Mi padre nació dos veces. La abuela Pura lo parió en la maternidad de Teis un 28 de enero de 1943, tal día como hoy, pero en el registro civil lo anotaron al día siguiente. Antes se hacían esas cosas; el alumbramiento de un pobre era algo poco trascendente a efectos registrales. Así que, desde siempre, mi padre celebra su cumpleaños los dos días, el 28 y el 29. Como yo, Mirás es el hijo del medio, el segundo, el que está un poco en tierra de nadie. Con un padre comunista, represaliado en días alternos hasta que la espichó Chuco, Pepiño las pasó putas durante su infancia en el Sobreiro, una de las aldeas satélite de esa conurbación a la que llamaban La Rusia Chica: Lavadores, nido de rojos y municipio independiente hasta el 41, el año del hambre. Mi padre es de Vigo, pues, por dos años. Pepe nació en plena Guerra Mundial, catorce días después de que Churchill y Roosevelt decidieran en Casablanca que igual no era mala cosa desembarcar en Sicilia y empezar a plantarle cara a Benito y , por extensión, a Fito: la Operación Husky. El mismo año que se publicó "El Principito". Mi padre cumple 68 y eso quiere decir que ya ha sobrevivido en edad a mi abuelo, al que se comió el tabaco con sesenta pelados, y casi también a su madre, que centralizaba el rezo familiar y se murió de un infarto por no molestar. Siempre me ha inquietado la idea de llegar a cumplir más años que tu propio padre. Verte reflejado y descubrir que tienes más arrugas que el último recuerdo que tienes del hombre que te dio la vida... Como diría Ane: "¡Qué impresión!". Una vez, mi padre me explicó que, cada vez que se afeita, el espejo le devuelve la imagen del tío Alfonso, el hermano de la abuela Pura. Alfonso Domínguez Vázquez, atleta y antiguo empleado de La Belga y tan conocido en Vigo y alrededores que lo apodaban "O Célebre". El sobrino de O Célebre cumple hoy 68 años y eso es un acontecimiento. Mi hija lo ha felicitado por teléfono esta mañana mientras mojaba Campurrianas en leche y yo he tenido que tragar saliva y carraspear para recomponerme. Creo que el mejor regalo que he podido hacerle son los nietos. Un día del 2002, después de una sobremesa en A Salgueira y sin venir a cuento, Mirás dio un golpe en la mesa y dijo que se negaba a morirse sin tener nietos. Y lo dijo en serio, mirando cómo sus hijos treintañeros desperdiciaban su fertilidad. Pues ya tiene tres y un cuarto en camino por la parte de Ramón Nieto. Ahora que estoy rozando los cuarenta, cuando me afeito veo reflejados a veces, en el espejo, los rasgos familiares del hombre del que salí; tanto los físicos como el ímpetu y, hay que decirlo, la mala hostia. Y tampoco me gustaría morirme sin tener nietos, qué coño Feliz cumpleaños, papá, y que cumplamos muchos más.
28 de enero de 2011
Feliz cumpleaños
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Pepe Mirás cumpleaños
22 de enero de 2011
Hostelería cutre vs. hostelería profesional
Fresquito del día. Después de dormir diez horas seguidas, me despierto hecho un Sansón, lleno de hambre. Duchado y Armaniado, bajo al bar que hay debajo de mi casa para hacerme un homenaje. Voy salivando por el camino porque sé que en ese local te ponen, a mayores, un mini zumo de naranja y una cruasán en miniatura, sin pedirlo y sin pagarlo, por eso todavía sabe mejor. Me siento en la barra y pido: "¡Un café con leche y un cruasán!", todo lleno de razón.
-No nos quedan cruasanes.
Vaya (pienso), si aún no son ni las diez de la mañana. Habrán tenido un congreso de jubilados a primera hora. O se les habrá accidentado el panadero... En fin.
-Si quiere unas tostadas...
-Venga esas tostadas.
Me ponen el café. Las tostadas tardan cinco minutos que se me hacen eternos porque, además, se me enfría el café y el señor que está a mi lado ocupa el único periódico que me interesa. Me entretengo dándole vueltas a la cucharita y, sin querer, y por cosas de la física, acelero el enfriamiento del café y, seguramente, el calentamiento de la Tierra.
