28 de agosto de 2005

El vehículo ideal

Mirad qué artefacto. Ideal para las vacaciones de tipos como yo, una sabia combinación de Vesping y Caravanning. ¿La señora de la ventana vendrá de serie? Dios, lo que daría por tener uno :)

27 de agosto de 2005

Desnudo integral para animar el verano

Ya sé que escribiendo la palabra "desnudo" desapareceré automáticamente de muchos buscadores con filtro familiar. Pero me encontré de casualidad con esta foto y me dije: ¡Qué narices! Evidentemente, soy el de la derecha. Os dedico este primer desnudo integral del que hay constancia aún a riesgo de que me investigue la Unidad de Delitos Tecnológicos de la Guardia Civil por tener colgada en la red una foto de un niño en bolas. Tranquilos, agentes, que soy yo, puedo demostrarlo. Como decía Shin Chan: "Piroliña, piroliña" (Si queréis ampliar -la foto, no la piroliña-, pulsad sobre la imagen, chicas). Foto: Samil Beach, 1974. (Algo han cambiado las cosas, todas las cosas, desde entonces). Feliz fin de semana.

26 de agosto de 2005

Al Sol

Viveiro: El Landro baja turbio
Ribadavia es otra "Istoria"
Juanes: "Busco mi sonido y mi honestidad"
Santiago: Cuando dos es multitud
Xinzo de Limia: Están "tolos" estos romanos"
Soutelo de Montes: Herederos de Avelino Cachafeiro
Pontevedra: Lores sobre hojuelas
Laxe: Naufragio en la procesión
Georgie Dann: "Hay temas del año pasado de los que nadie se acuerda"
Carlinhos Brown: "Le debo mucho a los gallegos"
El Fary: "Canto de dentro pá fuera"
Catoira: "¡Catoira es nuestra, por Thor!"
Arriondas: "Antes muerta que sin sidra"
Valença do Minho: "Há de tudo e faise de tudo"
Leo Bassi: "Ahora soy más revolucionario y tengo más poder"

Las tretas de Caixa Galicia

Alguien debería investigar la borrosa legalidad que ampara los productos y servicios de las entidades bancarias. Los "amiguitos" de Caixa Galicia me mandan, sin haberla solicitado, un tarjeta Visa Clip para que me endeude más todavía. Yo no he pedido nada, así que mañana mismo se la tragan en la oficina. Es de juzgado de guardia el contrato que adjuntan, un folio por los dos lados, en letra minúscula y sin espacio entre las líneas que resulta imposible leer. Esta maravillosa entidad benéfica (que sí, que lo es para sus altos ejecutivos) ha puesto a andar otra treta electrónica que roza la mendicidad: Cada vez que vas al cajero automático a sacar pasta -si la tienes- la primera opción que sale en pantalla es la de pre-solicitar un crédito personal de 6.000 euros. Es muy fácil que uno pulse la tecla que dice que sí, sin darse cuenta. Conozco a gente que lo ha hecho y ahora están acojonados pensando en si su cuenta se habrá visto engordada con un préstamo que deberán devolver. Señores de Caixa Galicia ¿es que no tienen bastante? ¿Por qué no mendigan directamente con un niño a la puerta de la sucursal, que siempre da buen resultado? Si siguen con estas tretas, lo mismo vuelvo al sistema de ahorrar en el calcetín.

25 de agosto de 2005

Gracias, amigo Abraldes

En el periódico de ayer, en las páginas de local, me tocaba opinar. Y opiné. Y lo hice, con vehemencia y mala hostia, y cargué las tintas contra esa absurda costumbre de echar foguetes de madrugada, cuando la gente normal descansa. Mi amigo Abraldes, gran dibujante, colaborador de La Voz de Galicia y mejor persona, me ha dedicado esta viñeta que puede verse en el periódico de hoy o aquí abajo. No me quejo, salgo bastante favorecido. El texto decía así:

Bombas no
QUE NO ME DA la gana. Que no estoy dispuesto a soportar por más tiempo esta manga ancha que tiene el Ayuntamiento con quienes atentan contra el descanso de los vecinos. Tranquilos, que no vamos a hablar de bares. Vamos a hablar de la movida celestial, de esa asquerosa manía que tienen algunos tipos de anunciar que están en fiestas llenando el cielo de bombas ¡a las cinco de la mañana! No lo oculto, nunca me ha gustado la pirotecnia sonora, a ninguna hora. Pero si hablamos de madrugada, la Ley me ampara. Me quedo con la boca abierta con los fuegos de lucería, pero odio profundamente el ruido de los cielos, siempre en honor de un santo.

Lo de bombardear a las cinco AM no tiene perdón de Dios. Ocurrió hace sólo unos días y les juro que a punto estuve de levantarme de la cama y así, en pijama corto, salir pintando hacia el fogueteiro para acabar, seguramente, detenido. En Santiago somos especialistas en precintar locales de copas. De vez en cuando, al concejal del ramo le entra el ataque de celo profesional y se dedica a clausurar tugurios a diestro y siniestro. ¿Y no se toman medidas contra las comisiones de fiestas que maltratan el descanso de los que trabajamos, incluso, en agosto? ¿Dónde están los horarios? Maldigo la mecha del chisqueiro que plantó los foguetes que ¡a las cinco de la mañana! me sacaron de un sueño en el que todavía estaba de vacaciones.

Y así lo ha visto Abraldes:

Gracias, amigo, eres grande.
Hace un par de años me hizo este retrato para ilustrar un capítulo de un libro de Miguelanxo Fernández que se publicó en La Voz de Galicia. Yo fui la inspiración para hacer el papel de detective:



La historia de la chacha, refundida

Recogiendo las peticiones de algunos, en este enlace podéis acceder a todos los capítulos del serial doméstico "Manos arriba, esto es una chacha". He creado un blog específico sólo para ella, aunque no se lo merezca, en el que los cuatro capítulos salen ordenados. A los del CSI que estáis tomando parte en la investigación, os agradecería que, a partir de ahora, dejaseis los comentarios en la nueva ubicación, a la que se llega pulsando aquí.

24 de agosto de 2005

Me la han devuelto

Después de dos meses en el quirófano, aquí la tenemos. ¿Quién diría que tiene ya ocho años? Juntos las hemos pasado buenas y las hemos pasado putas. Nos estrellamos los dos entre la Fonte de San Antonio y la Virxe da Cerca, pero aquí seguimos. Los cirujanos la han dejado como cuando salió de la fábrica. Si todo se pudiera recomponer como una moto... Me voy a entrevistar a Juanes, todo un fenómeno que, a estas alturas del verano, tiene la camisa negra en estado lamentable..

Añadido: Poca chispa le he visto a Juanes... me esperaba otra cosa. Supongo que las giras musicales tremendas le pasan factura hasta al más pintado. Mañana lo leéis.

Metamorfosis

Ya estaba un poco aburrido del negro. Así que ayer me decidí a darle un poco de claridad a este espacio. Todavía no es definitivo y, seguramente, en las próximas semanas el capullo se parezca un poco más a una mariposa -no hace falta que hagáis chistes con lo del capullo-. Es como cuando, de repente, necesitas cambiar los muebles de sitio. Estoy rediseñando el cabecero y quiero poner enlaces últiles y más cosas. Así, de paso, voy aprendiendo.

Experimentando con la cocina

Ayer me puse moro y se me dio por hacer un tabulé con cous-cous. Estaba pa cagalse y recibí aplausos y felicitaciones. Así que lo pongo aquí para uso público y, de paso, para no olvidarme. Las cantidades dan para comer cuatro, aunque estaba tan rico que nos lo zampamos entre dos. La preparación no lleva ni veinte minutos.

