
Es curiosa la capacidad que tiene la mente humana de cruzar de un salto la línea estrechita que separa el moco de la carcajada. Las lágrimas saben igual de saladas con el llanto que con la risa, y eso seguro que quiere decir algo. He asistido a entierros en los que el velatorio más ceniciento se convierte, de repente, en una sesión espontánea del club de la comedia, repleta de arranques divertidos que, inevitablemente, tienen al finado como protagonista. Son esos momentos en los que el poder de un recuerdo gracioso se antepone a la vista dolorosa del cuerpo presente. Y uno se acuerda de pronto de una circunstancia pasada y desternillante del difunto y, para componer un gesto de circunstancias acorde con la situación, no queda otra que morderse la cara por dentro, o fingir un cólico o un retortijón, o algo. La vida es tragicomedia y los incomprensibles mecanismos del cerebro saltan, cuando uno menos se lo espera, como le saltan las marchas a una bicicleta de Alcampo.
Disculpad la introducción, que sólo sirve para atacar el tema que nos ocupa. Aunque no se trata de ningún velatorio, por una circunstancia muy triste y muy desafortunada, he tenido que dejarlo todo y venir a casa. Las primeras horas del día fueron las más duras, cuando la realidad te golpea con el puño cerrado en las narices sin haberte sacudido siquiera las legañas. Pero lo que tienen las hostias de la vida puta es que ponen a uno en su sitio, y hacen que las familias se sienten, y hablen, y compartan, y estén cuando más falta hacen. Esta tarde, la realidad cómica se superpuso a la realidad trágica por un momento y nos reímos todos juntos, y eso no puede ser malo; comprobé, de hecho, que la sal de las lágrimas era la misma, así que creo que sé de lo que hablo.
Mi padre nos contó el episodio tremendo que le ocurrió a un vecino nuestro de setenta y tantos años que hace del día a día todo un deporte de riesgo. Mi vecino anda preocupado. Hace unas semanas fue al cuarto de baño y descubrió sangre donde normalmente había otra cosa. Por este orden, consultó primero con su mujer y después con el médico de cabecera, que le dio por escrito un antihemorroidal y, de palabra, una orden sanitaria: "¡Higiene, abuelo, mucha higiene! ¡Sáquele las telarañas a los adentros y al bidé y dele uso, abuelo, que sus bajos se lo agradecerán!".
Mi vecino volvió del ambulatorio preocupado, pero dispuesto a seguir a piesjuntillas las órdenes de quien conoce las almorranas de los demás como si fueran propias. "¡Manda truco! -le dijo mi vecino a mi padre- eu que lavaba o cú un día a semana, e agora teño que limpalo ¡de luns a domingo!" Creímos en la reunión familiar que el inserto de mi padre finalizaba así, con un anciano contrariado por verse obligado a tomar baños de asiento en la edad tardía. "¡Pero no acaba ahí el cuento!", se apresuró a advertir mi padre, que tiene mucha facilidad para arrancar una chispa alegre cuando más falta hace. Y, entonces, desveló el doloroso desenlace del episodio hemorroidal de mi vecino, el osado. Cumplida al pie de la letra la primera de las series de bidé, abundante en agua y espumosa en jabón de olor, mi vecino quiso ir un paso más lejos. Algún engranaje neuronal debió retrotraerlo al instante a su infancia de los años treinta, cuando el lavado de bajos infantiles era diario y siempre acababa con una sensación suave y perfumada. "¡María! -gritó mi vecino- ¡trae esa colonia que teño na mesilla de noche!". María, que nunca en cuarenta años ha desoído una orden de su marido, por surrealista que haya sido la orden, dio inmediata cuenta del recado y le acercó uno de esos frascos de Varón Dandy en los que el cristal pesa cuatro veces el peso del líquido. Mi vecino cerró la puerta, desenroscó el tapón y vertió sobre su mano izquierda un generoso chorro de aquel bálsamo de Fierabrás. Luego, dispuesto a que su trasero herido oliese a hombre recién afeitado, se llevó la mano empapada a lo más profundo de sus adentros y encharcó la dolorosa almorrana hasta el punto de casi ahogarla. El grito fue estremecedor. La graduación alcohólica del Varón Dandy, un brebaje pensado para las caras y no para los culos, le causó el mismo efecto que la caricia de una rebarbadora. Es posible que saltaran chispas, aunque ese dato no he podido confirmarlo. Ni siquiera el agua de la traída que manaba a chorro del grifo del bidé consiguió calmar aquel volcán desatado, ardiente y doloroso como si uno se hubiese comido por la retaguardia una cosecha ruin de pimientos de Padrón. Dos días después del suceso, mi vecino sigue caminando como el oso Yogui, con los dos pies juntos y el culo apretado e incorrupto como los despojos de Santa Teresa. Eso sí, el rastro del Varón Dandy llega de la plaza de España a Traviesas, y nadie se explica semejante misterio en una ciudad donde los basureros están en huelga.
Somos unos pocos sólo los que sabemos la verdad, increíble pero cierta, del episodio flamígero de mi vecino. Mi padre nos hizo reír cuando más falta nos hacía a todos, y sólo por eso ya vale la pena que se haya inventado el Varón Dandy. Muchos ánimos, Coco, los malos ratos son un peaje imprescindible para poder disfrutar de los ratos buenos, que serán abundantes como el chorro de la colonia de nuestro vecino, sólo que mucho más dulces. Seguro.