20 de abril de 2006

Aunque fuera de concurso, atención a la foto que nos manda Acedre para Hai Roupa Tendida 2006. Los Estados Unidos de América en estado puro. Ahía va Tendal country:

Aprovecho para anunciar que, después de mucho palillar, de dejar trabajo adelantado, de torear con bancos, notarios, agentes inmobiliarios, chupatintas, mangoneadores, carpinteros, periodistas, fontaneros, electricistas y otros señores con mono que entran y que salen continuamente, la comunidad de propietarios ha decidido irse de vacaciones cuando nadie se va. Así que el lunes sacaremos la caravana del letargo para irnos no demasiado lejos, pero sí lo suficiente como para que nos dé el aire. ¿Qué tal los Picos de Europa? Pues eso que, pasada la semana santa, empieza una santa semana de vacaciones (para ser exactos, trece días). Admito toda clase de comentarios de rabia, enfado y cualquier otro tipo de expresión de sana envidia. Quizás escriba algo más de aquí al lunes pero, por si acaso, salud y República.

18 de abril de 2006

Después de la tempestad

No sé si empezar pidiendo disculpas, dando las gracias o poniéndome colorado. Por si me asaltó alguna duda, me ha quedado sobradamente claro que los que valéis la pena le ganáis por goleada a los hijos de puta, así que intentaré hacer lo posible por hacer oídos sordos a las palabras de los hijos de puta -se me acabó la paciencia, así que le llamaré a cada uno por su nombre- y continuaré en la brecha. De verdad que no era mi intención echar la llorada, pero reconozco que, precisamente en este momento, no me han venido nada mal los espaldarazos. Gracias a todos. Dicho esto y, sin más, vamos a arrancar de nuevo ahora que el motor está todavía caliente. Y nada mejor que la foto que me manda mi amigo Juan Méndez sobre una disciplina que desconocía completamente, el agro-tunning, que es una mezcla de agro pop art, motor, agricultura y ganadería. La imagen está sacada en Cacabelos, en el Prada a Tope, y no tiene desperdicio. Por cierto, el amigo Skullrider ha quedado de mandarme otra estampa cachonda de la Galicia de todos los días, de la que no sale en las guías de viaje, y aprovecho para decirle que venga, que ya tengo medio diseñada una historia para ilustrar la foto -cosa que, aunque parezca un contrasentido, no lo es-. Ahí va lo del Prada. Sólo se me ocurre decir: "¡Que pasa neeeeeeeeno! Y gracias de nuevo. Nunca choveu que non escampara...