Ingredientes: 250 gramos de cous-cous
Mantequilla
Aceite de oliva
Un pepino tamaño Nacho Vidal relajado
Dos tomates rojos
Una cebolleta fresca
Un limón
Unas hojas de menta de esas que venden en Alcampo, donde las ensaladas
Un manojito perejil
Una cajita de uvas pasas marca Auchan
Pimienta blanca en grano, de esa que se echa con molinillo
Aceitunas negras
Un turbante para hacer el canelo y parecer moro por un rato
Un cedé de Khaled, preferentemente que tenga Aisha
Buena compañía, que sepa valorar el esfuerzo y que lave los platos
Preparación:
Poner 250 ml. de agua en una cazuela con un chorrito de aceite de oliva y sal
Cuando hierva, apartarlo del fuego y añadir 250 gramos de cous-cous
Remover y dejarlo reposar tres minutos. Veremos que el agua desaparece. Tranquilos, está bien.
Añadir un trozo de mantequilla, remover con un tenedor y poner al fuego otros dos minutos moviéndolo todo el rato, con cuidado, que se pega.
Apartar del fuego y dejar que se vaya enfriando.
Apagar el fuego.

Cortar el pepino en cuadraditos (pelado). Veréis en qué se queda Nacho Vidal...
Cortar los tomates en cuadraditos
Picar la cebolleta
Picar un poco de menta
Picar un poco de perejil
Mezclarlo todo en el centro de un bol
Añadir tres cucharadas soperas de aceite de oliva
Añadir tres cucharadas soperas de zumo de limón
Una pizca de sal
Unas vueltas al molinillo de la pimienta
Mezclar las pasas con el cous cous y añadirle un chorrillo de limón
Colocar el cous-cous alrededor del tabulé, como si fuera un volcan en el que la montaña es el cous-cous y la lava las hortalizas aderezadas
Decorar con las aceitunas negras
Darle más vueltas -a gusto- al molinillo de la pimienta por encima.
Ponerse el turbante para hacer el parvo.
Darle al play del cedé de Khaled.
Encender una vela es opcional.
Servir y jalar.
Estar pendiente de la tele, no sea que empiece Amarte así, Frijolito.

Nota: esta receta es una adaptación casi literal de una que sale en el lateral de una caja de cous-cous.

23 de agosto de 2005

La réplica de mi amigo el integrista

A propósito del post de abajo, ya hay réplica del lector que ayer le pidió a Dios por mí y por el abad de Oseira. Y dice así:
Querido periodista:

No soy de los que se retractan por las cosas que dije, lo dicho, dicho está, y al que le quepa el sayo...

Tal ves no sea mucho mayor que Ud. y mucho menos más comprometido con la misión apostólica, pero quiero hacerle un comentario que favorece la conversión. De donde vengo la alegría está no solo en las cosas de la vida, también en las cosas del alma, mis amigos no andan por ahi mostrando sus caraculos por no llegar a fin de mes con un buen plato de comida para sus hijos, dan el ánimo y la confianza que solo Dios puede crear.
Para terminar una anecdota: Un humilde sacerdote de pueblo que solia celebrar en la ciudad le decia al parroco de esta Iglesia. "Admiro la devoción y la muchedumbre que se reune a escuchar sus sermones Padre", y este le respondió, el que admira soy yo, por que cuando predico la Iglesia se llena de escuchas, pero cuando Ud. predica "los confesionarios se llenan de fieles"

Un fuerte Abrazo
(Grabado: Confesionario. Camino del Cielo en Lengua Mexicana. P. F. Martin de León. Diego López (Mexico City, 1611)

22 de agosto de 2005

Dura crítica de un lector

A propósito de la entrevista con el abad de Oseira, he recibido un mail de un lector indignado. Manteniendo su anonimato, reproduzco sus argumentos y, a continuación, la respuesta que me ha salido del alma. Podéis opinar:
He leido el articulo publicado el día de hoy en la contratapa del diario y he sacado una conclusión luego de los 2 segundos siguientes a la lectura: "QUE REVERENDA PERDIDA DE TIEMPO Y ESPACIO"

Cómo se puede ser tan irresponsable y tan poco comunicador; Lo primero es aplicable al Sr. Abad, quisiera decirle que tiene más vida interior mi hijo de 17 años, que sus comentarios marujescos.

Como padre de familia creyente, corrobore en el reportaje la misma sensación que dejan los sacerdotes en este nuestro tiempo, una apatía y un deshánimo en la evangelización propia de un ser satisfecho con lo que ha logrado comer todos los días y tener a fin de mes un salario digno de.., ya lo han logrado, para que seguir y profundizar y evangelizar aún con un reportaje en una contratapa de un diario que lo lee mucha gente.

Se ve en nuestro tiempo una actitud de que para que hacer más, para que evangelizar más, para que rezar más, si total la cosa está bien, BIEN MAL ESTA, donde la falta de jovenes en las iglesias es por falta de sacerdotes comprometidos, de Abades que no cuentan su alegría por su vida, por la gracia de DIOS de permitirles ser lo que son.

Lamento que nuestros hijos tengan una imagen tan pobre de DIOS que no puedan comparar la vida que llevan, buena o mala, con la verdadera vida Cristiana y comprometida con la salvación de los que nos rodean.

Ojala Jesus, nuestro SEÑOR JESUCRISTO, les dé una oportunidad más antes de vomitarlos por mediocres e irresponsables, desde mi pequeña oración pediré para que su FE sea tan importante como su Oración por los demás.

Con respecto a lo segundo, quisiera pedir disculpas por la dureza del comentario, lo que sucede es que a pesar de que el entrevistado no se de por aludido de su responsabilidad, la entrevista podría haberse realizado desde un lugar más importante que de la mesa de un cafe con un clásico de por medio, tal vez esten acostumbrados a no ser leidos, que el tenor de la encuesta no importa tanto, sino más bien la gráfica. A veces sucede lo que hoy alguien desea algo más que una charla de bar.

Le suplico me dispense el atrevimiento pero no podía quedarme con esa sensación de podría haber sido....
La respuesta que le he enviado:
Querido lector:

Puede creerme si le digo que lamento profundamente haber provocado en usted un sentimiento tan negativo. Pero permítame que discrepe, y no seré yo quien defienda al abad porque, a fin de cuentas, yo soy un humilde periodista. Y empezaré por lo segundo; se equivoca de la cabeza a los pies -algo a lo que estamos acostumbrados los periodistas, por otra parte- al sacar conclusiones acerca de dónde o cómo se hizo la entrevista. Manejará usted información que no tienen el resto de los lectores si le digo que la charla la mantuvimos ¿en un café dice usted? ¡Gran error!: En la mismísima biblioteca sancta-sanctorum del monasterio cisterciense de Oseira. No había ningún clásico por medio, puede creerme, sólo el abad, un fotógrafo y un servidor.
Normalmente, no suelo dar explicaciones de este tipo sobre mi trabajo, pero ya que usted se ha tomado su tiempo, yo me tomaré el mío en -si me lo permite- una discusión sana y adulta.
¿Sabe qué conculsión saqué yo de la entrevista del abad? Pues que el abad demostró una cordialidad y un sentido del humor que no abunda en la sociedad, y mucho menos en algunos sectores de la Iglesia. Sólo encontré algo parecido cuando entrevisté, también para esa sección, al ex obispo de Mondoñedo Ferrol, Gea Escolano. ¿Y me va a decir también que Gea es sospechoso de carecer de vida interior? Le adjunto el enlace, para que la lea y saque sus propias conclusiones.

