Ya, ya, que no actualizo. Pero es que entre el trabajo y otro proyecto en el que ando metido, no doy más. Este fin de semana hemos tenido fiesta en el barrio, un barrio dedicado a la memoria del único santo reanimado del que se tiene noticia. Cuentan que a San Lázaro lo reanimó Jesucristo al cuarto día de estar enterrado. Y siempre me he imaginado a Lázaro caminando por ahí con una oreja medio podrida, con un ojo fuera de la órbita... un muerto viviente del que todo el mundo preferiría escapar... más que nada por el olor. Me intriga además saber como re-murió el resucitado; deberé investigar sobre eso. Pero el caso es que las fiestas grandes del barrio no se celebran el 17 de diciembre -día asignado por la Iglesia al santo zombie- sino en marzo. Y no se le dedican al santo, sino a la parte del cerdo que en estas latitudes llaman "uña" y que en otras son "manos" o, simplemente, patas: "Peus de porc" en Catalunya. Por culpa de las uñas hemos tenido que sufrir los bombardeos de palenque hasta altas horas, incluso el lunes a eso de las 2.00 de la madrugada, hora zulú. Odio profundamente la artillería festiva y no me cabe en la cabeza que para que la fiesta sea fiesta "rachada" -que decimos aquí- haya que dinamitar el firmamento como si de las nubes fuésemos a sacar gravilla. Toda mi participación en la verbena del barrio se limitó a una incursión el domingo en una churrería situada junto a la capilla del santo podrido, un establecimiento que para mí está cargado de simbolismo y ahora explico por qué.Yo soy un tipo puntual incluso hasta el exceso, de los que prefieren gastar los últimos cinco minutos que quedan para la hora pactada mirando escaparates a llegar siquiera un minuto tarde. Creo que es una cuestión de respeto por el otro. Si llegas tarde sin motivo, desprecias a quien te espera. No sé si soy medio alemán o medio inglés, pero lo que no soy es el gallego o el español medio. Mi reloj tiene horas y minutos, y no esa extraña configuración que utiliza buena parte de la humanidad y que divide la esfera en horas, minutos y una zona difusa que se llama "o así". Odio cuando alguien me dice: "Quedamos a las nueve y media, o así". Eso quiere decir que ganará el "o así" y que me tocará esperar por haber llegado, como llegaré, clavado a las 9.30. ¿Y qué tiene que ver esto con la churrería?, os preguntaréis. Mucho más de lo que imagináis. Mi virtud -para algunos defecto- de la puntualidad no es innata, sino adquirida, heredada. Mi padre se empeñó a fondo para que sus hijos fuesen, como él, puntuales hasta el extremo. Creo que lo consiguió más con los hombres que con la mujer pero, en general, hizo un buen trabajo. De niños, cuando había que ir a un sitio a una hora, si la cosa andaba demasiado ajustada mi padre siempre decía la misma frase: "¡Eres igual que Valeriano García Temprano, que sempre chegaba tarde!". El tal Valeriano, casi un ser mitológico en mi familia, era según dice papá, un compañero de mili que se pasó media mili arrestado porque su segundo apellido no traía aparejada la virtud de la puntualidad. Valeriano, cuenta mi padre, era el churrero de la Alameda de Santiago y el bueno del hombre, que hacía la mili en casa, tenía la difícil labor de conciliar la vida churrera y la militar, y por eso las más de las veces era llamado al orden por unos sargentos que consideraban más importante la fidelidad a la bandera del pollo que a una sartén. Cualquiera de mis hermanos sabría continuar la frase: "Eres igual que Valeriano García Temprano, que...". La figura de "Valeriano García Temprano que sempre chegaba tarde" pasó a formar parte del extenso catálogo de personajes de realismo mágico que utiliza mi padre cuando cuenta sus historias. ¡Nadie se llama Valeriano García Temprano!, decíamos mis hermanos y yo, convencidos de que papá fabulaba para facilitarnos el aprendizaje.
Hace muchos años, cuando empecé a escribir en La Voz -verano de 1991- el gran jefe Morgan me encomendó una labor: hacer un reportaje sobre el cierre de las churrerías de la Alameda. Allá me fui con los bártulos del periodista -boli, libreta y ganas- y le entré a uno de los churreros desahuciados, al que no conocía de nada.
"Buenos días, soy de La Voz -le dije. ¿Su nombre?"
-Valeriano García Temprano.
Me quedé paralizado. ¿Repita, por favor? [tragué saliva y sufrí parálisis facial]
-Valeriano García Temprano, churrero.
Se me quedó gesto de idiota. Ante mí tenía al protagonista de las clases de puntualidad de mi padre, a todo un mito, a la persona que había conseguido que sea yo el que espera por los demás. ¡Acababa de conocer a alguien que, en mi vida, había sido más importante que Chanquete! ¡Qué digo que Chanquete! ¡Más que Naranjito incluso!
-¿García Temprano? Estoooo.... ¿he oído bien? ¿Usted hizo la mili en el cuartel del Hórreo?
-Sí señor ¿Qué le sorprende tanto?
Olvidándome por completo del cierre inminente de la churrería que debería ocupar mi reportaje, seguí con lo mío.
-¿Y usted hizo la mili con un tal Mirás? [a esas alturas, el churrero debía de pensar que tenía ante él a un periodista imbécil]
-Claro, Mirás ¿no era de Vigo? Hace tantos años... ¿Tú conoces a Mirás?
-Mire si lo conozco que soy su hijo.
Entonces le conté la historia de la puntualidad, el juego que había dado su segundo apellido para que mi padre impartiese a sus herederos lecciones de civismo y de lo que antes se llamaba "urbanidad". Estuvimos hablando un rato largo y salieron a relucir otros héroes de la mili como el arquitecto Banet o el capitán Carlos Vázquez Molezún. Superada la sorpresa de conocer a alguien que pensé que ni siquiera existiría o que, si acaso, se habría perdido en el cajón de la memoria de mi padre, hablamos del cierre de la churrería, de que se avecinaban malos tiempos para la freidora y así lo conté en el periódico. Luego puse al día al soldado Mirás y el soldado Mirás se quedó impresionado.
Pasaron muchos años sin que volviera a saber de Valeriano. Pero este fin de semana lo he vuelto a ver. Desahuciado de la Alameda, García Temprano y su familia concentraron sus esfuerzos churreros en el local que está junto a la capilla de San Lázaro y cuyo rótulo, escrito en letras blancas sobre fondo azul, me recuerda cada vez que paso por delante en moto las enseñanzas cívicas de mi padre: "Churrería Temprano". Y en mi cabeza salta un engranaje automático: "Nunca llegarás tarde". El domingo me zampé los churros de Valeriano y casi mastiqué su chocolate espeso , como claras me gustan las cosas. Y eso, para mí, es casi como tomar la comunión. Y allí estaba él, a sus 63-64 años, con la cara chupada, la cabeza llena de pelo y la cara marcada de viruelas. Quién me lo iba a decir. Ahora os dejo, que no puedo llegar tarde.





