de vocabulario para seguir maldiciéndome por no hacerle caso, piensa rápido y resuelve.
-¡Papi, no te quiero!
Pufff, estamos apañados
-Y no te quiero.... ¡Mucho!
Tocao, me deja tocao. Me desvelo y la pequeña acusadora, finalmente, depone su actitud vencida por el sueño.
Acabo viendo en el canal 24H la repetición de Informe Semanal a las tres de la madrugada y no me duermo hasta las 4.
A las ocho, arrepentida -es muy de arrepentirse, como su padre- se despierta mucho más contenta y también a grito pelado, aunque la situación es diferente:
-¡Papi, te quiero mucho! No eres malo. ¡Quiero desayunar! ¿Hacemos una torre?
Y aquí no ha pasado nada.
*Nota: en la versión original de este texto contabilizaba unas cincuenta palabras. Pero después de hacer recuento con su madre esta mañana, hemos llegado sin problemas al centenar. Tiembla, Carlos Maurer.
1 de noviembre de 2009
Sangre fría
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