Supongo que, por la vehemencia que emplea en su discurso, no es seguidor habitual de la sección La Cara B, de la que soy autor. Se trata de una serie de entrevistas ligeras, amenas, en la que se trata, precisamente, de sacar esa "cara b" que tiene todo el mundo. ¡Seguro que usted también!
¿Acaso no puede un siervo de Dios sonreír ante las cosas de la vida? ¿Es necesario que la fe se acompañe siempre de esa sobriedad que -y lo digo como joven que soy- tanto rechazo provoca en las nuevas generaciones?

Habrá seguido el encuentro del Papa con la juventud de Europa. ¿Cree que que no se hacen chistes en estos encuentros? ¿Cree que no se habla de cosas mundanas, incluida Rocío Jurado? Como periodista con catorce años de ejercicio he tenido que cubrir encuentros de jóvenes católicos aquí, en Santiago de Compostela, y le puedo decir que he visto un sector de la Iglesia jovial y divertido: he visto a Rouco Varela, cardenal de Madrid, contar un chiste; he visto saltar en un balcón al arzobispo de Santiago de Compostela, Julián Barrio, jaleado por miles de chavales... He visto, en fin, un montón de vida exterior que, para nada, tiene que estar reñida con la interior.

Me acuerdo de Don José, cura de mi parroquia, Santa Lucía de A Salgueira, en Vigo; Don José llenaba la Iglesia porque siempre hacía alguna gracia ¡en medio de la misa! Y créame, uno iba a misa con otra cara. Con los salesianos aprendí a ver la liturgia de una manera bien diferente, con sacerdotes cercanos que traían a la iglesia a chavales como yo, atención ¡armados con guitarras eléctricas, un sintetizador y una batería! Y cantábamos, y aplaudíamos... Uno de aquellos salesianos del Colegio Hogar de Vigo, el padre Ignacio, también quería que le llamaran Nacho, como al abad. Tenía un seiscientos y hacía bromas de todo. ¡Ojalá pudiera haber entrevistado a don Ignacio entonces!

Termino, y disculpe de nuevo el haber abusado de su tiempo. Le aseguro que de la entrevista que mantuve con el Abad de Oseira -en el periódico sale un extracto, pero dura media hora- descubrí no sólo a un gran conversador, sino a una persona mucho más comprometida con la fe cristiana que muchos de los que veo comulgar a diario aquí mismo ,en la catedral de Santiago.

Querido amigo (que espero que, pese a tener distintos criterios, lo podamos ser igual); Creo, en definitiva, que el sentido del humor no está reñido con nada, ni de este mundo ni del otro. Y créame cuando le digo que etiqueta usted mal al abad de Oseira; yo acepto en eso la parte de culpa que me corresponde por sólo disponer de un espacio limitado. Pero tampoco es misión del periódico para el que trabajo catequizar o descristianizar a nadie. ¡Si tan sólo consiguiésemos que alguien se olvidase por un momento de sus problemas leyendo entrevistas como la del abad! Quedo a su disposición, agradezco de todo corazón su crítica y espero seguir contando con lectores a los que el periódico no les deje indiferentes. Reciba un cordial saludo.

Nacho Mirás Fole

¡Ollo ao piollo!

Con que esas tenemos... Acabo de terminar con un parásito que disfrutaba, sin yo saberlo, de mi red inalámbrica doméstica. Ya sé que está muy bien eso de gorronearle los recursos a otros, y que yo mismo lo haría si pudiese. Pero cuando es uno el que soporta parásitos, la cosa cambia. Porque al principio ni los notas, pero acaban picando. Lo descubrí ayer, casi sin querer. Me desconecté de la red y ¡oh, sorpresa! vi como la luz del router, la que se enciende si estás "on line", seguía prendida a pesar de haber apagado el ordenador. Me puse manos a la obra y, al igual que las madres le encuentran liendres a sus hijos con un ojo casi clínico, yo encontré a mi piojo particular. La norma número uno de un parásito debería ser el anonimato. Pero esta pulga cibernética mía navegaba por mi red con su nombre: Miguel García. Lo siento, amigo Miguel, pero se acabó lo que se daba. Te he aplicado una loción de Filvit Champú y ya no podrás seguir navegando de gorra. No te culpo, has hecho bien. Pero recuerda que la poli no es tan tonta como creen los cacos. Puedes contratar tu propia adsl en cualquiera de estos proveedores: ya.com, terra.es, wanadoo.es... Fue bonito mientras duró, pero lo nuestro tenía que terminar, compréndelo. No sós vós, soy yo. (En la foto, una pulga común)

20 de agosto de 2005

Una frase que se me acaba de ocurrir...

Era un pastillero tan romántico que siempre hacía de tripis corazón.

18 de agosto de 2005

Una avispa me ronda la cabeza...

Esto de la foto es lo que me ronda la cabeza. Llevo tiempo queriéndome comprar una Vespa clásica. Tengo una moderna -que sigue en el taller desde el accidente aquel de hace dos meses- pero me tiran mucho estos cacharros (¿debería consultármelo?). Si sabéis de alguien que quiera deshacerse de una Vespa por un precio razonable, colocad un post. Yo, de momento, sigo buscando. El único problema de esta de la foto, una 150 de 1964, es que está en Indonesia, y el transporte sale caro. Besos.

La historia de la chacha. El desenlace (por fin)

