20 de abril de 2011

Decía hace seis años...

Recupero este post de hace nada menos que seis años. Dicen que el AVE ya viene, pero por aquí todo sigue igual.

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Agro-pop-art. Capítulo I. Pero mira cómo beben…

6 septiembre, 2005
Esta Galicia no sale en los almanaques, ni en las postales, ni en las fotos de las vacaciones. Pero existe y es la Galicia más real, la de la gente particular que la habita, la de las señoras de luto, el can de palleiro, la fachada con plaqueta y los tejados de Uralita. Estamos en A Torre, ayuntamiento de Teo, provincia de A Coruña -al ladito de mi casa- El señor Manolo de turno ha reciclado la vieja bañera y la ha convertido en un abrevadero. No es modelo único, pues en la finca que está justo enfrente hay otro recipiente parecido. ¿Feísmo paisajístico? ¿Reciclaje? Quién sabe. Yo tengo mi propia teoría: el señor Manolo y la señora Genoveva se hicieron mayores. La descalcificación inherente a la menopausia convirtió la cadera de la señora Genoveva en una cadera de cristal. Matilde, la hija de la señora Genoveva, que ve por las mañanas en la tele Saber Vivir, con Torreiglesias, escuchó que lo mejor para evitar que las personas mayores se caigan en el baño es que no se bañen. Matilde se toma todo al pie de la letra y la buena de Genoveva estuvo a punto de fermentar. Después de un mes sin lavarse, el señor Manolo no pudo más y un día dijo: “Genoveva, cando dixen que si, que casaba para sempre, en las alegrías y en las penas, non manexaba toda a información. Así que ou te lavas ou empezo a escribirlle a Ratzinger.” Menos mal que en el tránsito apareció Marinita, la cuñada de Matilde, que estudió con las monjas y que le explicó a su cuñada que lo que Torreiglesias quería decir es que las personas mayores deben de sustituir la bañera por la ducha. “Hay una estadística americana -le espetó- que sostiene que la ducha es menos traicionera, porque la bañera es como los ojos verdes, que te la meten doblada a la que te despistas”. Seijo, el fontero de Teo, arrancó la bañera de las entrañas del cuarto de baño, que desde ese día pasó a llamarse cuarto de ducha. Y como aquí no se tira nada, ahí tenéis el resultado, un bebedero fabricado por Roca que no existiría si estos carajos de médicos hubieran dado con un remedio eficaz contra la descalcificación de los huesos. Si es que todo tiene una explicación…

