Por eso y por otras muchas cosas, escribo menos. Pero hoy, en este momento en el que el caballo sobre el que vivo, con dos patas en Santiago y otras dos en Cacheiras, ha detenido su trote frenético en San Lázaro, voy a aprovechar para recordar y reivindicar la figura del señor Antonio, el portugués.
El señor Antonio era un criado a la vieja usanza, un jornalero a tiempo completo, un hombre esclavizado que trabajaba de sol a sol, como los personajes de Delibes, a cambio de poca comida y de la suficiente cerveza para anestesiar la miseria el mayor tiempo posible.
Cuando yo nací, el señor Antonio se deslomaba cavando los campos que rodeaban mi casa de la Salgueira, las tierras del señor Enrique, un pariente político de mi abuela ejemplo de cicatería e hijodeputismo elevados a su máxima expresión.
El señor Enrique, popularmente conocido como O Cabreira, había encontrado en aquel portugués esquelético la máquina perfecta: máximo rendimiento, mínimo consumo, sin familia, sin vida, sin obligaciones. Nunca supe cómo llegó a Vigo el portugués y qué circunstancias lo llevaron a dedicarle su vida al Cabreira y a sus tierras, a uno de los pocos hombres a los que le guardo rencor por otro capítulo que contaré en su momento.
Cuando pienso en el señor Antonio me viene a la cabeza la imagen de un hombre moreno, curtido por el sol como un fuelle de cabrito, delgado y con sombrero, que dibujaba en la tierra surcos derechitos en los que, con el tiempo, acababan saliendo patatas.
A media mañana, cuando el cuerpo mandaba parar, se sentaba en el muro de mi casa y se zampaba un bocadillo que siempre era de tortilla francesa, un refrigerio enorme y esponjoso, con pan de la panadería del Furaolas y huevos de aquellos en los que era casi tan grande la corrida del gallo como la yema. Yo me sentaba a su lado, con las piernas colgando del muro, y él compartía conmigo aquel tentempié del que casi devoraba más mi hambre infantil que su boca desdentada, agotada y extranjera. Después de eso, se fumaba un Celtas sin filtro y, antes de volver al sacho, escupía sobre sus dedos como quien se echara tres en uno en las manos.
Supe que el portugués dormía a menudo en la cuadra, con las vacas; supe que, con frecuencia, bebía para olvidar que bebía, y que la cirrosis se lo comió de dos mordiscos un día de abril por la tarde. Creo que Franco aún estaba de cuerpo presente.
Cuando el señor Antonio se fue, el Cabeira sólo echó en falta la mano de obra. Incluso estuvo por despertarlo de una hostia para que acabase de darle la vuelta a los terrones antes de morirse. Qué desfachatez, atreverse a morir sin haber terminado el trabajo. ¡Traidor! Si por él fuese, en vez de enterrarlo lo habría echado directamente al estiércol, no me cabe ninguna duda. Porque el señor Enrique era capaz de aquello y de cosas peores.
Por fortuna, la señora Carmen, prima de mi abuela y esposa del amo del señor Antonio, aportaba sentido común en aquella casa en la que vivían un hombre cicatero, cuatro vacas lecheras, dos mujeres hermanas y un portugués sin retorno. Y fue la señora Carmen la que se empeñó en que el señor Antonio debería ser enterrado como una persona y no como una cebolla, por mucho que su marido no encontrase más que objeciones.
La negociación fúnebre no fue fácil. Al señor Enrique se le desencajaban los ojos al pensar que debería ocupar una sepultura familiar -por cierto, de mi familia, no de la suya- con los cuatro huesos y las pieles del criado. Semejante acto de humanidad como es enterrar a un muerto le parecía, en este caso, una manera como otra cualquiera de tirar el dinero. Hubo discusiones, hubo más y menos, se habló en caliente mientras el portugués se iba enfriando, se hicieron juramentos...
Finalmente, después de mucho meditar y con el firme propósito de la buena de Carmen de enterrar a quien tanta patata desenterró, decidieron colocar al señor Antonio en un nicho no muy alto del cementerio de San Pedro de Sárdoma, en la zona familiar.
Pero el señor Enrique se ocupó de que, incluso en el tránsito a la otra vida, quedase claro quién es el patrón y quién el mandado. El portugués pasó a compartir espacio con mi familia pretérita, entre losas rubricadas en cursiva con los recuerdos de tus hijos, de tus hermanos, de tus nietos, junto a finos trabajos de marmolería y metal labrados para la posteridad.
Pero ni siquiera en la muerte somos todos iguales. Todavía hoy, la del señor Antonio es una de las lápidas más tristes del cementerio de San Pedro de Sárdoma: pobre, improvisada, sin letras de molde ni relieves, una especie de cartel pintado deprisa para anunciar que se vende una furgoneta. El rotulista más barato que fue capaz de encontrar el señor Enrique recibió el encargo de escribir lo siguiente: "Antonio Estévez. Recuerdo de tus jefes". ¡Hay que ser hijo de puta!