Tenéis que perdonar, pero esto de la novela por entregas requiere una constancia que no siempre está en la mano de uno. En el último capítulo, después de una desagradable conversación telefónica recriminándole a Elena lo que había hecho (o, mejor no había) en mi casa y con mis gatos, quedamos de vernos al día siguiente para arreglar lo del dinero y, si acaso, hablar del asunto.
Por la mañana, más tranquilo, de nuevo tuve que volver a pasar el mal trago de llamar a aquella mujer para, de una vez, finiquitarla y olvidarla. Yo no sirvo para estas cosas. Haciendo de tripas corazón, marqué.
En un tono más relajado, quedamos de vernos esa misma tarde. Ella vendría a mi casa y se acabaría el asunto. Iluso de mí. De nada me sirvieron los ejercicios mentales que hice durante todo el día, el entrenamiento para la lucha dialéctica que se avecinaba. Después de varias horas, y cuando se suponía que la tal Elena debía presentarse en mi casa, no lo hizo. Esto ya estaba pasando de castaño a oscuro.
Hice tiempo, me toqué las narices, me rasqué la barriga... Por fin, media hora después de lo acordado, sonó el teléfono. Era ella.
-Tienes que perdonar.
-¿Pero no habíamos quedado aquí?
-Sí, pero es que... (dudas) es que... (más dudas) es que cuando estaba llegando a tu casa ¡me di cuenta de que no traía encima las llaves! Mira tú...
Fue en ese momento cuando se confirmaron mis temores: la labor de limpieza de gatos había sido asquerosamente subcontratada y, por algún motivo, quien se encargó de la faena (es un decir) no le había devuelto las llaves a Elena.
Ella intentó disfrazarlo:
-Es que no las llevo encima porque siempre las dejo en casa, no me gusta tenerlas en el coche por si me las roban (tururú)
"Muy bien", dije. No te preocupes que yo me voy ahora mismo a tu casa y arreglamos.
-¡No, eso no! (te pillé) Es que ahora es tarde... es que tengo a mi nuera de parto y tendría que ir al hospital... mejor quedamos el jueves.
-¡¡¡¡¿El jueves??!!! ¡¡¡Pero si hoy es lunes!!!
-Ya, tú no te preocupes, el jueves es mejor. Y colgó.
¿Qué hace uno llegado este punto? Yo decidí pasar. Y me prometí que si el jueves tampoco aparecía, borraría su teléfono de la agenda, cambiaría el bombillo de la cerradura con los cien euros que tenía pensado pagarle y a otra cosa.
Durante toda la semana tuve que mantener en la cabeza la cita del jueves. Le di vueltas y más vueltas. Está tía se está quedando conmigo... ¿Cómo se lo habrá montado? ¿Quién habrá estado realmente en mi casa? Si Flor y Carmiña hablasen...
Por fin, y voy acabando, llegó el jueves. Y otra vez sonó el teléfono y otra vez fue Elena. Ahora prometía presentarse en media hora, con las dichosas llaves, para cobrar.
Los treinta minutos fueron bastante exactos. Decidí esperarla en la calle, por si la cosa se ponía tensa; no me apetecía meterla en la casa que había mangoneado a su antojo, la mía.
Mientras hacía tiempo observando los desastres urbanísticos de Cacheiras, por fin, después de un mes y una semana, divisé al fondo su silueta.
Se acercó apresurada y me saludó cordial. Le contesté. Entonces, decidí que lo de arreglar en la calle no estaba bien y le pedí que subiese.
Así como abrí la puerta y entramos, Flor desapareció y no quiso saber nada. No hizo así Carmiña, que se mostró muy interesado por Elena. Y yo creo que fue más porque Carmiña es un gato que no le tiene miedo ni a nada ni a nadie que por volver a ver a una vieja amiga.
Respiré hondo y me decidí a echarle cojones.
-Vamos a ver, Elena...
No me dejó terminar. Antes de que pudiera decir la quinta palabra, me cortó:
-Espera. Antes de nada quiero decirte que no te voy a cobrar los doscientos euros
(Yo eso ya lo tenía claro, pero no me esperaba semejante gesto de generosidad).
-Como aquí ha habido un problema de entendimiento, ni para ti ni para mi: te voy a cobrar cien euros.
Yo me había planteado negociar. Tenía pensado jugar de nuevo el papel de poli bueno y decirle que habíamos decidido pagarle sólo cincuenta, después del cabreo y de todo lo ocurrido. Tenía ganas de ponérselo duro para ver si acababa cantando. Eso sí, estaba dispuesto -y los tenía preparados- a llegar a los cien euros, que tampoco es uno una rata de alcantarilla.
Pero la vi tan convencida, tan con el rabo entre las piernas y con tantas ganas de ponerle fin a esta extraña relación laboral, que le tomé la palabra:
-Muy bien, me parece correcto. Mejor dejarlo así y punto.
Le pagué y me dio las llaves. Decidí no darle más conversación de la necesaria, preferí no investigar para sacarle una verdad que se había confirmado sola. Y pensé que ya le había dedicado bastante tiempo a este episodio doméstico.
-Pues nada, hasta otra (irónico que es uno)
-Pues quedamos así. Siento que hubiera un malentendido. Pero yo tengo fama de cumplidora, puedes preguntarle a la señora de la Mercería.
Ya, la misma que me la había recomendado. No quise seguir escuchando. La acompañé a la puerta y, así como cerré, me liberé de este ladrillo doméstico de cincuenta kilos que me había tocado cargar durante una semana. En el cuerpo me quedó una sensación de alivio tal que creo que todavía me dura.
Después de eso, nadie más que yo ha vuelto a limpiar en mi casa. Lo hago cuando puedo, un par de veces a la semana. Sigo dispuesto a encontra a alguien en quien pueda confiar, aunque he quedado escarmentado. Y ya sólo me acuerdo de la tomadura de pelo de la que fui víctima cuando reparo en dos detalles que me siguen inquietando: una bombilla en la lámpara de mi cuarto que yo nunca coloqué; y una extraña boquilla vieja, rota y usada en mi aspiradora nueva y recién comprada, una aspiradora cuyo interior había permanecido hambriento durante un mes. Sí, estoy convencido de que también fui víctima de un cambiazo, pero ya me da lo mismo. También sé, como los osos del cuento, que alguien ha dormido en mi cama. Sólo espero que la experiencia le haya sido gozosa y que haya sabido sacarle provecho. La verdad sólo la saben los gatos; pero todavía no sé maullar. Ya lo decía Gracita Morales: "¡¡¡Cómo está el servicio!!!". FIN