15 de abril de 2011

Rumanos

No quiero ni pensar el Dios que se liaría si un periódico, pongamos por caso, argentino, titulase así: "Una banda de gallegos se especializa en atracar bancos". Un día, otro, otro más, semanas, meses, a todas horas. "Ladrones gallegos butroneros asaltan una estación de servicio de Buenos Aires". "Cuidado con los gallegos que, en general, son bandidos". Si esto llegase a pasar, que no creo, los opinadores, gallegos, de guardia, montarían en cólera. Los periódicos, gallegos, dedicarían amplios editoriales a exaltar las bondades del pueblo de Breogán y pondrían el acento en sacarles las tripas a quienes criminalizan a todo un país escribiendo juntas la delincuencia y la procedencia. La Xunta enviaría un emisario al país austral para intentar lavar la cara de sus representados. Y para arañar, de paso, unos votiños. Por su parte, los analistas argentinos presionarían a las autoridades para que aplicaran la mano dura con esos gashhhegos boluuudos, cheeee, ese pueblo miseraaable". Y, cuando uno de nosotros aterrizase en Buenos Aires, un guardia de aduanas argentino nos haría un traje con la mirada y nos cachearía hasta en las profundidades de nuestros abismos. "Venga acá, gasshego, que los de tu raza siempre tenés algo que ocultar". Todo esto, claro, es una fantasía con pocos visos de realidad. ¡Y mira que no hicimos putadas los gallegos en América, como para llenar enciclopedias!
Pensadlo. "Ladrones catalanes arrasan con las estanterías de El Corte Inglés de Santiago" "Butroneros andaluces revientan diez naves en el Polígono del Tambre". ¡Artur Mas, La Vanguardia, Canal Sur y la Junta de Andalucía seguro que harían causa de la afrenta! Si hemos superado -o estamos en ello- la estigmatización territorial dentro del Estado español, ¿Por qué no hacemos lo mismo con otros miembros de la Unión Europea? Compañeros periodistas ¿tenéis huevos de escribir "un judío" como sinónimo de avaro? No, eso está superado. Nos hemos educado al respecto. ¿Qué aporta, pues, en una información criminalizar a los rumanos, por mucho que, efectivamente, haya ladrones rumanos? Y digo rumanos, sudamericanos, marroquíes... me da igual la procedencia. Cada vez que insistimos con el gentilicio y lo ponemos en bonitos titulares no ensuciamos a los cacos, sino a toda la buena gente que viene aquí a ganarse la vida igual que nosotros hicimos fuera de casa. Estoy completamente seguro de que en una ciudad como Santiago hay más rumanos trabajadores que delincuentes. Hace tiempo que, en mis notas de prensa, procuro evitar el uso de la nacionalidad. Es posible que alguna vez se me cuele, pero intento no hacerlo. Y no soy mejor que nadie: simplemente cumplo con un protocolo que, hace unos años, firmó el director de mi periódico para no estigmatizar a nadie. No me consta que se haya anulado aquel protocolo, pero es cierto que nadie vela por su cumplimiento, ni en el periódico en el que trabajo ni en muchísimos otros. Estoy encantado de que mi hija comparta clase con personitas de todas partes y de que las aulas sean anuncios de Benetton. ¿Os fijáis que casi nunca usamos ya en la misma frase dos palabras como son gitano y ladrón? Sí, hay excepciones, pero ya no es lo normal. Lo de Rumanía, sin embargo, es lamentable, nos estamos pasando una docena de pueblos. Que cada uno haga lo que crea que tenga que hacer, que yo haré lo que pueda para contribuir a la normalización de unas personas que lo tienen muchísimo más jodido que tú y que yo, sin comparación posible. Ah, y al próximo que me diga que las guarderías públicas "son para los gitanos y para los moros", que me borre de su agenda. Si eso es realmente así, será porque realmente lo necesitan. Yo, desde luego, cedo amablemente las plazas de mis hijos. Los que dicen eso, que piensen en la de veces que han defraudado, por ejemplo, a Hacienda o a la Seguridad Social. Pero claro, nosotros somos de aquí y podemos robar lo que nos parezca. Ellos no. Ellos son... rumanos. Un dato: ¿Sabéis que, tal como se reflejó en unas jornadas de comercio y hurtos a las que asistí ayer, detrás del 68% de lo que se manga en las tiendas están los empleados? Y esos no suelen ser rumanos.

9 de abril de 2011

Reedito un post de barrio, ahora que estamos de fiestas...

Hace cuatro años escribí esta pequeña historia en la que se mezclan mi barrio compostelano de San Lázaro, el único santo reanimado del que se tiene noticia, y la figura mítica pero real de un churrero que, sin saberlo él, forma parte del imaginario de mi vida y de la de mis hermanos. Hoy, cuatro años después, la churrería de Valeriano es una peluquería en la que lo único que se fríe es, si acaso, la melena. Pero confío en volver a ver a García Temprano, ahora que volvemos a estra de fiestas, gobernando como de costumbre la sartén portátil. De nuevo, Valeriano:

