19 de febrero de 2008

El pan

En mi casa tenemos una relación mística con el pan que, más que un alimento, es un fondo de armario, un bien básico, un artículo de culto. Mi padre siempre ha preferido masticar los chuscos que quedan abandonados en la mesa después de comer al mejor de los postres. Si un día, por error de cálculo, la panera se queda desierta, en casa se produce una situación tensa, comparable a que nos corten el agua o a que se vaya la luz. La madre de mi padre, la abuela Pura, quemó los años de su juventud repartiendo pan por las tierras de Lavadores. Mi abuela le sacaba ventaja a las gallinas y, con las calles todavía sin poner, cargaba sobre su cabeza un enorme cesto recién horneado cuyo peso iba disminuyendo según corría el cuentakilómetros de sus piernas. Eran los años de la posguerra, y en "la Rusia chica", castigada al hambre por ser tierra de rojos, el pan era lo único que engañaba a la fosa mariana de los estómagos. En las casas de Lavadores, mi abuela era recibida al amanecer como una bendición. Ella era persona y vehículo, una especie de motocarro humano que repartía consuelo fermentado para alegrar las tristes tripas de la tropa. Eran los tiempos en los que su marido, el abuelo Mirás, que ganó en 1934 el campeonato de España de Campo a Través en San Sebastián corriendo con alpargatas, tuvo que ampliar la carrera cuando los militares se levantaron en armas contra la República y empezó la caza del comunista. Y ya no paró. Con su marido en el frente, o recluido en el penal con mejores vistas de Galicia, el de San Simón, o en la prisión de Caldas de Reis, la cesta de pan de mi abuela se convirtió en el sustento precario de una prole de tres hijos que, pese a las circunstancias, se empeñaban en ser más altos. Las tripas de los tres pequeños mirases cantaban La Cumparsita desde primeras horas de la mañana y le hacían los coros los gallos del Sobreiro. Y lo único que conseguía poner paz en aquellos estómagos infantiles y huecos eran los chuscos que, concluido el reparto, la abuela Pura conseguía llevar a casa. Así que yo creo que estoy aquí porque mi padre sobrevivió a base de pan y cesto. Aún es hoy el día que, en casa, tirar a la basura el pan que sobra es pecado mortal, y en la panera se concentran, como en un zulo clandestino, chuscos, rebanadas y mendrugos de días distintos y de diferente origen, que son como una libreta de ahorros a corto plazo para el hambre, ya no impuesta, sino caprichosa en tiempos de abundancia. Mis dos hermanos y yo nos hemos criado en ese culto al pan, y quizás por eso me ha entusiasmado tanto el regalo que me hizo hace unos días la madre de mi hija: una panificadora eléctrica y programable, que amasa, fermenta y cuece y que perfuma la casa como el Ambipur más nutritivo del mundo. Después de dos ensayos, el tercer pan me ha salido de traca. Y cada vez que enchufo la panificadora, lo hago con un sentimiento casi místico de quien hoy es lo que es gracias al pan de la abuela y a su cabeza transportadora. Así que me lo pueden quitar todo, menos el pan nuestro de cada día, que me hace tener presente a la abuela Pura, a su marido prisionero y a ese hijo de puta pequeño, cabrón, rencoroso y sepulturero que fermenta a perpetuidad en el Valle de los Caídos. Mi panificadora es mi versión doméstica de la Ley de Memoria Histórica. Estáis invitados.

12 repeniques, repenica ti:

Anónimo dijo...

Te leo siempre. Todos los días espero a que actualices. Pero nunca comento nada, todo lo que hay que decir ya lo dices tú en tus artículos.
Pero lo del pan me ha llegado al alma. Me encantas Mirás, me encantas.
Un abrazo, Laura

Anónimo dijo...

Pues tiene buena pinta ese txurrusko de pan. Un abarzo desde Bilbao. Mundi.

Anónimo dijo...

Esta historia quedouche redondiña coma a mellor bola de pan ou coma a pequena cariña de quen eu ben sei. Bicos fariñentos.

Anónimo dijo...

Nacho non saiu o nome pero o comentario anterior siu de Ecuador. Bicos para os tres.

M. dijo...

Un relato excelente, Nacho. De lo mejor que te he leído nunca. Y me sumo alborozado: "Me encantas Mirás, me encantas". Un abrazo.

Anónimo dijo...

joo...que bonito; yo tengo un remoto recuerdo de cuando cocían el pan en el pueblo, hogazas, para varios días ...y varias veces fuí con la cacerola a que hicieran la empanada en la panadería de mantelas .
sí, señor, a guardar los curruchos, y hasta a hacer sopas de ajo si hace falta.

siloam

anuskinha dijo...

qué historia, me ha encantado... a veces no sabemos por qué existen esas obsesiones por el pan, en mi casa si falta o no llega parece que el que falta o no llega es el oxígeno, yo creo como tú que esas cosas las heredamos de otras personas de hace muchos años... de las personas que comían con deleite aquel pan "que non querían nin as galiñas"...

Julio Torres dijo...

Botaba en falta relatos como éste. A seguir deleitándonos co teu verbo literario fluido e adictivo.
Me parece que Ane vai ter un bo mestre de linguaxe....

Un saúdo, amigo.

Julio Torres

Andrea y Pierre dijo...

Hola Nacho, acabo de encontrarme con tu blog, que me gusta mucho, sobre todo este articulo sobre el pan, que me hace acordar a mi abuelo, mi abuelo brasileño que era ciego y juntaba las migas de pan sin verlas. He leido en tu perfil que sos fanatico de los gatos y de otra cosa...que no entendi bien que.
hasta pronto!
andrea

Gelo dijo...

Mi paniaguado estómago está deseando probar esa memoria histórica de la que hablas. Un teletortillazo para acompañar y...

Anónimo dijo...

El pan y el vino son la base de todo. El medico me sacó el pan. Me siento media persona. Todo bien, vino es bueno, pero pan...Un post muy lindo!

maray, de Brasil
www.gardenal.org/checaribe

Su dijo...

Andrea y Pierre me remiten a ti porque saben mi pasión panera. He disfrutado leyendote, claro ya no solo el pan, ya he seguido....
Enhorabuena, me encanta como cuentas las cosas. Un abrazo