17 de agosto de 2005

Laxe: Vivos de milagro

Estamos enteros de milagro. Pero la experiencia que nos tocó vivir ayer, en Laxe, a un servidor y a la fotógrafa de La Voz de Galicia Ana García es de las que dejarán marca, aunque habrá que hacer por olvidar. Cubríamos para el periódico la procesión marítima de la Virgen del Carmen, información que podéis leer en La Voz del 18 de agosto. Sin entrar en detalles, las circunstancias quisieron que la atención de la fiesta se desviase hacia un incidente que pudo costar vidas, pero que se quedó en un susto: el naufragio real, nada de simulacros, de una de las embarcaciones que participaba en la procesión. Hasta entonces, todo había ido como la seda y la gente de Laxe se había deshecho en atenciones con nosotros; incluso nos habían dejado navegar en el barco donde va la imagen, el lugar más codiciado de la fiesta.
Pero la cosa cambió cuando los vecinos se dieron cuenta de que nos habíamos enterado de lo del naufragio y temieron -no sin razón- que a partir de ese momento desviaríamos el foco de atención hacia lo ocurrido y que dejaríamos de ocuparnos de la parte lúdica de la fiesta. Y así fue, porque la ocasión lo requería, porque el suceso nos pareció lo suficientemente grave y, a fin de cuentas, porque nadie nos dice cómo tenemos que hacer nuestro trabajo.
Rescatados y a salvo los náufragos, una embarcación neumática remolcó hasta el muelle lo que quedó de la Mariposa, con el tremendo boquete a babor que le hizo el Naveote, suficiente para que el mar se la tragase en segundos. Desde el espigón, dos docenas de personas trataban, a la vez, como se hace en Galicia, de dirigr la maniobra según la cual una grúa debería colocar en tierra la malograda embarcación. Barco guiado por dous capitáns...
Mi compañera Ana llevaba un rato haciendo fotos cuando alguien en el montón reparó en ella y, de muy malas maneras, le ordenó que dejase de fotografiar. Entonces, la realidad volvió a recordarme que hay hombres con espaldas como armarios que son unos cobardes y mujeres que, con mucha menos talla física, tienen un par de cojones. Y Ana los tiene. Lejos de amilanarse, siguió haciendo su trabajo: contar con imágenes lo que acababa de ocurrir en plena Costa da Morte.
La bronca fue a mayores. Los inquisidores salieron de debajo de las piedras. Empezaron los gritos, las amenazas, los zarandeos. Me metí en la bronca porque estaba viendo que, en una de éstas, alguien la emprendería a golpes con Ana. El muchacho que la acompañaba también le plantó cara a aquellos tipos que, sólo unos minutos antes, se habían deshecho en halagos. Nos llamaron de todo: carroñeros, hijos de puta, otra vez carroñeros, asquerosos, y dale con lo de hijos de puta... Ana seguía disparando cuando un tipo enorme, con un escapulario de la Virgen colgado del cuello, amenazaba con tirarle la cámara al mar y, si acaso, a ella también.
Éramos tres contra una tripulación de bestias. Nadie, absolutamente nadie, nos echó una mano. Nos defendimos como pudimos, defendimos nuestro trabajo y, lo que es más importante, nuestro derecho a informar sin amenazas. Un tipo de rizos nos gritó: "¡O que queredes é acabar coa festa!" ¡Carroñeros! ¡Fóra de aquí! Le contesté a gritos.
El marrón más gordo se lo comió la pobre Ana. Seguía haciendo fotos cuando un tipo moreno y corpulento -lo tenemos bien retratado, por si acaso- le arreó un manotazo fallido al objetivo de la cámara. Crecido y arropado por otra media docena de cafres, arrojó contra la fotógrafa todo el contenido de una Coca Cola. Fue humillante. Nadie, absolutamente nadie, hizo nada por defenderla. Ana, empapada de la rabia de uno de esos cobardes que sólo se atreven cuando tienen coro, no dejó de hacer fotos ni un momento. Por poco, nos matan.
No sé si fue la Virgen del Carmen o la adrenalina, pero grité tanto como pude y me encaré con uno. Le dije que dejaran en paz a la fotógrafa, que se metiera conmigo, que se quedara con mi nombre y con mi cara porque, a fin de cuentas, era yo quien contaría al día siguiente lo que nos estaban haciendo. Y que no iba a tener perdón porque lo que estaba ocurriendo era una agresión en toda regla, una humillación.
"A mí no me amenaces", me dijo. Pero éste del que hablo es un tipo más de oficina que de acción, ya se le veía venir; bajó el tono tratando de hacernos ver, como si fuésemos idiotas, que no había sido la gente del mar la que nos había maltratado, sino personas aisladas. Si acaso, algún turista.
Vaya por delante que este personaje trajeado, de muy buenos modos, eso sí, nos había sugerido en una oficina, antes de que empezasen a izar a la Mariposa, que deberíamos valorar el interés noticioso del naufragio. Que deberíamos pensar el daño que le haría esa noticia a la fiesta. Que no había pasado nada. Que la procesión ya había estado a punto de desaparecer y que estaba en nuestra mano impedirlo. Y que él tenía muy buen trato con alguno de mis compañeros de la delegación. Yo a eso lo llamo presión. Y lo llamo manipulación. Yo no le digo a un marinero cómo tiene que pescar, y nadie me dice a mí, excepto mi jefe, cómo tengo que contar la realidad que acabo de vivir.
En la bronca del espigón, este fulano -si me sigo calentando, igual pongo el nombre, el apellido y el cargo- no fue mejor que el resto. Fue el primero en increparnos y fue también el primero en querer desmarcarse de lo ocurrido, cuando ya era tarde. Mucho me jode que me quieran hacer idiota.
Salimos como pudimos del tumulto, nerviosos, llenos de rabia y, sobre todo, de pena. Porque aquellos que acababan de rezarle a la Virgen del Carmen, de pedir por los compañeros desaparecidos, aquellos que adornaban sus pechos de siete leguas con escapularios marianos, eran los mismos que nos habían maltratado, amenazado y vejado sólo por hacer nuestro trabajo. Si eso no es integrismo, que venga Dios y lo vea. Después hablamos de los talibanes. Nos marchamos escuchando, al fondo, todo tipo de improperios, más amenazas, gritos, odio. ¡Valientes lobos de mar, que intentaron en manada echarse sobre una mujer que únicamente hacía su trabajo! Pero los lobos no siempre se salen con la suya. A veces, los corderos somos los que nos reímos últimos. Y ya se sabe: el que ríe último, ríe dos veces. Así termina este esperpéntico caso que podríamos resumir en "A Dios rogando y con el mazo dando". Lo siento por la gente de Laxe, que no se merece que esta manada de cafres le estropeen el nombre y la fiesta. En este caso, una disculpa -que mucho me temo que no llegará- no será suficiente. Salvajes, ¡Nunca Máis!. Mañana pediré el amparo del Colexio de Xornalistas por lo ocurrido. Mientras, puedes visitar la página de Ana García o dejar tu comentario sobre lo que nos pasó aquí debajo, donde pone "comments". Es que hay cosas que no van en el sueldo; de ninguna manera. (En la foto, de Ana García, uno de nuestros "amigos" de Laxe)

