No estoy muerto, sólo un poco cansado, aunque esto ya tiene mejor pinta. Esta tarde me han hecho un TAC y el riñón operado está limpio, aunque en el otro hay unas arenillas que podrían derivar en perlas cultivadas en un plazo indeterminado. Soy una ostra gigante. No es ninguna novedad, las arenillas ya estaban ahí antes y, de momento, las mantengo a raya. Casi ya no tengo ni tos y lo del cansancio lo voy llevando, aunque a última hora del día necesito más sofá que de costumbre; puñeteros antibióticos, puñetera sepsis y puñetero estafilococo aureum. A ver si con otra semana de reposo es suficiente, mañana lo hablaré con el médico. Y si no lo es, pues nada, a seguir viviendo de la Seguridad Social. Lo curioso es que, estando de baja, no hago más que pensar en las vacaciones. Y es que las bajas, cuando son de verdad y no para vendimiar -una costumbre muy extendida en mi cuidad natal, donde muchos tienen raíces vitivinícolas ourensanas- son agotadoras. Ya, vendimiar también agota, pero digamos que tiene otras recompensas. El viernes nos vamos a Vigo, que hace como dos meses que no piso mi casa. Y el sábado estaré con Iker, que amablemente me ha invitado a acompañarlo en Bonaval. Jiménez, no Casillas, ya sabéis de mi querencia por la nave del misterio. Ya vamos perfilando las vacaciones que, como todos los años, incluyen unos días blancos y rojos en Pamplona, previo paso al reparador caravaning en tierras franchutes, con el boulanger que viene en bicicleta a traerte el "croissant" y las familias holandesas llenas de niños rubios que te dan los buenos días en varios idiomas, igual que aquí. Tengo que estar, por lo menos, al noventa por cien para los Sanfermines, no aceptan convalencientes dando lástima por la plaza del Castillo. Si os digo la verdad, he estado tan flojo estos días que ni siquiera he tenido ganas de escribir, que ya es decir. En agosto estaré, como cada año, de fiesta en fiesta por toda Galicia, ya reincorporado a esta bendita profesión en la que me pagan por hacer lo que me gusta. Y en septiembre nacerá Mikel. Así que, más o menos, está todo bastante planificado. Los imprevistos, a poder ser, que sean agradables, que en el último mes ya he tenido sustos suficientes. Bicos de este que resucitó. Ah, y que sepáis que, como dice el grupo de Facebook al que me acabo de sumar, "A mí la Roja, me la trae floja".
28 de mayo de 2010
20 de mayo de 2010
Poco a poco
Esto va, aunque va lento. Ayer di por finalizada la contienda antibiótica y ahora le toca al cuerpo trabajar solo. Estoy mucho mejor, pero no consigo dejar atrás esta tos que me tiene el pecho disecado. Hace dos días me propuse hacer vida normal en la medida de mis posibilidades. Conduzco -cercanías- doy paseos, voy a la compra, hago gestiones, llevo a Ane al parque, a la guardería... Lo malo es que los esfuerzos de las mañanas me dejan por las tardes hecho una piltrafa, agotado. El día 26 se cumplirá un mes desde que crucé la puerta del hospital para un apaño que no iba a durar más de cuatro días. Lo único bueno que tiene la baja es que me permite pasar más tiempo con mi hija. Y que, por lo menos, se ha aliado con un anticiclón. Creo que, en estos días, algo me ha hecho clic en la cabeza. Sí, seguramente los propósitos de los resucitados se acaban quedando en nada con el tiempo. Pero, ahora mismo, os puedo asegurar que mis prioridades con respecto al 26 de abril están muy cambiadas. Me he dado cuenta de que la diferencia entre estar o no estar es tan microscópica como una bacteria que, encima, tiene un apellido brillante: Estafilococo Aureum. Un lobo con piel dorada. A mi primo Quique le han instalado hoy un marcapasos que va a mandar a partir de ahora en el ritmo de su corazón, y eso seguro que es otro aviso. Y con las desgracias que veo a mi alrededor, está la vida como para desperdiciarla. Así que me lo voy a tomar con calma, que tengo que estar recuperado para la paternidad de septiembre. Y no os miento: desde que me pasó lo que me pasó, incluso oigo con otros oídos los apocalípticos mensajes sobre la crisis y la que se nos viene encima. El asunto es vivir, que sea mejor o peor ya se irá viendo. Ahí va otra tos. Pero viene un fin de semana estupendo.
