He empezado el año volando. Me vine esta tarde desde Pamplona, vía Madrid, aunque de Madrid sólo vi la impresionante T4, que conocía de oídas y de explosiones. Por eso de viajar el 1 de enero y regresar a la capital de Navarra el 6, fechas en las que son pocos los que se embarcan en la flota de Iberia, me saqué un billete por 145 euros, todo incluido. Un chollo, sobre todo si tienes en cuenta que la ida y la vuelta en coche me salen por 120 euros de gasóleo, más los peajes más siete horas de volante, para venir, y otras siete para regresar. Realmente, lo que me gusta de viajar en avión no es el avión propiamente dicho, que es un aparato que me pone mucho respeto, sino los aeropuertos y, sobre todo, examinar el paisanaje que comparte contigo la aventura, que lo es, de volar como los pájaros aun habiendo nacido sin alas. En el vuelo de Madrid a Santiago venía una señora muy simpática que se montaba en un Airbus 320 por primera vez y, en general, por primera vez en cualquier tipo de avión. Después de un John Deere con toma de fuerza, estoy seguro de que el Airbus 320 era el artefacto más descomunal en el que ella hubiera puesto el pie jamás. Era una mujer mayor, igual tendría unos ochenta años, a la que acompañaban su hija y su nieta, las tres sentadas en los asientos A, B y C de la fila 25. A mí me tocó en la fila veintiséis, muy cerca de un magistrado de la Audiencia Provincial y de sus tres hijas, de un par de titiriteros que conozco de vista y de una tía que fue comercial en Radiovoz. Sin nada más entretenido que hacer durante los 50 minutos del vuelo, me dediqué a poner la antena y a escuchar la conversación de las tres viajeras. La nieta se quejaba de que, en el control de equipajes, casi la habían hecho desnudarse, una situación que no habría estado del todo mal, teniendo en cuenta el certero reparto de su anatomía. La abuela, impecable en el vestir aunque su acento denotaba su procedencia de la Galicia interior, se reveló como una entretenida pasajera, espontánea y sincera como sólo lo son quienes se expresan desde la más absoluta sinceridad.
"Pues a mí me pitó el aparato, pero ya le dijo tu madre que era por las prótesis de las caderas", decía sonriendo, a lo que la nieta le respondió: "Lo que no me puedo explicar es por qué no te pitó la saqueta. ¡Imagínate que te mandan que te quites la saqueta". No, no he escrito mal "chaqueta", he escrito "saqueta", un término que se refiere a esa bolsa en la que la gente mayor guarda sus objetos más codiciados y que se esconde en lo más recóndito de la ropa interior. Atento a la conversación, me reía yo solo pensando en el tesoro que aquella mujer arrugada llevaría en sus entretelas, y que había pasado desapercibido a ojos de los férreos controles de Barajas. "Pues si me mandan que me la quite, me la quito", respondía la abuela encogiéndose de hombros. Delante de mí llevaba a una pasajera con un tesoro oculto, bien entre las piernas -lugar común para los escondites monetarios-, bien en esa parte entre el torso y las tetas que se corresponde con lo que en Galicia sería el "xustillo".
Llevábamos unos quince minutos atravesando nubes cuando la abuela se sobresaltó y preguntó de nuevo a su nieta: "¿Y seguro que este es el avión que va a Santiago?" "Seguro, abuela", le dijo la chavala, a lo que la vieja añadió: "¿Y cómo estás tan segura? ¿Le preguntaste a los de la puerta? Como hay tantos aviones...". La nieta sonrió, le repitió la conversación a su madre y las dos se troncharon con la pregunta inocente de la viajera del asiento 25A. "A ver, abuela, que esto no es el coche de Celanova -le dijo, sobrada, la nieta- que aquí está todo muy indicado, lo pone en el billete, en la puerta de embarque, no hay error posible". La vieja se encogió de hombros de nuevo y echó a pasear la imaginación por encima del cielo nublado de España. Yo me puse a leer la revista Ronda de Iberia y me acordé de la señora Benilde, abuela de un primo político mío, que protagonizó un sonoro -y nunca mejor dicho- episodio en la estación del tren de Vigo hace unos cuantos años. La señora Benilde llegó desde Ribadavkia al andén vigués con un enorme paquete que provocó la sorpresa de su hijo y de su nieto, que la esperaban por Navidades o por algo de médicos, no recuerdo. El bulto era tan grande que la mujer necesitó ayuda cuando se dispuso a bajarse del convoy. "¡Pero abuela, ¿qué traes aquí?", la interrogaron los parientes. Benilde respondió con evasivas: "Nada, cousas miñas". Justo cuando la vieja más celosa se había puesto para salvaguardar su secreto empaquetado, que lo mismo podría ser un regalo grande que una gallina, de los adentros del paquete sonaron doce tremendas campanadas, justo cuando las dos agujas del reloj de la estación se encontraban en la parte superior de la esfera, apuntando directamente al infinito. La sorpresa de sus herederos fue tremenda al darse cuenta de que la señora Benilde se había venido desde Ourense con el reloj de péndulo de la familia, un tesoro tan codiciado que, de ninguna manera, estaba dispuesta a abandonar en su casa para que pudieran llevárselo los ladrones. Feliz año a todos y disculpad si no he contestado a los mensajes del móvil felicitando las fiestas, pero es que me niego a darle más pasta a Movistar. Del viaje de hoy, lo único que me ha dejado mal cuerpo es pagarle 17,50 euros a un taxista para que me bajase desde Lavacolla a San Lázaro. Eso sí que es un atraco, y lo demás son cuentos.