Valeriano

Ya, ya, que no actualizo. Pero es que entre el trabajo y otro proyecto en el que ando metido, no doy más. Este fin de semana hemos tenido fiesta en el barrio, un barrio dedicado a la memoria del único santo reanimado del que se tiene noticia. Cuentan que a San Lázaro lo reanimó Jesucristo al cuarto día de estar enterrado. Y siempre me he imaginado a Lázaro caminando por ahí con una oreja medio podrida, con un ojo fuera de la órbita... un muerto viviente del que todo el mundo preferiría escapar... más que nada por el olor. Me intriga además saber como re-murió el resucitado; deberé investigar sobre eso. Pero el caso es que las fiestas grandes del barrio no se celebran el 17 de diciembre -día asignado por la Iglesia al santo zombie- sino en marzo. Y no se le dedican al santo, sino a la parte del cerdo que en estas latitudes llaman "uña" y que en otras son "manos" o, simplemente, patas: "Peus de porc" en Catalunya. Por culpa de las uñas hemos tenido que sufrir los bombardeos de palenque hasta altas horas, incluso el lunes a eso de las 2.00 de la madrugada, hora zulú. Odio profundamente la artillería festiva y no me cabe en la cabeza que para que la fiesta sea fiesta "rachada" -que decimos aquí- haya que dinamitar el firmamento como si de las nubes fuésemos a sacar gravilla. Toda mi participación en la verbena del barrio se limitó a una incursión el domingo en una churrería situada junto a la capilla del santo podrido, un establecimiento que para mí está cargado de simbolismo y ahora explico por qué.
Yo soy un tipo puntual incluso hasta el exceso, de los que prefieren gastar los últimos cinco minutos que quedan para la hora pactada mirando escaparates a llegar siquiera un minuto tarde. Creo que es una cuestión de respeto por el otro. Si llegas tarde sin motivo, desprecias a quien te espera. No sé si soy medio alemán o medio inglés, pero lo que no soy es el gallego o el español medio. Mi reloj tiene horas y minutos, y no esa extraña configuración que utiliza buena parte de la humanidad y que divide la esfera en horas, minutos y una zona difusa que se llama "o así". Odio cuando alguien me dice: "Quedamos a las nueve y media, o así". Eso quiere decir que ganará el "o así" y que me tocará esperar por haber llegado, como llegaré, clavado a las 9.30. ¿Y qué tiene que ver esto con la churrería?, os preguntaréis. Mucho más de lo que imagináis. Mi virtud -para algunos defecto- de la puntualidad no es innata, sino adquirida, heredada. Mi padre se empeñó a fondo para que sus hijos fuesen, como él, puntuales hasta el extremo. Creo que lo consiguió más con los hombres que con la mujer pero, en general, hizo un buen trabajo. De niños, cuando había que ir a un sitio a una hora, si la cosa andaba demasiado ajustada mi padre siempre decía la misma frase: "¡Eres igual que Valeriano García Temprano, que sempre chegaba tarde!". El tal Valeriano, casi un ser mitológico en mi familia, era según dice papá, un compañero de mili que se pasó media mili arrestado porque su segundo apellido no traía aparejada la virtud de la puntualidad. Valeriano, cuenta mi padre, era el churrero de la Alameda de Santiago y el bueno del hombre, que hacía la mili en casa, tenía la difícil labor de conciliar la vida churrera y la militar, y por eso las más de las veces era llamado al orden por unos sargentos que consideraban más importante la fidelidad a la bandera del pollo que a una sartén. Cualquiera de mis hermanos sabría continuar la frase: "Eres igual que Valeriano García Temprano, que...". La figura de "Valeriano García Temprano que sempre chegaba tarde" pasó a formar parte del extenso catálogo de personajes de realismo mágico que utiliza mi padre cuando cuenta sus historias. ¡Nadie se llama Valeriano García Temprano!, decíamos mis hermanos y yo, convencidos de que papá fabulaba para facilitarnos el aprendizaje.
Hace muchos años, cuando empecé a escribir en La Voz -verano de 1991- el gran jefe Morgan me encomendó una labor: hacer un reportaje sobre el cierre de las churrerías de la Alameda. Allá me fui con los bártulos del periodista -boli, libreta y ganas- y le entré a uno de los churreros desahuciados, al que no conocía de nada.
"Buenos días, soy de La Voz -le dije. ¿Su nombre?"
-Valeriano García Temprano.
Me quedé paralizado. ¿Repita, por favor? [tragué saliva y sufrí parálisis facial]
-Valeriano García Temprano, churrero.
Se me quedó gesto de idiota. Ante mí tenía al protagonista de las clases de puntualidad de mi padre, a todo un mito, a la persona que había conseguido que sea yo el que espera por los demás. ¡Acababa de conocer a alguien que, en mi vida, había sido más importante que Chanquete! ¡Qué digo que Chanquete! ¡Más que Naranjito incluso!
-¿García Temprano? Estoooo.... ¿he oído bien? ¿Usted hizo la mili en el cuartel del Hórreo?
-Sí señor ¿Qué le sorprende tanto?
Olvidándome por completo del cierre inminente de la churrería que debería ocupar mi reportaje, seguí con lo mío.
-¿Y usted hizo la mili con un tal Mirás? [a esas alturas, el churrero debía de pensar que tenía ante él a un periodista imbécil]
-Claro, Mirás ¿no era de Vigo? Hace tantos años... ¿Tú conoces a Mirás?
-Mire si lo conozco que soy su hijo.
Entonces le conté la historia de la puntualidad, el juego que había dado su segundo apellido para que mi padre impartiese a sus herederos lecciones de civismo y de lo que antes se llamaba "urbanidad". Estuvimos hablando un rato largo y salieron a relucir otros héroes de la mili como el arquitecto Banet o el capitán Carlos Vázquez Molezún. Superada la sorpresa de conocer a alguien que pensé que ni siquiera existiría o que, si acaso, se habría perdido en el cajón de la memoria de mi padre, hablamos del cierre de la churrería, de que se avecinaban malos tiempos para la freidora y así lo conté en el periódico. Luego puse al día al soldado Mirás y el soldado Mirás se quedó impresionado.
Pasaron muchos años sin que volviera a saber de Valeriano. Pero este fin de semana lo he vuelto a ver. Desahuciado de la Alameda, García Temprano y su familia concentraron sus esfuerzos churreros en el local que está junto a la capilla de San Lázaro y cuyo rótulo, escrito en letras blancas sobre fondo azul, me recuerda cada vez que paso por delante en moto las enseñanzas cívicas de mi padre: "Churrería Temprano". Y en mi cabeza salta un engranaje automático: "Nunca llegarás tarde". El domingo me zampé los churros de Valeriano y casi mastiqué su chocolate espeso , como claras me gustan las cosas. Y eso, para mí, es casi como tomar la comunión. Y allí estaba él, a sus 63-64 años, chupado, con la cabeza llena de pelo y la cara marcada de viruelas. Quién me lo iba a decir. Ahora os dejo, que no puedo llegar tarde.