Llegan las tostadas. Dos cachos de pan de ayer con una muestra mantequilla. No es que estén malas, pero son testimoniales. "Iso non é un almorzo para un home", hubiera dicho mi abuela. Ni rastro del zumito miniatura al que me tenían acostumbrado ni, por supuesto, del minúsculo cruasán que era la guinda del pastel. Engullo sin disfrutar, contrariado.
-Son 2,80.
Pago sin rechistar por fuera, pero enfadado por dentro. El pan de ayer debería estar amortizado, así que 2,80 por un café me parece un asalto. Son casi quinientas pelas de antes por un café con leche. ¡Y no les he gastado el azúcar!
Me cabreo tanto que siento la necesidad de resarcirme. Así que me voy a La Bodeguilla de San Lázaro a "resayunar", donde me ponen otro café con leche, un suculento cruasán que tiene un hijo pequeño -y que no he pedido- y me cobran por todo 2,20. Y además son agradables. Después, algunos hosteleros dicen que se les vacían los bares por culpa de la ley de tabaco. Ratas, carallo. Propongo fundar en los periódicos la sección "a dónde no ir". A estos de abajo les auguro traspaso inminente. Y la culpa será de Zapatero y su ley del tabaco.
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8 de enero de 2011
¡Oh, qué raro soy!
Nunca les estaré lo bastante agradecido a mis padres por haberme educado en un respeto escrupuloso hacia los demás y hacia la sociedad de la que participo, hacia sus normas, las normas de todos. Supongo que la catequesis salesiana también puso su parte pero, en cualquier caso, he crecido sobre unos principios sólidos que trato de inculcar a mis hijos. Lejos de ser perfecto, porque cometo errores continuamente, sí que pongo empeño en una cosa: en no ser un hijo de puta. Cumplo las normas, circulo a la velocidad recomendada, no falseo la declaración de la Renta, no miento, no jodo al prójimo... En Barcelona jamás me colé en el metro, con tantas ocasiones como tuve. "Soy un hombre honrado, me gusta el trabajo, pago mis impuestos, y no bebo alcohol..." Ya lo cantaba Siniestro Total en los 80: ¡Oh qué raro soy! Tratar de hacer las cosas bien no me trae reconocimientos, sino todo lo contrario. A veces, hasta el agotamiento. Para algunos, soy un pringao porque no engaño a Hacienda "como hacemos todos" cuando llega la campaña de la Renta. Hay quienes, carentes ya de puntos en el carné de conducir, incluso conduciendo con puntos robados a sus propias madres -cómplices-, me miran por encima del hombro y casi me perdonan la vida porque, cuando llego a un semáforo que está en rojo, simplemente paro. O porque, si pone "prohibido girar a la derecha", no giro a la derecha y rodeo la manzana. "Joder, ya está este", tengo que escuchar cada vez que me niego -y me niego siempre- a dejar el coche en doble fila, a aparcar en una parada de autobús, en una zona de carga y descarga o en la plaza de un minusválido. Además, soy tan mal delincuente que, si un día la cago, me pillan, porque me dejo a mí mismo en evidencia. Me pasó con una ITV caducada por error y otra vez que aparqué confundido. Nunca me ha compensado el delito, así que no lo practico. De niño lo pasaba fatal cuando algunos amigos me animaban a ir a El Corte Inglés "para mangar". Daba igual si era una pelota de golf o un llavero. El caso era mangar. Yo no mangaba y, encima, llegaba a casa tan sofocado que sentía impulsos irrefrenables de llamar, por este orden, a un cura y al 091. Treinta años después de aquello -más o menos- sigo fiel a los principios. Me pongo enfermo cuando, delante del cole de mi hija, los otros padres, la inmensa mayoría, suben sus coches a la acera porque "es lo normal". Y maniobran encima del espacio de los peatones y los niños tienen que pegarse a la pared. La calle es lo suficientemente ancha para que aparquen en el arcén y sigan pasando vehículos en las dos direcciones. Pero ellos, a la acera, que es lo normal en este país de chulos y chulas. No, no es normal subir el coche a la acera, otra cosa es que lo hagáis. Como no me puedo pelear con