28 de abril de 2009

Las naranjas más naranjas de todas las naranjas

El post de hoy se lo voy a dedicar a la familia formada por Federico Aparici, Lola Colomar y sus hijos Federico y Juan, las personas que están detrás de una iniciativa de esas que, cuando la conoces, no puedes más que sentir sana envidia y darte coscorrones mientras te preguntas: ¿Por qué no se me ocurriría a mí? A mí no se me ocurrió porque no tengo un producto que vender, ni sol, ni huertos. Y si los tuviera, quizás me faltaría arrojo. Cansados de ser exprimidos -valga la expresión- por los intermediarios, Federico y Lola decidieron un día librarse de ataduras y vender directamente al consumidor final las maravillas anaranjadas que, cada año, sin falta, maduraban en los árboles de sus huertos de Cullera. El fruto de esta aventura es Naranjas Lola, empresa pionera de venta de naranjas por Internet. Aunque quería haberlos llamado hace tiempo, un día por esto, un día por aquello, lo iba posponiendo. Pero el domingo, después de regresar de Levante, tarareando mientras veía la tele que a sus amaneceres rojos se acostumbraron mis ojos como el recodo al camino, entré en la página de Lola e hice un pedido: 15 kilos de naranjas de mesa por 33 euros, IVA y envío incluidos. A 2,20 el kilo. El lunes, a primera hora de la mañana, el propio Federico me llamó por teléfono para darme la bienvenida. Y me aseguró que, en esa misma jornada, mis naranjas serían recogidas del árbol y que el martes estarían en Santiago. Qué maravilla.
-¿Y cómo te pago?, le pregunté. Me extrañó que, cuando haces el pedido, no te piden ningún dato bancario, ninguno.
-Como sabe, Ignacio, lo normal cuando se compra en Internet es que usted pague primero y reciba la mercancía después ¿Verdad?
-Verdad, Federico.
-Pues aquí no, Ignacio. Mañana recibe usted las naranjas en su casa y, si le gustan, ya me las pagará.
Semejante gesto, en los tiempos que corren, me dejó perplejo. Me recordó a la tienda de Rosa y de Pepe, junto a mi casa de A Salgueira, en la que la contabilidad perdía protagonismo en beneficio de la confianza. Y esta tarde, a primera hora -tal cual según lo prometido- llegó el repartidor con la caja de quince kilos de Naranjas Lola. Leí en un reportaje que son las naranjas de toda la vida, sin conservantes, sin colorantes, completamente naturales... las naranjas de antes. ¡Qué extraño se nos hace ya encontrar cosas auténticas! Si cambiamos naranjas por personas, entonces ya no es extraño, ¡Es insólito! Pues os puedo garantizar que Federico y Lola se quedan cortos. En mi vida había probado nada semejante. Quizás fue por la novedad o porque nadamos cítricamente en la abundacia, esta tarde me he zampado cuatro. Gloria bendita. Después de probar la primera, no tardé ni cinco minutos en entrar en el banco -también a través de Internet- y pagarle a Federico los 33 euros que le debía. Como en la transferencia electrónica no podía hacer dedicatoria, sirva este post de agradecimiento sincero: por la iniciativa, por la calidad del producto, por la confianza, por la seriedad y, sobre todo, Federico y Lola, por haber metido en mi trastero los rayos del sol de Levante dentro de una caja de chopo. Un saludo cordial y, tal como pretendíais, no habéis ganado un cliente, sino un amigo. Carlos Casares, a quien admiré de vivo y venero de muerto, seguramente estaría de acuerdo en que Naranjas Lola vende las naranjas más naranjas de todas las naranjas. A tu salud, Carlos.

Con la casa a cuestas

Ya estamos de vuelta de Benicàssim, donde hemos estados una semana a cuerpo de rey. Todavía me quedan tres días más de libertad vigilada -dos, si descontamos el lunes-. Así que me dedico a mis labores y a mis chapucillas en Santiago. Ayer por la mañana estuve en el garaje donde tenemos guardada la caravana y me entraron unas ganas terribles de enganchar la casa a cuestas y echarme a la carretera. Ya solo quedan dos meses para que eso ocurra y empezamos a sopesar opciones y destinos. Mientras, un par de vídeos de homenaje a esta manera tan gitana y tan auténtica de disfrutar de las vacaciones.




La nuestra es ésta, no nos podemos quejar...

