14 de febrero de 2010

Convergencia

Es un título extraño para una canción. La mini versión de este bolero de Bienvenido Julián Gutiérrez y Marcelino Guerra que os dejo para el disfrute íntimo está extraída de una secuencia de "La lengua de las mariposas", de José Luis Cuerda. Manuel Olveira, Pico, que interpreta a un acordeonista, se la canta al aprendiz y cuando éste le pregunta qué canción es, Pico le responde: "No sé, la cogí por el aire, en la radio". Ni idea de quién grabó lo que se escucha en la película, pero es una pequeñísima obra maestra. Sin embargo, con ritmo de bolero (en YouTube hay docenas de versiones) pierde el ochenta por ciento. Pico me contó una vez que estudió siete años en el seminario y que fue cantante en una orquesta, así que igual la voz es la suya. Le preguntaré la próxima vez. A mí me pone los pelos de punta.

Aurora, de rosa
en amanecer.
Nota melosa
que gimió el violín.
Novelesco insomnio 
dó vivió el amor.

3 de febrero de 2010

Rumba para un gaiteiro muerto

Iglesia de San Pedro de Sárdoma, Vigo. 16.45. Bajo chafado del tanatorio Vigomemorial con tiempo suficiente para hablar con el cura antes de que empiece el funeral de cuerpo presente. En el atrio me encuentro con mi amigo Nando, que me va a acompañar en la gaita para despedir a mi tío como se despide a los viejos gaiteiros, con el instrumento al hombro. Hablamos sobre la conveniencia de comentárselo al cura, que no tiene fama precisamente de ser bailón. "¿Tú crees que no le parecerá bien?", dice uno. "Yo, de los curas me espero cualquier cosa", le responde el otro. Mientras el párroco aparece, le explicamos la jugada a Pedro, el sacristán, que no solo lo ve bien, sino que echa pestes contra el Faro de Vigo por no haber publicado una sola línea sobre la muerte de un gran gaiteiro: "¡E despois din que son o Faro de Vigo, se non lle dan valor ao de aquí!", dice mientras tañe a difunto de memoria, sin partitura. "En calquera caso -añade sin soltar la cuerda que le une al badajo- dicirllo ao cura, non vaia ser".
Justo llega el cura que, como buen vigués, conduce un Citroën.
-Buenas tardes, don Antonio, estos chicos querían hablar con usted.
-Gracias, Pedro. Ustedes dirán.
"Mire, don Antonio -me arranco-. Como sabrá, el finado fue gaiteiro toda su vida, un gran gaiteiro. Nos gustaría despedirlo tocando una pieza".
Don Antonio me coge del brazo izquierdo y sopesa mi masa muscular. Algunos curas tienen unos extraños ataques de fisioterapia.
"¿Y qué vais a tocar?", dice carameloso. Yo iba con la idea de arrancarnos con una muiñeira, que es lo que le gustaría a mi tío, nada de marchas procesionales, antiguos reinos y otras piezas solemnes que están bien para investir presidentes, pero no para despedir a familiares. Pero, para no descubrir mis intenciones, le respondo: "Algo de lo que él tocaba, no sé, una rumbita, algo suave...".
El cura piensa, sin soltarme el brazo.
"Hombre, no sé yo...", dice. "¿Cuáles son sus intenciones?", inquiere.
"Pues, pues... [pienso] nuestras intenciones son que, cuando termine el funeral, le toquemos en la puerta de la iglesia y lo acompañemos hasta el cementerio".
Don Antonio mueve la cabeza. "No sé, no sé..." No tiene ni idea de con quién está tratando. Finalmente, resuelve: "Tocáis algo cuando salga, pero solo hasta la puerta del cementerio. Dentro no, que a alguien podría parecerle mal". Y desaparece por la puerta de la sacristía.
Estoy completamente seguro de que ni a uno solo de los que fuimos al entierro le habría parecido mal semejante despedida, más bien todo lo contrario. Pero, por no armarla, que me conozco, respiro hondo y acepto. "Hay que joderse", pienso para mí.
Durante el funeral permanezco, como es costumbre, fuera de la iglesia, que me sé la misa de memoria y hace años que no escucho allí dentro nada que me llame la atención. Cuando, por fin, sacan el féretro por la puerta, hinchamos los fuelles de goretex y nos arrancamos con una rumba, que percute magistralmente al tambor mi amigo Xosé Oliveira, heredero de Os Morenos de Lavadores.
"Voulle quitar o bordón ao tambor", dice Oliveira. "Nin de coña, déixao, que se amole o cura", le contesto.
Los empleados de la funeraria -entre los que reconozco a Luisito Caride, que estudió conmigo en el instituto del Meixoeiro- hacen gala de una impecable profesionalidad. Se detienen con mi tío a hombros delante del trío de gaitas y redoblante y aguantan toda la pieza sin perder ni el equilibrio ni el rictus. Me imagino a mi tío moviendo los pies en la caja. Pensando más en los de la funeraria, que están trabajando, que en la decisión  absurda del cura, muevo la cabeza para indicarle a Nando que podemos ir acabando. Los gaiteiros siempre nos damos los finales moviendo el melón. La gente arranca un aplauso espontáneo que, bien lo sabemos todos, no es para nosotros, sino para el penúltimo de Os Peruchos de Castrelos. Se llora bastante, incluso yo tengo problemas para hinchar el instrumento y florear las notas mientras me sorbo los mocos. El cortejo continúa hacia el cementerio ya sin gaitas, silencioso, "no vaya a ser que a alguien le parezca mal".
Al final, después del responso del cura, no hay opción a unos minutos de silencio. A mi tío lo despide una cumbia que llega rebotada al camposanto, por el aire, desde el vecino Castrelos, donde celebran la fiesta de Las Candelas. La megafonía de Collazo no conoce de límites parroquiales. El enterrador sella el nicho y a nadie le parece mal la cumbia pachanguera que nos sirve Collazo, interminable, porque la música no suele parecerle mal a nadie, si acaso a un cura. Pero el párroco prefirió dejar las gaitas fuera del cementerio, no fuera a ser que se levantara la difunta de mi abuela a bailar una muiñeira y hubiese que exorcizar. Me imagino lo que habría dicho mi tío: "¡Non joda, don Antonio!". Como él ya no puede, lo digo yo.