Con las cosas que pasan ahí fuera ¿quién necesita ficción? El sábado, en un cumpleaños, me contaron una historia. Yo sólo voy a adobarla un poco, pero la base es real.
El secreto del portero. Dedicado a Maribel Fontán.

El cartel apareció colocado en el espejo del ascensor, como de costumbre: "Se convoca a los señores propietarios a la junta general extraordinaria que se celebrará, Dios mediante, el próximo viernes a las 20.00, en primera convocatoria, y a las 20.30 en segunda. Por lo delicado del asunto a tratar, se ruega puntualidad. Procuren, por favor, dejar a los niños en casa".
El cartel subió y bajó en el ascensor todos los días de la semana con todos los vecinos de la finca, arriba, abajo, arriba, abajo otra vez...
El mensaje se fue quedando en la memoria colectiva de la comunidad, igual que las letras de una minúscula chapa situada junto a la botonera, y que decía aquello de "4 personas, 300 kilos".
-Buenas tardes, Rogelio
-Buenas tardes, doña Amalia
-Y mire, Rogelio, ¿usted sabe quién ha convocado la junta del viernes?
-No sé nada, doña Amalia, desconozco quién ha podido colocar el cartel.
-Nada bueno, Rogelio...
-No será nada, doña Amalia
-Buenas tardes, Rogelio
-Buenas tardes, doña Amalia.
Aquel bloque del centro de Pamplona era el templo de la educación. Desde el primero al sexto, en cada uno de sus pisos pisaban los pies de cristianos viejos y chavales de lazos y catequesis, de una docena de familias de escapulario y misal que, custodiados durante cuarenta años por el fiel Rogelio, compartían aquel edificio como quien habitara un templo impoluto, con solemnidad, rectitud, buenas maneras y un anuncio en el portal que decía bien clarito: "No se admite publicidad, excepto la hoja parroquial".
La imagen de San Josemaría, el santo con gafas, velaba dentro de cada casa por las almas de sus moradores, entregados pública y privadamente a la obra del siervo de Dios. PTV: Pamplona de Toda la Vida.
"El viernes, a las 20.00 en primera convocatoria..."
Después del lunes vino el martes, detrás el miércoles y luego llegó el jueves. Los días sólo fueron echando incertidumbre a aquella convocatoria extraordinaria, anunciada sobre el cristal del ascensor como quien publicita un funeral. "A las 20.00 en primera convocatoria... procuren dejar a los niños en casa..."
-Buenos días Rogelio.
-Buenos días, don Francisco Javier.
-¿Has sabido algo de lo de la junta?
-Nada, don Francisco Javier. Si usted, que es el presidente, tampoco tiene idea, no sé quién habrá podido ser.
-Nada bueno, Rogelio.
-No será nada, don Francisco Javier.
-Buenos días, Rogelio.
-Que Dios lo bendiga, don Francisco Javier.
Las ocho de la tarde del viernes llegaron puntuales, después de una semana sin sobresaltos, gracias a Dios y al santo de las gafas, la mano derecha de Nuestro Señor.
No pasaban ni tres minutos de las 20.00 cuando empezaron a escucharse pestillos.
-Os quedáis en casa y no le abráis la puerta a nadie, que papá y mamá vuelven enseguida.
Los pobladores del edificio fueron bajando al vestíbulo. Doña Amalia, don Francisco Javier, la beata del quinto B, don Guillermo y su santa madre...
A las ocho y cuarto no faltaba nadie.
-¡Bueno!, dijo don Francisco Javier ¿Y bien?
Los vecinos se miraron, nadie respondió.
-Nada bueno, murmuró doña Amalia
-No será nada, doña Amalia, le contestó don Guillermo
De repente, se encendió la luz de la portería y se abrió la puerta.
-Buenas noches a todos.
-Buenas noches, Rogelio. Aquí estamos todos y nadie sabe nada. Me da que alguien nos ha tomado el pelo.
-No les han tomado el pelo -respondió Rogelio- Les he convocado yo.
Los vecinos volvieron a mirarse, perplejos.
"¿Usted, Rogelio? -dijo don Francisco Javier- no entiendo nada".
-Ahora lo entenderá.
Los vecinos se callaron, dejaron de mirarse los unos a los otros y enfocaron directamente al portero que, después de tragar saliva, comenzó a hablar.
-Antes de nada quería pedirles disculpas por tanto misterio, pero es que no se me ocurrió otra manera de hacerlo. Lo mejor es ir al grano... sí, al grano... a ver cómo se lo explico.
