Una historia para Sandra Mirás Fole basada en hechos un poco reales (sólo un poco).Alessandra, la empleada del banco, estaba acostumbrada al olor del dinero. Según la hora del día, el día de la semana y la semana del mes, sabía perfectamente quién había estado en la oficina por el aroma que impregnaba caja fuerte. Por San Valentín y por Difuntos, la clorofila y las flores delataban que a Nievitas, la de la floristería, no le había ido mal con el amor ajeno y la muerte inevitable. Por Carnaval, en el búnker se podían masticar la manteca empalagosa de las orejas y el insulso sí pero no de las filloas, y eso quería decir que Regino, el de la confitería, había cumplido objetivos. El año se escribía en olores en el depósito de un banco en el que se respiraban cemento y ladrillos de la burbuja inmobiliaria, farandol de las peluquerías los viernes y, los jueves, inevitablemente, dinero con olor a callos. Cada época del año y cada negocio dejaban impresa una huella aromática a la que Alessandra se había acostumbrado, hasta tal punto que era capaz de identificar qué billetes eran de Fulano por el olor de su colonia; o de Mengano, el que a menudo salía en las páginas de sucesos del Faro, por el efecto espabilador que provocaban en sus compañeros y en ella misma los restos polvorientos de la cocaína. Y los cuartos de las putas, que olían a esa extraña mezcla de condón, saliva, chocho y toallita húmeda...
Sólo había un olor, un único aroma, que Alessandra no había sido capaz de relacionar con la mujer que, cada día, justo antes de cerrar, se acercaba a la sucursal para hacer un ingreso, dinero que desprendía un inconfundible y penetrante aroma a café.
Es normal que los cuartos del pastelero huelan a horno, los del veterinario a perro y los de Mercedes, la pescadera, a merluza del pincho y a nécora de la ría. A pan los del panadero, a vaca los del ganadero y a Embrujo de Sevilla los de doña Rosita, la del Couto Alto, viuda de comisario. Y que incluso los dineros del cura conserven en el momento mismo del ingreso el olor pacifista del incienso y de las velas, un perfume que encubre y disfraza el rastro ácido que dejan los pecados. Pero... ¿y el café? ¿Cómo es posible que todos los días, absolutamente todos los días del año, llegue a la ventanilla un fajo de papel moneda puro torrefacto? ¿Y cómo es posible eso en un pueblo pequeño donde no existe ningún negocio de tueste de grano?
Alessandra, corroída por la curiosidad, decidió por su cuenta y riesgo resolver el enigma. Se propuso saber, como fuese, el origen de aquellos billetes que, día tras días, incrementaban el saldo de una empresa de la que sólo conocía el nombre y un número de cuenta: Torres S.L. El dinero de Torres cerraba, como la sobremesa, el rastro de los platos anteriores y dejaba en la atmósfera un regusto a comida rematada.
Por fin, un día se decidió a preguntar:
-Perdona que me meta en lo que no me llaman pero, ¿cómo es que tu dinero siempre huele tanto a café?
La chica de Torres miró extrañada a la empleada del banco pero, con la seguridad de quien se sabe en lugar seguro, respondió:
-Muy fácil. El dinero que traigo cada día es la recaudación de un bar. Hace años nos atracaron y se lo llevaron todo. Ese día el señor Torres, mi jefe, decidió que había que buscar el mejor escondite para los billetes. Primero pensó en la basura, pero hubo un problema porque la señora de la limpieza echó directamente al contenedor los cuartos de una semana. Pero una vez que yo tiraba un solo largo para Mamerto, el de la funeraria, caí en la cuenta de que la mejor manera de guardar el dinero, la que utilizaba mi abuela, era enterrarlo. Supongo que relacioné el trabajo de Mamerto con lo de enterrar el capital, y se me ocurrió que la caja en la que echamos los posos de los cafés era el desierto perfecto en el que ocultar cosas de valor que nadie buscaría allí, un lugar húmedo, oloroso, sucio... A veces se acumula tanto poso que podríamos esconder sin levantar sospechas el cadáver de un niño pequeño. Y es por eso que, antes de venir aquí, desentierro de entre el poso conjunto los cafés de todos los que han pasado por el bar los billetes que voy ocultando según crece la caja. Y es ésa, y no otra, la razón del olor del dinero.
La chica del banco sonrió y registró en caja una nueva aportación de fondos a nombre de Torres, S.L.
Desde ese día, cada vez que Alessandra pide un cortado en cualquier bar le guiña un ojo al camarero. Para que sepa que guarda el sercreto.
1 repeniques, repenica ti:
Me ha encantado la historia.
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