5 de abril de 2011

Gracias a todos -y a la difunta mosca-

Gracias a todos los que, por un canal u otro, me habéis hecho llegar vuestras felicitaciones. Por si todavía hay alguien que se quedara con las ganas de leer el asunto de la mosca -el ser que primero fue huevo, luego larva, luego pupa, luego mosca, luego cadáver y luego iPad- ahí va. Gracias también a la gente de Círculo de Lectores, que me han hecho recuperar la fe en los concursos. En el fondo, lo que siempre he querido es publicar un libro con todas estas cosas que ya están escritas, convenientemente editadas y encuadernadas. Pero no sabría ni por dónde empezar. Así que lanzo embotellado mi mensaje a este océano digital, no vaya a ser que despierte el interés de algún navegante.Ya saben: se escribe la vida, se toca la gaita, se cuelgan cortinas. Razón, aquí.

De un manotazo
Premio Círculo de Lectores de Microrrelato
Nacho Mirás Fole

Reparé en lo que había hecho una vez que ella yacía en el suelo, cadáver. En una décima de segundo destrocé su genética perfecta, su aerodinámica inimitable y su visión compuesta como se destrozan las cosas, sin pensar en las consecuencias. Machado le dedica un poema a las de su especie y yo, que soy un ignorante, la asesino sin contemplaciones. Minutos antes, ajena a todo, revoloteaba incansable sobre mi cabeza y se posaba encima del bruto de una entrevista con la conselleira de Traballo; descansaba sobre un sumario. Qué digo un sumario. ¡Un sumario secreto!; defecaba puntitos negros sobre la guía oficial del Colegio de Abogados, se cagaba en el Ilustre Colegio de Abogados. Se burlaba de mi compañero Cambeiro, incapaz de matar a una de ellas. Y de vez en cuando, desafiante, se atrevía incluso a hacerme cosquillas con sus asquerosas y perfectas patitas sobre la nariz, a recordarme que tengo los pelos de la cabeza como perlas, escasos. Pensaría ella en la cena, en el fin de semana, en su puta vida díptera, yo que sé. Igual estaba preñada. Supongo que el golpe de mi mano izquierda tuvo el mismo efecto que si a mí se me cayera encima un polígono industrial, el monte de la Guía, el estadio de Balaídos o todo Matamá. No creo que notase nada si eso pasase, me deformaría y me apagaría al instante, seguro, pero no sentiría dolor. No puede haber dolor cuando lo que provoca el dolor es un millón de veces mayor que el que lo sufre; no hay medida de las cosas y, si no hay medida de las cosas, no hay. Y ese es el último consuelo que me queda, que ese ser perfecto y pululante cambiase de la vida a la muerte, del on al off, sin sufrir ni darse cuenta, eclipsado por un big bang zurdo. Con sus alas deformadas, cabeza, tórax y abdomen catastróficos, con su espiráculo delantero arruinado, como el escudo de una Vespa machacada por la proa del Remolcanosa, la cogí con la punta de los dedos y le di sepultura en la papelera, a ella que fue huevo, larva, pupa, mosca y, esta tarde, cadáver porque se cruzó conmigo. Guardé un minuto de silencio, regresé al trabajo y juré no volver a matar a una de ellas. Soy un tipo peligroso; un asesino de moscas, pero me estoy quitando.