9 de agosto de 2005

Capítulo III. La Ley de Murphy

La Ley de Murphy dice que todo lo que puede salir mal, saldrá mal. Un clarividente, el tal Murphy.
El descanso navarro tocó fin y de nuevo, lo mismo que habíamos llegado, partimos con la casa a cuestas dispuestos a capear con moral los 758 kilómetros exactos que separan Pamplona de Cacheiras. Fue un viaje tranquilo, sin apenas tráfico, sin incidencias y que completamos en cómodos turnos de dos horas al volante. Por fin, a eso de las seis y media de la tarde, divisamos el cartel que marcaba la meta del día y de las vacaciones: "Concello de Teo. Conduzan Amodiño. Graciñas".
Me salto los detalles sobre la maniobra de estacionado de la caravana y su posterior descarga, tarea engorrosa donde las haya. Por fin había llegado la hora, después de un mes, de volverles a ver las caras a esos dos hijos peludos. No sé si sabéis que los gatos tienen reacciones e incluso cuadros psicológicos muy semejantes a los humanos; te guardan rencor, necesitan mimos, se enfadan, necesitan estar solos...
Al abrir la puerta de casa, tanto Flor como Carmiña salieron pitando a recibirnos. No llegan a la efusividad de la Negri, una perra que tuvieron mis padres y que se meaba de contenta cada vez que volvíamos de alguna parte, pero quedó claro que se alegraban mucho.
A nosotros, la felicidad de la vuelta nos duró lo justo. Porque enseguida nos dimos cuenta de que la casa en la que acabábamos de aterrizar, mi casa, estaba muy lejos de ser aquel lugar impoluto con el que tanto había fantaseado, lustroso, aseado, con brillo y sin polvo, perfumado por una tenue brisa de lejía.
Los pelos volaban por toda la casa. Los gatos arrastraban entre sus ocho patas un desagradable combinado de polvo, pelos, mierda y granos de arena absorvente. Lejos de oler a lejía, un tortazo a abandono nos devolvió a la realidad de repente e hizo que nos olvidásemos al momento de las ruinas de Roma, de los olivos del Lago di Garda y de los aviones que despegaban sólo una semana antes desde el aeropuerto internacional Marco Polo de Venecia.
Preocupados por la escena, dejamos las maletas en la puerta y procedimos a realizar la inspección ocular que antecede a todo proceso policial, procurando no tocar nada y, sobre todo, no borrar las huellas de un delito que se hacía evidente.
Un desastre; la funda nórdica de la cama apareció completamente arrugada, cubierta por una espesa niebla de pelos de gato: un mes de pelo acumulado sobre el tálamo, lo que hacía de mi cama la madriguera de un oso en la que, si acaso, hibernar; la cocina era terrible: pelo, polvo, más pelo y más polvo por todas partes, varias capas de pelo, tanto pelo que incluso pude escribir con el dedo sobre la opaca placa vitrocerámica la palabra: "Mierda".
La manta que cubre el sofá era un gurruño: todo descolocado, polvo, pelo, más polvo, más pelo...
Según iba comprobando la situación lamentable en la que se encontraba mi casa y dándome cuenta del estado de abandono en el que habían vivido durante un mes Flor y Carmiña, la mala hostia se me fue subiendo a la cabeza como un vaso de tubo de licor café. Se me dilató alguna vena en la cabeza y me empezó a latir la sien izquierda. Y exploté. Cansado del viaje y decepcionado por el regreso, empecé a maldecir en alto.
La arena de los gatos, espesa y contaminada, reflejaba claramente que el compromiso de limpieza, un día sí, un día no, había sido simplemente un engaño. No os podéis ni imaginar el pelo y la suciedad que generan dos gatos en plena muda durante un mes; ni yo mismo lo sabía.
-¿Cómo vamos a pagar doscientos euros por esto? ¡Es una estafa! Me cago en...
-Ni de broma, esto no se paga
-Ya, pero ahora habrá que enfrentarse a Elena, y es lo último que me esperaba después de un mes de vacaciones.
-Pues esto no puede ser, de ninguna manera; nos han tomado el pelo.
Sólo nos salían expresiones que llevasen incurstada la palabra "pelo". Tomadura de pelo, ¡porque yo o tengo pelos en la lengua! Es que esta negociación fue un asunto cogido por los pelos... No, no, yo no tengo un pelo de tonto... ¿Hay pelos? ¡No hay pelas!
El nivel de cabreo creció tanto que el resto del día fue un desastre. Grité, maldije, exploté y no tuve más remedio que dedicar las primeras horas de la vuelta a tratar de descubrir mi casa debajo de un interminable manto de mierda. A pelo. Tanto se me subió la mala hostia que acabamos discutiendo, aunque tuvimos la suficiente cordura para tomar aire, contar hasta diez y no permitir que el accidentado regreso echase por tierra un mes maravilloso.
Salió entonces el detective que llevo dentro. Mientras arrancaba pelos de todas partes, se me ocurrió abrir la aspiradora. Efectivamente, la bolsa, limpia e impoluta como la había dejado. Sobre la mesa habían quedado todo tipo de productos de limpieza a la vista, bayetas, sprays, lejías... de todo. Tal cual los habíamos comprado, tal cual estaban.
"¿Pero qué cojones ha hecho esta mujer durante un mes? -me preguntaba- ¡Si la llamé hace unos días y me dijo que todo estaba perfecto!
Limpiamos lo más gordo y dedicidimos tomar el aire cenando con unos amigos, que fueron los primeros en enterarse de lo ocurrido. "No le paguéis, de ninguna manera", insistieron. Os han tomado el pelo.
Según se me fue desinflando la vena, asumí que tendría que llamar a Elena, pedirle explicaciones y, según lo acordado, negarme a pagar doscientos euros por no haber hecho nada. O casi nada, porque daba la impresión de que los gatos no habían pasado hambre. Pero por la montaña de comida que había cuando llegamos, me hice cargo perfectamente de que las visitas prometidas, un día sí, un día no, no habían pasado, como mucho, de dos a la semana.
Pasó el día, pero no la romería. El domingo por la mañana lo dedicamos, como no estaba previsto, a reparar el daño, a pasar el paño y a fregar el baño. Me levanté a las ocho de la mañana y, hasta las doce, nos esforzamos en limparlo todo, incluidos los gatos que esparcían por toda la casa la suciedad que se enredaba en sus patas. Menudo trabajo. Un calor de mil pares, el cansancio de un mes de viaje y ahora esto. No hay derecho.
La labor frenética ayudó a que se me bajasen los humos, pero a ella le ocurrió lo contrario. Me insistió en que nada de pagar 200 euros, y que en mi mano estaba negociar el pago lo mismo que había negociado el trabajo. Ahora ya no sólo teníamos un problema doméstico, sino una crisis en toda regla.
Por fin, tragué saliva y llamé a Elena por teléfono. Un tono, dos tonos, tres tonos... Nadie cogió. Era un teléfono móvil, tendría que contestar alguien. Un tono, dos tonos, tres tonos... nada.
La mente policial volvió a trabajar: "Ya. Lo que pasa es que esta tía tenía pensado venir a limpira el último día, ayer y, por alguna razón, no pudo. Sabe que nos hemos encontrado la casa hecha una mierda y no coge porque necesita tiempo para inventarse una excusa". O lo que es peor: "Esta tía se ha visto el pastel, ha decidido subcontratar la faena y la han vendido. Sabe Dios quién ha estado en mi casa y quién tiene mis llaves. ¿Habrán fornicado sobre mi cama? No creo, con tantos pelos... claro que hay gente para todo..." Sólo Flor y Carmiña podrían contar qué ocurrió realmente, pero lo malo es que, precisamente, como decimos en Galicia, "só lles falta falar".
Creo que no iba muy desencaminado.
Con mucho esfuerzo, dejamos la casa habitable y nos marchamos a Vigo, a celebrar mis 34 años con la familia y a beber para olvidar. Ya os podéis imaginar que el desastre doméstico ocupó buena parte de la tertulia. "No le pagues, no le pagues", me repetían todos.
Volvimos a Cacheiras a buena hora, para continuar limpiando hasta que cayó la noche. De verdad, no os hacéis una idea de la mierda que puede acumular una casa con dos gatos en plena muda durante un mes.
Rendidos, nos acostamos, preparándonos para la vuelta al trabajo del día siguiente.
Pasaban de las doce de la noche cuando sonó el teléfono:
-¿Nacho? Soy Elena.
-¡Elena! por fin, menudas horas.
-Tengo una llamada perdida tuya
-Evidentemente, ya se imaginará por qué.
-¿Qué pasa? ¿Algún problema? ¿No esán bien los gatos?
"Menudo cinismo", me dije. Aún por encima, con cachondeo.
-¿Pero cómo bien, Elena? La casa está hecha un desastre, todo sucio, lleno de pelos, llevamos dos días limpiando, por favor, ¿no se da cuenta?
-¿Sucia? Es que a mí nadie me dijo que tenía que limpiar.
-¡¡¡¡¿¿¿Quééééé??!!!!! ¿¿¿Qué me está diciendo????
-Tú me dijiste que me ocupara de los gatos
-¡Pero vamos a ver! ¡Qué me está diciendo! Usted está de broma... Yo llamé a una señora de la limpieza que tenía que ocuparse, a mayores, de los gatos. Por eso los siete euros por hora que cobra por limpiar los cerramos en doscientos euros por todo el mes. ¿O me toma el pelo?
Me fui alterando cada vez más.
"No te alteres, no te alteres. Tú no me dijiste nada de limpiar", insistió.
No me lo podía creer. Aunque me había levantado de la cama para seguir hablando en el salón y no despertar a quien tenía que levantarse a las cinco, los esfuerzos fueron inútiles. Y la conversación se convirtió en una durísima discusión a tres bandas; Elena y yo al teléfono, ella por detrás, gritando amenazas del tipo: "Pásamela a mí, que se va a enterar" "¡No va a cobrar nada!"
Vaya por delante que, durante la tarde, habíamos decidido que si la inevitable conversación con Elena se ponía difícil, haríamos la escena del poli bueno, poli malo. Y así fue.
-Elena, ya está oyendo cómo está el tema.
-¡Pásamela a mí, que se va a enterar! ¡No hay derecho!
-Ya oye, Elena, yo no quiero asustarla, pero la cosa aquí está que arde...
-Bueno, bueno, a mí nadie me dijo nada de limpiar.
-¡Por favor, no insista! ¡Esto no es lo que habíamos hablado!
-¡Pásamela a mí, que ya está bien, hombre, qué tomadura de pelo es esta!
-Mire, Elena, aquí detrás dicen de no pagarle un duro. Usted no ha cumplido, nos ha arruinado la vuelta de vacaciones, nos hemos pasado dos días limpiando y, además, tenemos una discusión doméstica de mil pares.
-Pues... pues.... no sé...
Se puso realmente nerviosa y se quedó sin palabras. Nos habíamos asegurado de que escuchase bien la bronca, y ¡coño si la escuchó!
-Mejor... mejor... hablamos con más calma otro día
-Será mejor, Elena. Yo no creo que no tengamos que pagarle nada (poli bueno), pero tendrá que entender que esto no es lo que esperábamos...
-Ya... bueno... hablamos mañana. No discutan por mi culpa.
Colgamos y así se quedó el asunto. Tanto nos habíamos metido en el papel que, ya sin teléfono, matuvimos hasta las tantas la discusión y los argumentos que habíamos manejado en la bronca telefónica. Por fin, liberados de la tensión, pudimos dormir. (Continúa al último capítulo: el desenlace final)