10 de mayo de 2010
Amigo Félix
Hoy ya soy yo, por lo menos, al sesenta por ciento. La guerra antibiótica que se libra en mis adentros me dejó ayer postrado, incapaz de pestañear, en este hospital del Servizo Galego de Saúde en el que resido. Estaba tan mal ayer que, bebiendo de un vaso por una pajita, tuve un arrebato de humor negro y le dije a Ojos Azules: "Mar adentro, mar adentro, y en la ingravidez del fondo, donde se cumplen los sueños, se juntan dos voluntades, para cumplir un deseo". Ramón Sampedro seguro que no me lo tiene en cuenta; era un cachondo mental. Ha quedado claro que no tengo yo la capacidad de recuperación ni de José Tomás, que consigue el alta en días aunque un Miura le diseque los escrotos ni, mucho menos, la de Don Juan Carlos Corazón de León. Yo llevo por bandera el "Salud y República" y claro, así no se va a ninguna parte. En comparación con los últimos días, podría decirse que esta tarde estoy hiperactivo. Estas semanas he visto tantos programas de Félix Rodríguez de la Fuente que hasta siento tentaciones de comprame un cuaderno de campo para dibujar aves rapaces. Cuando hice la primera -y penúltima- comunión, el cura de San Pedro, Don Jesús, nos mandaba anotar los pecados en una libreta. Y mi libreta de la maldad tenía en la portada al amigo Félix rodeado de naturaleza. Emulando a mi ídolo, yo dibujaba al lado de cada pecado su representación correspondiente: un hermano dándole un sopapo a otro; un niño rompiendo una bombilla y a su madre histérica, empuñando un rodillo de amasar: un niño echando calaveras por la boca... En 1979, mis pecados eran tan veniales que, de haberme muerto entonces, que todavía había que pagar peaje en el Purgatorio, no habría entrado siquiera en la lista de espera. No recuerdo haber dibujado jamás en el cuaderno un acto impuro, ni tampoco que don Jesús me hubiera preguntado al respecto. A don Jesús, los únicos toques que le interesaban eran los del balón del Real Club Celta. Era un buen tipo.
Ahora mismo, cuando cae el sol y la peineta de la noria de Sánchez deja ver sus colores sobre la Alameda compostelana, estoy un poco impresionado. Acabo de leer en El País Semanal un reportaje interesantísimo sobre la homosexualidad animal, que incluye frases del tipo: "Los delfines macho del Amazonas se penetran unos a otros en sus orificios de aire". Y reparo en que de estas cosas no se hablaba en tiempos de Rodríguez de la Fuente. Me imagino también, de paso, lo complicado de acertar, en la inmensidad de la mar océana, en el agujero del aire de Flipper para insertarle la cánula.
No sé si he hecho bien, pero ha leído el reportaje usando como marcapáginas una estampita dedicada al siervo de Dios Baltasar Pardal, que alguien piadoso nos ha dejado, por triplicado, en la mesita de la sala de espera. Ya decidí el primer día que entré en este hospital, cuya salida me veta un estafilococo cabrón, que me iba a llevar bien con cualquier representación ultraterrena. Y tanto lo he cumplido que incluso ahora, que estoy en una habitación individual -el Rey tiene una planta entera- he dejado en su sitio al Cristo crucificado que decora todos los cuartos, aun teniendo motivos de sobra para taparlo con una palangana. Pero no, por mí no va a ser.