todo el mundo, trago sapos y culebras y miro a otra parte; hago mala hostia, vamos. Y añoro el orden de aquellos holandeses que, en pleno campo, dejaban a la venta unos tarros de miel, completamente solos, encima de una caja de madera y, justo al lado, un bote con dinero cambiado por si llevabas un billete grande. Aquí robarían hasta el bote y después irían a contarlo a un bar, con el coche aparcado en doble fila. Hago mala sangre cuando veo el aparcamiento de motos ocupado por todo tipo de vehículos de más de dos ruedas a los que se la suda en letras mayúsculas, SE LA SUDA, la vida de los demás. "Es un momentito". "Es un minutito". Pues yo me cago en tu minutito. En definitiva, que sufro. Llevo bien, hasta cierto punto, que me llamen "don pluscuamperfecto", una cosa que, si la pienso, debería ser un reconocimiento de virtudes y no una especie de insulto. Pero suena más a lo segundo porque, en este país acostumbrado a pasarse las normas por el forro de los cojones, el que las cumple simplemente es imbécil. El raro. Yo soy el imbécil, el raro. El santo. ¡Oh, qué raro soy! Mi padre también era el raro porque, antes de tener que delinquir, falsear y manipular, prefirió cerrar su empresa. Y yo soy su hijo. Mirás é raro e o fillo tamén. Ahora le toca al tabaco. Y yo, ex fumador -puede que un día incluso vuelva- digo que me parece bien la ley nueva sobre al asunto, expongo los argumentos en los que me baso y, a cambio, tengo que oír de todo: talibán, reaccionario... Y si se me ocurriera decirle a alguien -como podría pasar- que no me fume en las narices -caso de estar incumpliendo una ley aprobada por la representación democrática de los españoles, igual que las normas de tráfico o la normativa fiscal- seguramente también me llamarían chivato, delator, hijo de puta. El caso es que he crecido en una sociedad donde se premia la contabilidad B, se admira al que circula a 180, se comprende al que conduce y bebe... Está claro, me he equivocado de país. Yo no suelo beber, lo sabe todo el mundo pero, si bebo, no conduzco. Soy, por eso, el compañero perfecto para llevar a las cenas, el transporte garantizado. A mi alrededor, en mi entorno más cercano, tengo a amigos que inclumplen leyes y normas en mayor o menor grado de manera sistemática, casi enfermiza. Conozco gente que, si ve dos plazas de aparcamiento vacías, dejará igual el coche en la parada del autobús. Es algo crónico, no sé ya si genético. Esdrújulo, en cualquier caso. Y me la suda lo que hagan los demás, siempre y cuando no me salpiquen. Y eso ocurre pocas veces porque el hijoputismo ajeno siempre te salpica. Mi hija, que tiene tres años, se para en un paso de peatones con el semáforo en rojo y, a su lado, una abuela arrastra a su nieto por el brazo para que cruce. "¡Qué tontería es eso de esperar!", dice la vieja, obligando al chaval a driblar coches. Y mi hija me mira con cara de decir: "Papá ¿tú de qué vas? ¿No quedamos en que había que parar? Lo que sí que me molesta que, por ser uno como es y por no haber nacido con la carga genética del "ti vai facendo", me miren como a un bicho raro. Este año cumpliré veinte de profesión y cuarenta de edad. En veinte años he escrito las necrológicas de varias docenas de tipos que se pasaban las normas de la convivencia por las ingles. Hablo ahora del asunto del tráfico. He visto a madres golpear la caja de sus hijos muertos con la cabeza por no haberle sabido parar los pies a los flamantes aspirantes a cadáveres. He visto cómo se morían, uno detrás de otro, tres primos carnales míos, con los que me crié, que decidieron un día que la heroína era una compañera de viaje de la hostia. No, amigos, los raros sois vosotros; yo, simplemente me he equivocado de lugar. Y menos mal que la ley me ampara. Ya hace tiempo que dejó de hacerme gracia el orgullo yonki: "Me lo bebo todo, me lo fumo todo, me lo meto todo... Hay que vivir a tope y bla, bla, bla...". Vivan nosotros, los raros.
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