Con el calor que está haciendo, estos días me ha dado por coger la bici bien de noche, por la fresca, el único momento de la jornada en el que una leve brisilla podría despeinar a quien tenga pelo que despeinar, y no es el caso. Y ahora que vivo en la ciudad he descubierto lo mucho que tienen de interesante los recorridos nocturnos y urbanos. Ayer fueron quince kilómetros y hoy he subido a veinte. Tengo fondo y tengo piernas, así que si no hago más es porque se me hace tarde, no hay más que ver las horas de los posts.Lo de pedalear por la noche es una manera de patrullar la ciudad y de echar un vistazo rápido a lo que ocurre en la calle, que es mucho y variado. En el coche o en la moto no te paras en la gente. Si vas a pie te vas quedando con caras, con situaciones... pero el campo de acción es bastante limitado. Así que la bici es perfecta para descubrir las historias que esconde la noche compostelana. Hay vida, gracias a Dios, más allá de la tuna.
Ayer sufrí, por primera vez, la transformación de Rabudo en "Bicicléitor", una mutación que se apoderó de mí a raíz de un episodio que paso a relatar.
Después de esprintar por el Camiño Francés, atravesar como una flecha Concheiros y de bajar por dirección prohibida -sobre la acera- la rúa de San Pedro, enfilé la Porta do Camiño, Virxe da Cerca, Fonte de San Antonio, Senra, Alameda, Rosalía de Castro... En la rotonda de Mestre Mateo insulté a un taxista -yo me libero así cuando me las hacen, y a menudo son taxistas- giré a la izquierda por Romero Donallo y crucé a todo pedal la avenida de Ferrol hasta Conxo. Me acompañaba la noche. El regreso lo hice por el Ensanche, Montero Ríos, Hórreo y, de nuevo, Fonte de San Antonio, Virxe da Cerca -donde en su día me pegué la única hostia grave con la Vespa- y, como un campeón, el Tourmalet de la Costa das Rodas hasta llegar a San Roque, Santa Clara y Basquiños.
Estaba a punto de llegar a la Xunta y pasaba de la una de la madrugada cuando, de repente, en el portal número 9 de Pastoriza, junto a la cafetería O Parlamento, me encontré un cuerpo humano tirado en la acera. Clavé el freno, eché el pie a tierra y, efectivamente, allí estaba, cagado, meado y vomitado, un despojo humano inerte. Ahí quería ver yo a Horatio Caine.
Miré al despojo y lo llamé, pero no hubo respuesta. Entonces, el Bicicléitor que llevo dentro se apoderó de mí. Otro en mi lugar quizás habría esquivado el obstáculo como si tal cosa, pensando -no sin razón- que el escatológico cadáver no era más que el cuerpo colapsado de cualquier borrachón. Pero Bicicleitor, el de las anchas espaldas y las mallas de marcar paquete, no podía dejar en semejante tesitura a un ser humano desvalido, converitido en felpudo del edificio número 9 de la rúa de Pastoriza.
Enseguida metí la cabeza por la puerta de la cafetería O Parlamento -me da que bautizada erróneamente, porque lo que está al lado es la Xunta- y llamé la atención del dueño y de la parroquia.
-¿Habéis visto a éste de aquí fuera?
El dueño, que se preparaba para echar la persiana, contestó mientras tiraba la penúltima caña.
-Si ya, un borracho. Anduvo antes por aquí. Lo dejé sentado ahí fuera pero se ve que ha ido a peor.
Entonces no comprendí nada.
-¿Me estás diciendo que sabes que tienes en la puerta del bar a un hombre cagado, meado y vomitado y que lo dejas ahí, para que lo recoja el camión de la basura o qué tíoooooo? -la frase no es literal, pero venía a decir eso-
El del bar mal bautizado se encogió de hombros y me replicó: "Yo paso de llamar a la policía, que lo mismo me meto en un lío". Hay que joderse. Ande yo caliente...
Mientras discutía con el hostelero, pasaron sin inmutarse por delante del despojo así como seis personas. Me apuesto que alguna va a misa cada domingo. Pero nadie se paró, avanzaban como quien esquiva, en un eslalon urbano, un sembrado de cacas de perro.
Me llamó la atención un señor de pelo blanco, que hizo la vista gorda y que, cuando estaba alcanzando casi la oficina de Caixa Galicia, se dio la vuelta y preguntó, corroído por los remordimientos: "¿Está todo controlado?" Ni le respondí.
Indignado con la contestación que acababa de recibir en la cafetería, se me hincharon un poco los cojones cuando descubrí la realidad: el del bar había estado sirviéndole copas al despojo cuando todavía no lo era, siguió despachándole y cobrándole hasta que el cuerpo no pudo más y después lo echó a la calle como quien saca la basura.
Bicicleitor no podía permanecer impasible ante tamaña injusticia. De su súper traje de Bicicléitor, con un leve movimiento de muñeca sacó el bicimóvil y marcó con el dedo gordo el número de la policía local: no en vano en su doble personalidad de Clark Kent de pacotilla llamaba unas cinco veces al día al 981 54 23 23 para cumplir con su cometido de intrépido reportero del Daily Salgueiriños Planet, también conocido como La Voz de Galicia: ¿Bos días, algún accidente por aí?
Mientras marcaba, Bicicléitor se encaró con el hostelero desentendido:
-Pues si tú tienes problemas para llamar a la policía, yo no tengo ninguno. Un "¡mecagondiós!" bien colocado remachó la sentencia como un matasellos.