Aunque estoy mucho mejor, no me hago ilusiones ni me pongo fechas de salida. Hoy es el día número 15 que paso aquí dentro, medio mes, que se dice pronto. Si el padre Pardal no se ofende por el reportaje de los delfines y media para que me recupere cuanto antes, tampoco tengo ningún problema en que se quede a vivir estos días el fundador de La Grande Obra de Atocha. Voy a ver Mujeres Desesperadas, que seguro que, como pecado, es mucho más venial que el satánico Jorge Javier. La escalera de la dignidad asciende.
La música del hospital
En los momentos de debilidad, recurro a mis clásicos.
9 de mayo de 2010
Regreso y me disculpo.
Todavía hospitalizado y después de dos semanas de sufrimiento, regreso a donde lo dejé. Iban a ser cuatro o cinco días, pero las cosas no salieron como tenían que salir. A veces gana Murphy. Pero, como no hay mal que por bien no venga, he aprendido algunas cosas: que los amigos de verdad siempre están ahí y los que no están son cascarilla; que las cosas que valen la pena de verdad tienen poco que ver con la nómina; y que cuando uno comete errores -yo cometo muchísimos, aprendo de ellos- lo justo es reconocerlo, pedir perdón y tratar, en lo posible, de enmendarlos. Yo he cometido un error por tirar hacia adelante sin ver a los lados, como el que pasa a toda pastilla por una calle mojada y empapa sin querer a los peatones de las aceras. Lo hice aquí, en el blog, escribiendo un retrato tan realista de lo que me iba ocurriendo que, sin querer, molesté a terceras personas. Ya les he pedido perdón y volveré a hacerlo las veces que haga falta. Las disculpas han sido aceptadas. No sé fabular y lo asumo como un defecto. Retomo el blog, digo, pero voy a hacer algunos cambios. Desde hace cinco años, www.rabudo.com se firma con mi nombre y mis apellidos; este podía ser uno de esos blogs en los que se tira la piedra y se esconde la mano. Sin embargo, no lo es. Todos los blogueros, es cierto, tenemos un punto exhibicionista y seguramente vanidoso. Pero ¿acaso no lo tiene un escritor? Yo vivo e escribir, luego soy un escritor, aunque no firme en las ferias. ¿Acaso no está orgulloso también mi padre cada vez que convierte una placa de una radiografía en una lámpara de diseño? Escribí una vez -dejo el enlace, para quien quiera recordarlo- que este es un espacio mío que está a disposición de todo el mundo. Pero hay que ir a buscarlo, porque no se mete a la fuerza en el ordenador de nadie. Por supuesto, no gano ni un duro con él. En estos cinco años de blog he recibido muchos comentarios. Los comentarios, que aquí se llaman "repeniques", son el feedback necesario, el canal bidireccional entre vosotros y yo. Y a menudo enriquecen. Pero este medio que ya cada vez es menos nuevo tiene una parte siniestra que, en estos cinco años, no ha hecho si no empeorar: que da amparo y cobijo a los cobardes anónimos. Hay comentarios anónimos que me resbalan. Otros están escritos con tanta maldad que me desconciertan. Algunos incluso me han asustado por el odio psicópata que manifiestan. Además, por el hecho de ser yo un asalariado de una empresa de comunicación, de la que por cierto me siento parte y estoy muy orgulloso, he sido sometido a ataques tan duros que no os lo podríais creer. Se acabó. La moderación de comentarios -yo los leo antes de que se publiquen- fue un paso que tuve que tomar porque no me quedó más remedio. Ahora voy a tomar otro más. Yo, que firmo todo con mi nombre, exijo a partir de ahora lo mismo. Ya no acepto más anónimos. Ya no doy cobijo a más cobardes. Procuraré prestar más atención a las salpicaduras para que no se vuelvan a producir. En cualquier caso, volveré a disculparme siempre que haga falta. Esta es mi casa y todo el mundo está invitado; pero no obligo a nadie a entrar. Sigo teniendo algo de fiebre. Desde la ventana de mi habitación en el hospital veo la noria de Sánchez, como una peineta en la Alameda, que anuncia las fiestas de la Ascensión. He cogido una infección hospitalaria y me peleo con un estafilococo muy jodido. Lo he pasado muy, muy, muy mal. Confío en que ya falte menos.
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