No le llego ni a las suelas de los zapatos a los belenistas que hay en Pamplona, que son muchos y muy buenos, pero yo también acostumbro a instalar en casa, cuando llega la Navidad, esa maqueta en la que una mula y un buey le dan calor a un niño que -y a la experiencia me remito- no se parece nada a un recién nacido. De pequeño, con mi amigo Javier Zunzunegui me internaba en el prácticamente desaparecido Monte da Serra de Sárdoma, que hoy sucumbe ante la epidemia del ladrillo, y cogíamos musgo con el que después tapizábamos los belenes de nuestras casas, salidos del ingenio y la marquetería. Durante años abandoné la tradición y, recientemente, la retomé cuando me regalaron, procedente del Bazar de Villar, el nacimiento de la foto, que es de Playmóbil y tiene todos los elementos que se necesitan en un belén. Pero hoy, mirándolo de cerca, se me ocurrió que le faltaba algo. Y por eso instalé un madelman de las fuerzas de pacificación de la ONU que, en su jornada normal, custodia los libros de mi biblioteca. Como para andar por ahí, con el incienso, el oro y la mirra sin que haya un segurata cerca. La Vespa se hacía también necesaria, no creo que le importe al Pontífice, que estos días pone en cuestión la presencia de la mula, el buey y los pastores en nuestros belenes domésticos. Y si le molesta... No creáis que un tipo irreverente y contestatario como yo se contradice instalando un nacimiento, no. Yo me eduqué en la tradición cristiana y me creí la historia del carpintero, de su mujer y de su hijo. Me creí sus penurias y fui un fiel seguidor de sus aventuras de la edad madura, ya que los evangelistas nos privaron, quitando lo del templo, de su infancia y de su adolescencia. También me creí su mensaje entre pacifista y comunista que, si acaso, buscaba que la gente del mundo fuésemos mejores personas. Y todavía me creo la historia, incluida la pasión y la muerte. Pero hasta ahí. La resurrección no la contempla mi cerebro pragmático, como tampoco todo lo que se montó después. Por eso respeto y admiro a quienes siguen el mensaje primero y educan y forman a los demás para hacernos mejores personas. A los que entregan su vida desinteresadamente a los demás en las misiones, en la educación, en los servicios sociales y en la solidaridad. Pero aborrezco a quienes, partiendo de un pesebre, montaron el más indecente y lucrativo de los negocios, incluso su propio país, olvidando y desvirtuando el mensaje aquel del hijo del carpintero al que hoy rindo homenaje en el vestíbulo de mi casa. A esos que dejaron de predicar para coger únicamente el trigo, juzgadores de conductas, reprimidos, inquisidores de misal y escapulario cuyas conciencias sucias son lo más parecido a un pecado, esos que se apropiaron de lo que no era suyo y que lo manipularon para sentar las bases de un imperio. Es una pena que se desvirtuara hasta tal punto el mensaje del hijo del carpintero, que quizás fue un loco, un visonario o un soñador, pero seguro que ni fue una mala persona ni se atrevería a montar una tómbola sobre sus propias enseñanzas. Una parte importante de la Iglesia católica es culpable de que seamos muchos los que dejamos el rebaño. Y es una pena.
ACTUALIZACIÓN: No hay más que leer lo que dice el obispo de Tenerife para constatar que el pecado lo tienen ellos en sus cabezas. Monseñor habla [así]. Le faltó decir que "las visten como p...". Asco, este tipo de fulanos me dan asco.