17 de abril de 2006

Cansancio

En más de una ocasión se me ha pasado por la cabeza suicidar este proyecto. A fin de cuentas, lo mismo que yo lo creé, yo puedo hacerlo desaparecer. Abro una ventanita, introduzco unas claves y ¡zaca! a tomar viento el rabudo. Hay días, como hoy, en los que me gustaría dedicarme a un trabajo anónimo como fabricar muebles o colgar lámparas, una profesión manual y mecánica que me permitiese dormir tranquilo, con la seguridad de que, al día siguiente, nadie tendrá nada que objetar a mi labor de la jornada anterior. Pero no es así. Las circunstancias me han llevado a dedicarme a una tarea que, a menudo, se convierte en diana de dardos de mala baba, de críticas sin sentido, de reproches, de ataques, de desprecio... Los que nunca te dan una palmadita en la espalda están al acecho para ladrarte si has metido la pata. O si no la has metido pero les apetece pagarla contigo. Este trabajo tiene mucho en común con el de los árbitros y los entrenadores de fútbol; todo el mundo parece estar más capacitado que el míster o el colegiado y todo Dios sería un crack con el pito y con el banquillo. Pues aquí es lo mismo. Haces algo y te salen fulanos de debajo de las piedras que, todos llenos de razón, te critican por haber usado un idioma u otro; por haber escogido a tal personaje y no al otro; por haber preguntado lo que no debías; por haber omitido lo que tenías que preguntar... Tengo decenas de correos de personas que han tenido el valor suficiente -cosa que agradezco- para lanzarme las críticas a la cara sin contemplaciones. Y yo las acepto todas, incluso las que no comparto. Pero he hallado también, amparadas en la trastienda, en foros a los que llego por casualidad o por referencias, otra buena cantidad de cargas de profundidad llenas de baba, a veces da la impresión que de odio, no quisiera pensar que de envidia... Y es que no creo que nadie deba perder ni un sólo minuto de su vida en mí, líbreme Dios. Son ésas, precisamente ésas, las críticas que más me afectan y, lo reconozco, las que más tendría que aprender a sobrellevar, aunque todavía me cuesta. Y me cuesta porque he leído insultos gratuitos contra mí, contra mi trabajo, contra este blog, contra el medio de comunicación para el que trabajo... He leído interpretaciones torticeras y malintencionadas de mi vida y de mi trabajo que soy incapaz de asimilar porque no las comprendo. Pasa de todo, no le des importancia, me dicen. Ni puto caso, me dicen. ¿Pero a estas alturas todavía no has aprendido a hacer que te resbalen las babosadas?, me dicen.
Pues mira, no. Mentiría si dijera lo contrario. Yo prefiero, y lo digo de corazón, no recibir ningún comentario positivo sobre lo que hago que encontrarme con el esputo baboso de alguien que te escupe en la cara y sale corriendo. Para eso no estoy preparado. También es cierto que son pocos los que lo hacen, pero joden como si fueran muchos. Y es por eso, y porque hoy noto que arrastro un cansancio de meses, por lo que a veces me dan ganas de desaparecer y de volver a la felicidad del anonimato absoluto. Suicidando el blog -tranquilos, antes fallaré el premio Hai Roupa Tendida- conseguiría desaparecer un poco. También ha pensado que, firmando en el trabajo sólo lo imprescindible, lograría, a lo mejor, recuperar esa tranquilidad del carpintero que, habiendo hecho un buen mueble, no tiene ninguna posibilidad de ser felicitado en foros públicos, pero tampoco de ser maltratado. Y eso no tiene precio. En fin, que estoy un poco hasta los cojones. Ruego me perdonéis. A fin de cuentas, dicen que quienes tienen la intención de suicidarse de verdad no avisan...

13 de abril de 2006

El olor del dinero

Una historia para Sandra Mirás Fole basada en hechos un poco reales (sólo un poco).