15 de abril de 2009

No hay historias pequeñas

En clase siempre les repito a mis alumos una frase que me dijo a mí una vez Juan Ramón Díaz, cuando era mi director: "No hay historias pequeñas, hay periodistas pequeños". Si hay algo que me gusta de esta profesión, que me pone las pilas y me reconcilia con el mundo, es tener el privilegio de compartir mesa -incluso hacemos piececitos y todo- con uno de los periodistas más grandes que haya conocido jamás, capaz de elevar a los altares del periodismo asuntos aparentemente nimios. Xosé Manuel Cambeiro es un maestro en muchas cosas, claro ejemplo de que, como decía Kapuscinski, para ser buen periodista hay que ser buena persona. Esta es una de las noticias más leídas hoy en La Voz de Galicia: "Una burra espera desde el domingo a que le hagan caso". Ni Feijoos, ni Obamas, ni historias; la realidad en estado puro, pero narrada como el mejor de los cuentos. Leedlo.

14 de abril de 2009

Desconectado, pero vivo

Sí, ya sé. Llevo catorce días sin actualizar el blog. Quizás la explicación más sincera es que no tengo grandes cosas que contar pero, sobre todo, no tengo tiempo para esto. Hace tiempo que pienso que escribir es la manera que tengo de ganarme la vida y que, cumplida la misión y justificada la nómina, me llena más dedicarme a otras cosas: a leer sobre lo que me interesa; a ver películas, documentales y reportajes de viajes; a pensar; a las labores del hogar... Y, sobre todo, a estar con mis chicas el poco tiempo que me deja la semana. Ahora, cuando pasan veinte minutos de las diez de la noche, es el rato que tengo para mí, con las niñas en la cama. Pero debe de ser que voy mayor, porque me posee el sofá y acabo dando cabezadas. He llegado a la conclusión -sin ánimo de ofender a nadie- que los que tienen familia, dicen que trabajan duro y, además, tratan de mantener al día sesudos blogs, con mayor o menor éxito, hacen algo mal. Y, como el tiempo no da para todo, sólo se me ocurren un puñado de posibilidades: o le roban tiempo a su familia para dedicárselos a sus blogs, terrible error; o se lo roban a sus trabajos -allá cada uno con su empresa-; o al sueño, que es fundamental para poder rendir cada mañana. En mi caso, la intensidad de mi trabajo no me permite descuidarme; de mis trabajos, quiero decir, en el periódico, en la Universidad, en los fregados en los que me meto... Pero todo en su justo horario, ni un minuto de más ni de menos que no sea absolutamente necesario. Me implico muy a fondo en la vida familiar, en la logística doméstica, en las lavadoras, las comidas, los purés, las compras y los lavavajillas; y procuro dormir siete horas. Así pues, evidentemente, el blog va a menos y la escritura que no me da de comer también. Trato de mantener bajo cualquier circunstancia este equilibrio entre el trabajo, la familia y el ocio, algo que resulta muchas veces realmente complicado. Y he decidido que, si alguna vez tengo que sacrificar una cosa en detrimento de las demás, el orden será siempre el siguiente: primero sacrificar el ocio, después el trabajo y nunca, jamás, la familia. Me llevo cada vez peor con los que no comparten mi orden de preferencias, pero me importa un pito, no es obligatorio llevarse bien con todo el mundo. He dejado de respetar a los que piensan primero en el trabajo sobre todo lo demás, sacrificando lo que de verdad importa: la familia, los hijos, la pareja, la vida. Ya ni me dan pena, porque son egoístas que, en el fondo, disfrutan de lo que hacen porque, quizás, sus vidas domésticas no les llenan. Seres grises, amargados... infelices. Allá ellos. Pero a mí sí que me llena mi vida extramuros, y me importa sobre todo lo demás. La gente que se jacta de trabajar doce o catorce horas diarias, de no tomarse vacaciones o de no haber estado de baja jamás, debería ser castigada y no premiada por la sociedad. Por idiotas y por hacer infelices a un montón de personas que pululan a su alrededor, a niños que se hacen mayores sin que sus padres los vean crecer. Indeseables.
En fin, que hoy, exactamente hoy, hace ocho años exactos que renací en Oporto. Mejor dicho, renacimos, supongo. El fruto de aquella aventura de fin de semana es una pequeña maravilla, rabudita y despeinada, que en estos momentos duerme en una cuna blanca y que me despertará puntual, a eso de las ocho y diez, gritando ¡Papi! ¡Papi! ¡Holaaaa!. Mi deseo es bien simple: ver crecer a mi hija y levantarme todos los días al lado de su madre. Y trabajar para vivir, confiando en que, algún día, vivir para trabajar sea delito de lesa humanidad. Son cuatro días.

1 de abril de 2009

Sesión de yogur

Ane va haciendo progresos con la cuchara. Todavía le falta puntería, pero promete. En el vídeo, la fregona no se ve, pero os aseguro que está. Ya tiene 17 meses. (Le he cambiado la banda sonora gracias a una función de YouTube y ahora mola más).
Para los preguntones: La canción es Hey there Delilah, de Plain White T's. Una preciosidad.