Ante semejante prueba de arrojo, el de la cafetería no pudo más que tragar saliva. El super oído de Bicicléitor había percibido, por lo bajini, el desafortunado comentario del tipo del bar cuando le decía a un cliente: "Éste, que vén de Robin Hood".
Bicicléitor, el Robin de los Bosques de la noche de Compostela, veló el cadáver etílico y contorsionado del despojo hasta que, un cuarto de hora más tarde, aparcó a la derecha un coche de la policía.
-"Buenas noches, agentes, los he llamado yo", dijo Biciléitor que, señalando con el dedo, orientó a los funcionarios locales en su cometido: "Ya ven qué panorama; cagado, meado y vomitado".
Uno de los policías meneó al muerto que no estaba muerto y no obtuvo respuesta, si acaso olor. Su compañero lo agitó por el otro lado, y no hubo respuesta. ¡Ah de la vida1 ¿Nadie me responde?
Se tuvieron que empeñar a fondo los patrulleros para que, como quien desfibrila un corazón, la línea de la vida del indefenso borracho cambiase su latido plano por ese pitido intermitente con el que late cualquier corazón, incluso el de las ratas.
-"¡Amigo, despierte!", dijo uno de los policías. El del bar y varios clientes seguían de cerca lo que ocurría en el número 9 de Pastoriza, vigilados muy de cerca por Bicicléitor, el apatrullador justiciero de la noche de Compostela.
-Amigoooooo!
Por fin, del fondo de la acera se escuchó una voz mareada que parecía salir directamente de la tapa de una alcantarilla.
-¡Qué pasóóóóóó! ¡Anda y que los jooodan, que yo no estoy hasiendo naaaada!
Por fin pude verle la cara al despojo. Bicicléitor, gran fisonomista, adivinó un detalle que, seguro, le había pasado desapercibido al resto de los actores de semejante escena: "¡Este borracho no es de aquí! ¿De Ecuador acaso?". Os preguntaréis cómo concluyó Bicicleitor semejante cosa. Pues por el acento que llegaba desde la tapa de la alcantarilla, por los rasgos indios que se adivinaban entre el vómito y, sobre todo, porque él mismo, el hasta entonces fardo, contestó a los requerimientos policiales que no hacían más que insistir: "¡Que soy de Buenos Aires!" Bueno, Ecuador, Buenos Aires... un fallo lo tiene cualquiera.
-"Antes de identificarle, como es mi obligación -dijo el agente con menos pelo blanco- le voy a preguntar cómo está: ¿Cómo está?"
El borracho austral, que se iba animando en la conversación, respondió: "Muy bien ¿y usted?"
-"A ver, hombre de Dios, me da que ha cargado usted un poco el carro, vamos, que lleva el carro a tope", prosiguió el policía.
-"¿Qué dice de qué carro?", le contestó el despojo, "¡Ande y no joda!"
El público que había esquivado al americano como quien esquiva una caca de perro se apelotonó a su alrededor. Siempre que hay policía, hay espectáculo. ¡Y gratis!
Bicicléitor empezó a sentir que había cumplido con su cometido, el de evitar que un ser humano se ahogase en su propio vómito o, lo que es peor, que sus trozos se los llevasen en los pies los peatones que lo pisarían antes que echarle una mano.
Avanzaba la noche cuando Bicicléitor se subió a su bici, se calzó la pedaleta y arrancó en el tercer piñón camino de casa, mientras dejaba a los polis y al pobre borracho argentino enzarzados en una profunda conversación:
-A ver, atiéndame ¿Cómo se llama? Sabe que soy policía y tengo derecho a preguntárselo
-¿Y cómo se llama usted, si no le importa?
-Pues yo me llamo Benigno
-Encantado, agente Benigno...
No sé qué ocurrió después con el despojo, si se lo llevaron a comisaría, si le aplicaron la Ley de Extranjería o si intercambió fotos con su nuevo amigo Benigno. Pero llegué a casa con la sensación de haber hecho, como Zipi y como Zape, la buena acción del día, sin entender a la gente capaz de darle un puntapié a una caca de perro de más, o menos, el tamaño de un San Bernardo.
Mañana os contaré, si estoy inspirado, el recorrido de esta noche, en el que Bicicléitor no salvó ninguna vida pero sí que descubrió la vida nocturna de los tratantes de ganado que, los martes de madrugada, pernoctan en sus camiones y hacen tiempo para la feria de los miércoles. No os podéis imaginar la alegría genital que hay a su alrededor, sobre todo entre las putas del Pombal, un barrio de Santiago donde se practica una prostitución artesana, como de charcutería.
Pero eso será mañana, porque Bicicleitor está a punto de perder sus superpoderes rendido por el sueño. Qué cansado es salvar a la humanidad. Ata mañá.
(Foto de Bicicléitor en una misión en Jaén)
4 repeniques, repenica ti:
Me ha encantado la historia, y además ya tenemos héroe en la familia!!!!!
Hahahaha encantou-me a mim também, declaro-me fã do bicicleitor.
comentario de prueba, que el Blogger está a punto de estallar
Podo patrullar con vostede!! Que crónica tan ben escrita, que risa. Moi boa!
A semana que vén a ver se arranxo o pedal, que esta non estou en Santiago. Acudirá á miña axuda, Mr bicicleitor?
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