8 de agosto de 2005

Catoira. El expediente X



Sabéis que estuve en Catoira, como un salvaje más, desembarcando y metiéndome en la piel de un vikingo. Pero en el periódico no leeréis lo que me encontré cuando, cumplida la misión, me disponía a buscar el coche que había dejado aparcado en el pueblo para volver a Santiago.
Al terminar la función, tenía vino tinto y lodo en todas las partes imaginables del cuerpo. La organización había habilitado unas duchas en el recinto de la romería, pero la cola era tan larga que, de haber esperado, aún estaría allí. Así que improvisé.
Me compré una camiseta conmemorativa en un tenderete porque la que había llevado la tuve que utilizar, en dos trozos, para forrarme los zapatos y desembarcar. Me quité la mugre más gorda como pude y eché a andar, convencido de que encontraría una fuente en la que volver a descubrir mi piel debajo de semejante barniz tóxico. Y la encontré.
A la derecha del camino que va del recinto de las Torres do Oeste a la estación de Catoira, observé un cartel que decía: "Aguas medicinales". Estaba escrito con letras amarillas sobre una tabla y señalaba hacia un lugar apartado, entre los árboles, al que se llega bajando por una pequeña escalera de piedra. Qué bien, podré lavarme, me dije. Pero las cosas no siempre son lo que uno espera que sean.
Más que aguas medicinales, en el lugar me encontré polvos medicinales: una pareja, él sentado en un bordillo y ella sentada sobre él, hacía el amor frenéticamente entre la maleza: venga, venga, venga, venga, toma, toma, toma, toma... ¿Y queréis saber lo mejor? Él llevaba puesto el uniforme de Protección Civil, lo que le daba a la escena amorosa un simpático toque municipal.
Creo que no repararon en mí. Así como había llegado, me giré inmediatamente para volver sobre mis pasos. Y justito, por los pelos, llegué a tiempo para cruzarme con una familia, abuela incluida, que me había seguido en busca de las aguas medicinales que anunciaba el cartel. "No, no vayan, la fuente está seca", les dije. Y menos mal que me hicieron caso y dieron marcha atrás. Eso permitió que nuestro amigo el voluntario y su amazona terminasen -digo yo- lo que habían comenzado, porque la verdad es que no me quedé para comprobarlo. Y es que nada como una romería campestre para amarse los unos a los otros, aunque sea una romería de cuernos, ¡por Odín! (Foto, M. Miser y sí, soy yo)

5 de agosto de 2005

Asturias de mis amores

Aquí estoy, en este paraíso natural que es Asturias, la tierra del Cuélebre, de la sidra, de los osos y de la princesa Letizia. Será sólo hoy y mañana, pero valdrá la pena, seguro. La novela doméstica se paraliza hasta la vuelta. En cualquier caso, ya tiene desenlace, pero habrá que esperar hasta después del fin de semana. No sufráis. Y que conste que he venido por trabajo, no por placer. Aunque ¿hay algo que dé más placer que un trabajo hecho a gusto?

4 de agosto de 2005

Lo de la chacha está cociéndose...

Pues eso. Mañana, si nadie lo remedia, nos volveremos a ver las caras la de los gatos y yo. Dentro de nada colgaré cómo acabó la historia. La parte intermedia, la que falta, ya está escrita, pero la pondré en su momento. Bueno, vale, un anticipo, que sé que hay quien sufre. Tachán, tachán, el segundo capítulo se titula:
Capítulo II. Iluso de mí.-

El viaje a Italia iba viento en popa, como podréis comprobar enseguida, cuando cuelgue las treinta páginas de crónicas para masoquistas que he ido mecanografiando durante veintitantos días. En la caravana se me dio por colocar dos fotografías de los hijos que nunca he tenido, emulando las casas rodantes de alemanes y holandeses que he visto por toda Europa. Como los caravanautas suelen ser jubilados, llevan las paredes llenas de hijos, de nietos, de gatos y de perros. Pero viajan solos, algo que me parece muy inteligente. Evidentemente, coloqué dos retratos felinos: Flor y Carmiña. La verdad es que siempre me acuerdo mucho de mis gatos, más incluso que de algunas personas. No sé si será muy sana esta relación hombre-gato-gatopótamo, pero la verdad es que los echo de menos y hay tipos de los que ni me acuerdo. Durante el viaje fantaseé varias veces con cómo les iría en Santiago, a miles de kilómetros. Me imaginaba a Elena llegando por las mañanas, día sí, día no, haciéndoles carantoñas a los dos y dejando la casa impoluta y aséptica como un quirófano; olor a lejía en las cañerías, a Don Limpio en los suelos y a un limpiador Auchan muy barato y muy bueno que suelo dejar correr a chorro por la taza del water. Home, sweet home.
Me imaginaba incluso que, como a Elena le sobraría tiempo, sabría ganarse los doscientos euros pactados ordenándome los armarios, colocando meticulosamente los calzoncillos por colores o incluso, quién sabe, planchando algunas de las doscientas camisetas promocionales de la Xunta de Galicia que guardo en cajones y cestos. Qué bonito: el hogar radiante, Carmiña feliz y alimentado, Flor tranquila y entretenida, Elena al frente del hogar, tararí, tararí, chimpón.
Fueron pasando los días y las ciudades. El coche convertía gasóleo en kilómetros, los kilómetros se volvían recuerdos y los recuerdos no se volvían nada. Porque, que se sepa, los recuerdos sólo pueden desaparecer o confundirse, y eso sólo ocurre en la locura o al final de la vida, y no es el caso. Finalmente, después de mucha ruta, llegamos a Pamplona para descansar la última semana. Y entonces, sin pensármelo más, decidí llamar por teléfono a Elena y hacerle la pregunta que tanto me había hecho en las últimas semanas:
-Buenos días, Elena, soy yo, el de los gatos. ¿Cómo va todo?
-"Ah, sí.. ¡muy bien!" -respondió- Flor, por fin, se me acercó esta última semana. Hasta ahora me escapaba". Y añadió lacónica: "Que sepa que se ha acabado el pienso, que he tenido que comprar otro saco. Y que no están descompuestos ni nada".
¿Descompuestos?, pensé. Ya me imaginaba que los dos peludos no estarían cagándose por el pasillo. ¿Descompuestos dice? Mmmmm, qué mosqueo ¿Y por qué iban a estar descompuestos? ¿A qué viene mencionar la descomposición sin haber preguntado nada al respecto? ¿El que se ha tirado el pedo siempre es primero que lo huele?, seguí barrenando. Pero no le dí más importancia, que sé que tengo tendencia, por deformación profesional, a buscar lechugas donde sólo nacen coles.
-Lo del pienso no se preocupe. Anótelo por alguna parte y a la vuelta se lo pagaré.
-Tranquilo, disfrute del viaje.
-Ah, por cierto -añadí- llegamos el sábado, que el lunes tenemos que volver a trabajar
-¿El sábado? -respondió- Perfecto. Pues ya hablamos cuando llegue. Adiós.
Lo del anuncio de la llegada lo hice con doble finalidad: por un lado, avisar a Elena de que estuviese tranquila, que se acababa su cometido como niñera de un gato y un gatopótamo; por otro, carcomido por alguna extraña inquietud interior, para darle la oportunidad de corregir, reparar y lustrar cualquier cosa que hubiese podido dejar a medias, bien por haberse relajado en la limpieza (cuando el gato no está, bailan los ratones), bien por no haberle dedicado el tiempo suficiente... En fin, que me djie a mí mismo: Ojos que no ven, corazón que no siente; con llegar a casa el sábado y encontrar todo en su sitio, según lo convenido, me doy con un canto en los dientes; me da igual lo que haya hecho el resto del mes.
Cuando nos despedimos, no era consciente yo de qué manera acababa de predicar en el desierto a través de las ondas telefónicas de Movistar, que se pagan a precio de camarón. (To be continued...)

