29 de marzo de 2011

Se escribe la vida, se toca la gaita, se cuelgan cortinas

Sí que escribo, lo que pasa es que no lo veis. Tengo tantos borradores en la trastienda de Rabudo.com que casi existe otro blog en un universo paralelo, mío nada más, lo siento. Como los relatos de los viajes, que son extensos y detallados. Como el blog en el que, durante 18 meses, en dos turnos de nueve, fui contando la gestación de mis dos criaturas. En todos estos años se me han bajado un poco  las ínfulas de vanidad que pude haber tenido en este mundillo, así que ya no me hacen falta las palmaditas. Me queda, si acaso, el amor propio, eso sí. Agradezco las caricias, claro que sí, soy de natural mimoso, pero ya no las necesito como antes. Sé perfectamente cuál es mi lugar, a dónde llego y a dónde falto. Soy consciente de mis de defectos como lo soy de mis virtudes, sin complejos. Sin modestia ni de un lado ni de otro. Muchos días, según me levanto, me hago el firme propósito de suicidarme en los mundos virtuales, de desaparecer por completo de redes sociales, twitters, blogs y la madre que los parió a todos, a Larry Page y a Mark Zuckergerg. Luego, según desayuno, la vena se me desinfla y concluyo que bueno, que de momento lo dejo ahí, como archivo, como memoria labrada en binario. Interactúo, sin más. Empecé a vomitar cosas por escrito aquí en una época de mi vida en la que las noches duraban demasiado. Y como nunca fui muy de beber... pues me di a la escritura, que también es una manera de emborracharte, aunque no te quitan puntos. Seis años después de aquello, con dos niños a los que sonar los mocos, una madre a la que calentar los pies y una gata de catorce años en plena senectud, digamos que tengo cosas mejores que hacer. La Universidad me sirve para rellenar estas baterías de litio viejas que, desde hace unos años, y por eso del efecto memoria, ya no cargaban al cien por cien. Las clases, del lado del profesor, son viento fresco; creo que cada vez que les digo hasta mañana a los chavales me llevo puestas a casa sus ganas de comerse la vida. O, por lo menos, alguna porción. Ellos no lo saben, pero cuando salgo por la puerta de la facultad soy siete días más joven. Hoy mismo, sin ir más lejos, tengo la cara del jueves pasado. ¿Nadie se ha dado cuenta? Creo que, en cualquier momento, empezará a salirme acné. No, no tengo tiempo para nada y, sin embargo, no hago más que meterme en fregados. Me va la marcha, así que no me doy pena. Hacer lo que te gusta no tiene mayor mérito, ninguno. Llevo veinte años escribiendo la vida y me gusta hacerlo. Pero también me gusta tocar la gaita y colgar cortinas. Y no podría jurar que no me llene más una cosa que otra. Desconecto maravillosamente repasando las estanterías de Leroy Merlin. Atesoro millones de tornillos, como me enseñó mi padre: "O que garda, sempre ten". Si me presento a una oferta de trabajo de jefe de tienda de una ferretería me sacaría la plaza sin despeinarme. Y seguro que sería feliz de ferretero, de gaitero, de pintor de brocha gorda. Me gusta chafardear entre las ofertas de Lidl y, palabra, una compra en el supermercado me deja el cuerpo compuesto, bien. No tengo necesidad, ninguna y cada vez menos, de ser periodista cuando acabo la jornada laboral. Me lo paso mucho mejor leyéndole a Ane Hansel y Gretel. O colocándole una estantería a Rebeca; lavando el coche; pedaleando por San Lázaro... tratando de rescatar de un disco duro podrido las fotos desaparecidas de alguien. Me aburre la intensidad de quienes, incluso después de la misa, se empeñan a fondo en seguir siendo curas. Puede que alguna vez yo también lo haya sido, pero ya no. No me arrepiento, pero ya no. La vida de verdad está afuera, en la tornillería, en la bicicleta, en el parque de la Alameda, en los mocos de mis hijos, en una casa con ruedas que visito siempre que tengo ocasión. Y si puedo viajar veinte veces en un año, mejor que diecinueve. No escribo mucho para afuera. ¡Pero es que tengo otras cosas que hacer! Ya me perdonaréis la estafa los que soléis acabar aquí cada día en la esperanza de que el Mirás se cuente algo. Y sí que lo hago, pero para mí. A lo mejor, un día, aquel editor que me dijo que igual me podría dar una oportunidad encuadernada se acordará de su palabra y me llamará por teléfono. Hay material, Alejandro, sí que hay. Otra cosa es que nos vayamos a hacer millonarios, me da que no. Quizás acabe  autoeditándome yo, más que nada para que mis hijos puedan decir que su padre escribió un libro, plantó un árbol y los fabricó a ellos. Que fue un hombre completo. Mientras, sigo acumulando: sensaciones, experiencias, días, años... Y hoy, si me he lanzado, es porque la poesía en catalán que me llega por la voz de Guillem Gisbert me ha hecho recordar que, hace 21 años, aparecí en un país que me abrió la mente y el horizonte. Que una cosa llevó a la otra y que aterricé en lo que tengo hoy, sin escalas, procedente de lo que tuve ayer. Voy a cumplir cuarenta, amigos. Y, si de algo puedo quejarme, si acaso, es de la función renal, tan desagradecida que sólo me ha traído inconvenientes: bacterias, operaciones, el infame tacto rectal... Por lo demás, virgencita, virgencita... que me quede como estoy. Ah, y que me pueda comprar el coche cuanto antes, que me hace falta para seguir recorriendo el planeta. Pues eso, que estoy, pero a mi bola. Se escribe la vida, se toca la gaita, se cuelgan cortinas. Razón, aquí.