Alessandra, la empleada del banco, estaba acostumbrada al olor del dinero. Según la hora del día, el día de la semana y la semana del mes, sabía perfectamente quién había estado en la oficina por el aroma que impregnaba caja fuerte. Por San Valentín y por Difuntos, la clorofila y las flores delataban que a Nievitas, la de la floristería, no le había ido mal con el amor ajeno y la muerte inevitable. Por Carnaval, en el búnker se podían masticar la manteca empalagosa de las orejas y el insulso sí pero no de las filloas, y eso quería decir que Regino, el de la confitería, había cumplido objetivos. El año se escribía en olores en el depósito de un banco en el que se respiraban cemento y ladrillos de la burbuja inmobiliaria, farandol de las peluquerías los viernes y, los jueves, inevitablemente, dinero con olor a callos. Cada época del año y cada negocio dejaban impresa una huella aromática a la que Alessandra se había acostumbrado, hasta tal punto que era capaz de identificar qué billetes eran de Fulano por el olor de su colonia; o de Mengano, el que a menudo salía en las páginas de sucesos del Faro, por el efecto espabilador que provocaban en sus compañeros y en ella misma los restos polvorientos de la cocaína. Y los cuartos de las putas, que olían a esa extraña mezcla de condón, saliva, chocho y toallita húmeda...
Sólo había un olor, un único aroma, que Alessandra no había sido capaz de relacionar con la mujer que, cada día, justo antes de cerrar, se acercaba a la sucursal para hacer un ingreso, dinero que desprendía un inconfundible y penetrante aroma a café.
Es normal que los cuartos del pastelero huelan a horno, los del veterinario a perro y los de Mercedes, la pescadera, a merluza del pincho y a nécora de la ría. A pan los del panadero, a vaca los del ganadero y a Embrujo de Sevilla los de doña Rosita, la del Couto Alto, viuda de comisario. Y que incluso los dineros del cura conserven en el momento mismo del ingreso el olor pacifista del incienso y de las velas, un perfume que encubre y disfraza el rastro ácido que dejan los pecados. Pero... ¿y el café? ¿Cómo es posible que todos los días, absolutamente todos los días del año, llegue a la ventanilla un fajo de papel moneda puro torrefacto? ¿Y cómo es posible eso en un pueblo pequeño donde no existe ningún negocio de tueste de grano?
Alessandra, corroída por la curiosidad, decidió por su cuenta y riesgo resolver el enigma. Se propuso saber, como fuese, el origen de aquellos billetes que, día tras días, incrementaban el saldo de una empresa de la que sólo conocía el nombre y un número de cuenta: Torres S.L. El dinero de Torres cerraba, como la sobremesa, el rastro de los platos anteriores y dejaba en la atmósfera un regusto a comida rematada.
Por fin, un día se decidió a preguntar:
-Perdona que me meta en lo que no me llaman pero, ¿cómo es que tu dinero siempre huele tanto a café?
La chica de Torres miró extrañada a la empleada del banco pero, con la seguridad de quien se sabe en lugar seguro, respondió:
-Muy fácil. El dinero que traigo cada día es la recaudación de un bar. Hace años nos atracaron y se lo llevaron todo. Ese día el señor Torres, mi jefe, decidió que había que buscar el mejor escondite para los billetes. Primero pensó en la basura, pero hubo un problema porque la señora de la limpieza echó directamente al contenedor los cuartos de una semana. Pero una vez que yo tiraba un solo largo para Mamerto, el de la funeraria, caí en la cuenta de que la mejor manera de guardar el dinero, la que utilizaba mi abuela, era enterrarlo. Supongo que relacioné el trabajo de Mamerto con lo de enterrar el capital, y se me ocurrió que la caja en la que echamos los posos de los cafés era el desierto perfecto en el que ocultar cosas de valor que nadie buscaría allí, un lugar húmedo, oloroso, sucio... A veces se acumula tanto poso que podríamos esconder sin levantar sospechas el cadáver de un niño pequeño. Y es por eso que, antes de venir aquí, desentierro de entre el poso conjunto los cafés de todos los que han pasado por el bar los billetes que voy ocultando según crece la caja. Y es ésa, y no otra, la razón del olor del dinero.
La chica del banco sonrió y registró en caja una nueva aportación de fondos a nombre de Torres, S.L.
Desde ese día, cada vez que Alessandra pide un cortado en cualquier bar le guiña un ojo al camarero. Para que sepa que guarda el sercreto.