1 de agosto de 2005

Manos arriba, esto es una chacha


Visto el éxito del último episodio doméstico ocurrido en mi casa a la vuelta de vacaciones, y abrumado por el interés que habéis demostrado por saber cómo se resuelve, he pensado en colgarlo también aquí. De este modo, yo me libero de la carga que ha supuesto, vosotros os reís y, por lo menos, todos sacamos partido del culebrón que, sin más dilación, paso a titular:
Manos arriba, esto es una chacha.

Capítulo 1. No, si la idea era buena.
Ya sabéis que acabo de volver de vacaciones. Y también sabéis de sobra que comparto mi vida con dos gatos: Flor, una linda gatita tricolor a la que quiero más que a algunas personas; y Carmiña, un ejemplar de casi nueve kilos que, a pesar de ser niño, tiene nombre femenino por un motivo que os contaré otro día. Flor es ternura y estilo; Carmiña es la inteligencia de un humano en el cuerpo de un león marino, agradecido, cariñoso y barrigón, un tipo único. El caso es que se me ocurrió que podría contratar a alguien para que a Carmiña y a Flor no les faltase de nada durante la ausencia vacacional. Pensamos en una experta limpiadora, de confianza, una de esas señoras con siete manos que cambian el polvo por brillo y que te dejan la casa como cuando vivías con mamá, aunque mamá no cobrase. Y nos pusimos manos a la obra.
Nos costó dar con alguien dispuesto: mes de julio, piso en las afueras, gatos, limpieza... muchos factores que conjugar. Por fin, a punto de emprender el viaje y con el tiempo justo, se nos encendió la luz de pedir socorro y buscar a una profesional en casa de otra profesional. Y fue así como entramos en la mercería de abajo reclamando ayuda.
Las mercerías son magníficos centros de información, como las tiendas de ultramarinos, las carnicerías y los bares.
-"Queréis alguien de confianza..."
-"Exactamente.."
-"Para limpiar durante el mes de julio y tener cuenta de los gatos..."
-"Eso es".
-"Creo que tengo la solución. Anota este teléfono".
Y fue así como conseguimos la combinación de cifras que nos conectaría directamente con Elena, la protagonista de esta estupidez doméstica que, aún siendo estupidez, me ha puesto nervioso a mí y, por lo visto, a los que insistís en preguntar: "Qué, ¿cómo acabó el cuento?"
Elena no es su verdadero nombre, aunque empiece y acabe igual. Pero prefiero rebautizar a nuestra niñera gatuna para no empeorar las cosas, lo que no impide que, si el asunto termina mal, coloque aquí no sólo su nombre, sino su foto, de frente y de perfil.
Llamé a Elena sin perder un momento y concerté una cita. No hubo que esperar mucho para que apareciese en mi piso, ágil y espabilada, una mujer que podría ser la madre de cualquiera, la mía mismo, si no fuera porque mi madre nunca protagonizaría un episodio tan lamentable como el que vendría a continuación.
Le enseñé a Elena el piso y le presenté a los gatos:
-La pequeña, de tres colores, es Flor. El gatopótamo, Carmiña. ¿Se entiende con los gatos?
-Yo tengo gatos.
-Pefecto. Se trata de, durante todo el mes, venir a casa, darles de comer, limpiar la arena y limpiar la casa. Están con la muda y echan mucho pelo, por eso la llamamos a usted. Otros años se lo encargábamos a un amigo, pero esta vez son dos gatos y dan demasiado trabajo. ¿Cómo lo ve? Si cree que no debe limpiar gatos ajenos, si le parece mal, ningún problema, lo dejamos...
Elena me miró por detrás de las gafas, frunció el ceño y siguió atendiendo mis instrucciones. Me pidió que le mostrara dónde guardaba la aspiradora, los útiles de limpieza, la fregona, la arena, la comida de los dos... Todo muy rápido, es verdad. Le dije que, después de las vacaciones, estaríamos interesados en alguien que viniese a limpiar todo el año, un par de días a la semana
Finalizada la exposición de motivos, me respondió:
-Vamos a hablar claro. Yo cobro siete euros la hora de limpieza. Pero, por venir a cuidar los gatos, que son un capricho, te voy a cobrar doscientos euros por todo el mes. Ya tengo muchas casas y no creo que pueda venir el resto del año, pero te buscaría a alguien. Si te parece bien...
Lo de los doscientos euros me descolocó. Me dio la impresión de que estaba a punto de contratarles unas clases particulares de piano a Carmiña y a Flor. Elena, a esas alturas, ya se había dado cuenta de la prisa que me corría encontrar a alguien, y supo sacar partido de la urgencia.
-Doscientos euros, repetí...
-Doscientos, por venir un día sí, un día no y a recoger la casa.
Volví a meditar. Y, pillado por las pelotas del tiempo, acepté:
-De acuerdo, doscientos euros. Comida, limpieza de piedras y limpieza de casa. Me gustaría encontrar todo perfecto cuando regresemos. No hace falta que friegue el cuarto de baño más que una vez, nadie lo va a usar este mes. Es posible que pase algún amigo por casa, pero no creo que vayan a bañarse.
-"Pues quedamos así", me djio a la vez que se guardaba las llaves que le acababa de poner en la mano y las unía a un inmenso llavero repleto de accesos a las vidas y a las casas de Dios sabe cuántos pagadores.
La despedí y respiré alividado, aunque pensé: "¿Un capricho los gatos? ¡Hay que joderse!". Pero bueno, por lo menos, había conseguido en el último momento encontrar a alguien de confianza que pondría orden en mis gatos y en mi casa durante un mes, eso sí, a precio de camarón. Aunque, echando cuentas, serían doscientos euros bien empleados por llegar de un largo viaje y encontrar todo en su sitio, mejor incluso de lo que había quedado. Iluso de mi, no sabía qué equivocado estaba.
Acabo aquí el capítulo primero de una historia que todavía no ha concluido. En el segundo tengo intención de contar la llamada que le hice a Elena en la última semana del viaje, avisándole del regreso inminente y dándole pie a que dejase el piso como los chorros del oro. Para el tercero me guardo el retorno y la sorpresa que nos esperaba; para el cuarto, la conversación telefónica de ayer; y para el quinto el desenlace que todavía está por ocurrirr. Pero sólo continuaré este culebrón basado en hechos reales si participáis. Y, para eso, aquí debajo, donde pone "comments", deberéis picar y poner un comentario que diga que os interesa el asunto; de otro modo, desistiré y cambiaré de tema. Pero no diréis que no es tentador: unas vacaciones, dos gatos, una chacha desconocida, un engaño... y mucho me temo que una subcontrata, una maniobra de tres pares de cojones y una dura negociación final que incluye interrogatorio, escena de poli bueno-poli malo digna de la mejor comisaría y un desenlace que ni yo mismo sé aún cómo va a ser. Sólo un anticipo: la experencia de contratar una niñera de gatos no ha podido resultar peor. ¿Queréis más? Pues poned vuestro comentario y, si puede ser, que no sea anónimo. Besos.