-Tranquilo, Rogelio, por el amor de Dios, di lo que sea, que somos de la familia
-Por eso, por eso, dijo Rogelio. Y, después de respirar hondo, se lanzó.
-Llevo cuarenta años como portero de esta finca. Los conozco a todos, a ustedes, a sus familias... He visto crecer a sus hijos, los he visto crecer a ustedes... Siempre he estado a su servicio, he sacado la basura puntual, he fregado la escalera dos veces a la semana, les he recogido la correspondencia...
Los vecinos permanecían atentos, como esperando el desenlace inevitable de la convocatoria extraña de Rogelio.
-Y el caso es que sólo tengo palabras de agradecimiento con ustedes.
-¡Y nosotros contigo, Rogelio!, añadió doña Matilde, la madre de don Guillermo.
El portero continuó: "Ha llegado el momento de decirles algo"
-¡Desembucha, por el amor de Dios!, dijo don Francisco Javier.
Rogelio continuó: El lunes no vendré. Ingresaré en una clínica y estaré, probablemente, un par de meses de baja. ¡La primera baja en cuarenta años!
Los vecinos preguntaron compungidos:
-¿Es grave, Rogelio? ¿Podemos ayudarte en algo? ¿Cómo no nos lo habías dicho?
-San Josemaría estará contigo, no te preocupes.
-Gracias, doña Matilde, pero no estoy muy seguro de si San Josemaría me comprenderá esta vez. No estoy enfermo, es otra cosa. Verán...
El portero se apoyó en la barandilla y por fin, sacando fuerzas de las entrañas, habló claro:
-Señores, el lunes me someteré a una operación de cambio de sexo, y nunca más seré Rogelio.
El aire se podía masticar. El silencio era absoluto. Nadie miró a nadie, nadie dijo nada.
-Así será y está decidido; a partir del lunes, su portero Rogelio morirá para siempre y Rogelio será por fin la Mari Luz que siempre quiso ser. No les pido que me bendigan, simplemente que me comprendan. Tenía que decírselo y se lo he dicho. Perdonden que haya sido de esta manera, pero no se me ocurrió nada mejor.
Rogelio caminó hacia atrás, se dio la vuelta y desapareció por la puerta de la portería de la que había salido. Cerró con llave y, del otro lado, se quedaron una docena de vecinos atónitos, paralizados. Nadie habló con nadie. Unos y otros, don Francisco Javier, doña Matilde, doña Amalia, don Guillermo... todos subieron las escaleras y dejaron en la zona común un eco sordo de pestillos y cerrojos.
Las semanas sin Rogelio se hicieron largas. Una agencia mandó a un sustituto joven, delgadito y educado que no sacaba el mismo lustre al balaustre, pero que cumplía más o menos con la misión del portero. A los niños les dijeron que Rogelio se había marchado al pueblo a causa de una enfermedad, y que quizás ya no volvería a trabajar. Los chavales, acostumbrados a los trucos de magia del portero de toda la vida, se quedaron chafados y tristes. En aquel edificio del Opus Dei había niños como para amueblar una guardería, y Rogelio había sabido ganárselos haciendo aparecer monedas detrás de sus orejas, un sitio donde, normalmente, sólo se encuentra roña.
Pasaron los días, las semanas....
Un día, el sustituto flaquito que había mandado la agencia, el que había sacado la basura puntual durante aquellos meses pero que no sabía encontrar monedas detrás de las orejas de los niños, se marchó para no volver. Al tipo flaquito lo sustituyó una mujer mayor, de unos sesenta años, que se hizo cargo de la portería y empezó a hacer que la balaustrada recuperase el esplendor pasado que tanta fama había dado al bueno de Rogelio.
-¡Buenos días, Mari Luz, tienes un aspecto estupendo!
-Buenos días, don Fransico Javier, es usted muy amable.
-Saluda a tu hermano Rogelio de mi parte.
-De su parte, don Francisco Javier.
-Que pase un buen día, Roge... ¡Mari Luz!
-Igualmente, don Francisco Javier.
Hoy, en el edificio beato de Pamplona, los vecinos quieren a Mary Luz como si llevase en la portería toda la vida. Quizás sea así. Los niños están encantados porque la hermana de Rogelio también sabe encontrar céntimos de euro entre la roña de las orejas; la balaustrada brilla, la basura se saca puntual y el santo de las gafas.... Ése... ése mira para otro lado.