"Pues a mí me pitó el aparato, pero ya le dijo tu madre que era por las prótesis de las caderas", decía sonriendo, a lo que la nieta le respondió: "Lo que no me puedo explicar es por qué no te pitó la saqueta. ¡Imagínate que te mandan que te quites la saqueta". No, no he escrito mal "chaqueta", he escrito "saqueta", un término que se refiere a esa bolsa en la que la gente mayor guarda sus objetos más codiciados y que se esconde en lo más recóndito de la ropa interior. Atento a la conversación, me reía yo solo pensando en el tesoro que aquella mujer arrugada llevaría en sus entretelas, y que había pasado desapercibido a ojos de los férreos controles de Barajas. "Pues si me mandan que me la quite, me la quito", respondía la abuela encogiéndose de hombros. Delante de mí llevaba a una pasajera con un tesoro oculto, bien entre las piernas -lugar común para los escondites monetarios-, bien en esa parte entre el torso y las tetas que se corresponde con lo que en Galicia sería el "xustillo".
Llevábamos unos quince minutos atravesando nubes cuando la abuela se sobresaltó y preguntó de nuevo a su nieta: "¿Y seguro que este es el avión que va a Santiago?" "Seguro, abuela", le dijo la chavala, a lo que la vieja añadió: "¿Y cómo estás tan segura? ¿Le preguntaste a los de la puerta? Como hay tantos aviones...". La nieta sonrió, le repitió la conversación a su madre y las dos se troncharon con la pregunta inocente de la viajera del asiento 25A. "A ver, abuela, que esto no es el coche de Celanova -le dijo, sobrada, la nieta- que aquí está todo muy indicado, lo pone en el billete, en la puerta de embarque, no hay error posible". La vieja se encogió de hombros de nuevo y echó a pasear la imaginación por encima del cielo nublado de España. Yo me puse a leer la revista Ronda de Iberia y me acordé de la señora Benilde, abuela de un primo político mío, que protagonizó un sonoro -y nunca mejor dicho- episodio en la estación del tren de Vigo hace unos cuantos años. La señora Benilde llegó desde Ribadavkia al andén vigués con un enorme paquete que provocó la sorpresa de su hijo y de su nieto, que la esperaban por Navidades o por algo de médicos, no recuerdo. El bulto era tan grande que la mujer necesitó ayuda cuando se dispuso a bajarse del convoy. "¡Pero abuela, ¿qué traes aquí?", la interrogaron los parientes. Benilde respondió con evasivas: "Nada, cousas miñas". Justo cuando la vieja más celosa se había puesto para salvaguardar su secreto empaquetado, que lo mismo podría ser un regalo grande que una gallina, de los adentros del paquete sonaron doce tremendas campanadas, justo cuando las dos agujas del reloj de la estación se encontraban en la parte superior de la esfera, apuntando directamente al infinito. La sorpresa de sus herederos fue tremenda al darse cuenta de que la señora Benilde se había venido desde Ourense con el reloj de péndulo de la familia, un tesoro tan codiciado que, de ninguna manera, estaba dispuesta a abandonar en su casa para que pudieran llevárselo los ladrones. Feliz año a todos y disculpad si no he contestado a los mensajes del móvil felicitando las fiestas, pero es que me niego a darle más pasta a Movistar. Del viaje de hoy, lo único que me ha dejado mal cuerpo es pagarle 17,50 euros a un taxista para que me bajase desde Lavacolla a San Lázaro. Eso sí que es un atraco, y lo demás son cuentos.
1 repeniques, repenica ti:
Madrid-Compostela, 145 euros. Labacolla-San Lázaro, 17,50 euros.
¡Feliz año!
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