10 de abril de 2006

Hai rabudo

Esta noche, 23.20. Televisión de Galicia. Programa Hai Debate. E non digo máis...
(Aporto documento gráfico por si alguno no lo vio).

3 de abril de 2006

El señor Antonio

Un amigo ourensano me echaba en cara el otro día, mientras entreteníamos la mañana del domingo cambiando muebles de sitio, que últimamente hay poca letra en este blog. Yo le explicaba que, en las últimas semanas, he tenido -y tengo todavía- la cabeza demasiado perdida en los vericuetos inmobiliarios, por un lado, y en las cosas del trabajo, por otro. De todos los trabajos absorbentes que en el mundo han sido, el mío es uno de esos que, por temporadas, te mata las neuronas a cañonazos.
Por eso y por otras muchas cosas, escribo menos. Pero hoy, en este momento en el que el caballo sobre el que vivo, con dos patas en Santiago y otras dos en Cacheiras, ha detenido su trote frenético en San Lázaro, voy a aprovechar para recordar y reivindicar la figura del señor Antonio, el portugués.
El señor Antonio era un criado a la vieja usanza, un jornalero a tiempo completo, un hombre esclavizado que trabajaba de sol a sol, como los personajes de Delibes, a cambio de poca comida y de la suficiente cerveza para anestesiar la miseria el mayor tiempo posible.
Cuando yo nací, el señor Antonio se deslomaba cavando los campos que rodeaban mi casa de la Salgueira, las tierras del señor Enrique, un pariente político de mi abuela ejemplo de cicatería e hijodeputismo elevados a su máxima expresión.
El señor Enrique, popularmente conocido como O Cabreira, había encontrado en aquel portugués esquelético la máquina perfecta: máximo rendimiento, mínimo consumo, sin familia, sin vida, sin obligaciones. Nunca supe cómo llegó a Vigo el portugués y qué circunstancias lo llevaron a dedicarle su vida al Cabreira y a sus tierras, a uno de los pocos hombres a los que le guardo rencor por otro capítulo que contaré en su momento.
Cuando pienso en el señor Antonio me viene a la cabeza la imagen de un hombre moreno, curtido por el sol como un fuelle de cabrito, delgado y con sombrero, que dibujaba en la tierra surcos derechitos en los que, con el tiempo, acababan saliendo patatas.
A media mañana, cuando el cuerpo mandaba parar, se sentaba en el muro de mi casa y se zampaba un bocadillo que siempre era de tortilla francesa, un refrigerio enorme y esponjoso, con pan de la panadería del Furaolas y huevos de aquellos en los que era casi tan grande la corrida del gallo como la yema. Yo me sentaba a su lado, con las piernas colgando del muro, y él compartía conmigo aquel tentempié del que casi devoraba más mi hambre infantil que su boca desdentada, agotada y extranjera. Después de eso, se fumaba un Celtas sin filtro y, antes de volver al sacho, escupía sobre sus dedos como quien se echara tres en uno en las manos.
Supe que el portugués dormía a menudo en la cuadra, con las vacas; supe que, con frecuencia, bebía para olvidar que bebía, y que la cirrosis se lo comió de dos mordiscos un día de abril por la tarde. Creo que Franco aún estaba de cuerpo presente.
Cuando el señor Antonio se fue, el Cabeira sólo echó en falta la mano de obra. Incluso estuvo por despertarlo de una hostia para que acabase de darle la vuelta a los terrones antes de morirse. Qué desfachatez, atreverse a morir sin haber terminado el trabajo. ¡Traidor! Si por él fuese, en vez de enterrarlo lo habría echado directamente al estiércol, no me cabe ninguna duda. Porque el señor Enrique era capaz de aquello y de cosas peores.
Por fortuna, la señora Carmen, prima de mi abuela y esposa del amo del señor Antonio, aportaba sentido común en aquella casa en la que vivían un hombre cicatero, cuatro vacas lecheras, dos mujeres hermanas y un portugués sin retorno. Y fue la señora Carmen la que se empeñó en que el señor Antonio debería ser enterrado como una persona y no como una cebolla, por mucho que su marido no encontrase más que objeciones.
La negociación fúnebre no fue fácil. Al señor Enrique se le desencajaban los ojos al pensar que debería ocupar una sepultura familiar -por cierto, de mi familia, no de la suya- con los cuatro huesos y las pieles del criado. Semejante acto de humanidad como es enterrar a un muerto le parecía, en este caso, una manera como otra cualquiera de tirar el dinero. Hubo discusiones, hubo más y menos, se habló en caliente mientras el portugués se iba enfriando, se hicieron juramentos...
Finalmente, después de mucho meditar y con el firme propósito de la buena de Carmen de enterrar a quien tanta patata desenterró, decidieron colocar al señor Antonio en un nicho no muy alto del cementerio de San Pedro de Sárdoma, en la zona familiar.
Pero el señor Enrique se ocupó de que, incluso en el tránsito a la otra vida, quedase claro quién es el patrón y quién el mandado. El portugués pasó a compartir espacio con mi familia pretérita, entre losas rubricadas en cursiva con los recuerdos de tus hijos, de tus hermanos, de tus nietos, junto a finos trabajos de marmolería y metal labrados para la posteridad.
Pero ni siquiera en la muerte somos todos iguales. Todavía hoy, la del señor Antonio es una de las lápidas más tristes del cementerio de San Pedro de Sárdoma: pobre, improvisada, sin letras de molde ni relieves, una especie de cartel pintado deprisa para anunciar que se vende una furgoneta. El rotulista más barato que fue capaz de encontrar el señor Enrique recibió el encargo de escribir lo siguiente: "Antonio Estévez. Recuerdo de tus jefes". ¡Hay que ser hijo de puta!

1 de abril de 2006

Chim pom!

Concurso cerrado. Ayer, a última hora pero todavía en plazo, entraron estas tres contribuciones de Gustavo Rivas. Y con ellas se acabó el certamen. Ahora dejadme, no sé ¿quince días? para reunir al jurado, deliberar y tomar una decisión. Disfrutad del fin de semana.

Título: ¡Hala, Celta!
Lugar: Campo de fútbol de Barreiro (Vigo). Viendo un partido del Celta B
Autor: Gustavo Rivas.



Título: Armas de muller
Lugar: A Graña, Covelo
Autor: Gustavo Rivas.



Título: O tren que me "lava" pola beira do Douro
Lugar: Oporto
Autor: Gustavo Rivas