Qué no somos europeos, no os engañéis. Eso es un espejismo. ¿Europedos? Quizás, pero lo otro no, bajo ninguna circunstancia. A las 9.25 de esta mañana me he subido en el tren que une Santiago con Hendaya. Mi destino era Pamplona, pero la única manera de ir a Pamplona en tren es coger la línea de Hendaya, bajarte en Vitoria y hacer un transbordo.
No sé cuál es el motivo, pero el tren de Hendaya se llama Tren Arco. Visto lo visto en el viaje, yo sería más partidario de rebautizarlo como Tren Arco de Noé por lo rústico de sus servicios, de su moqueta, de su chachachá. Compré billete en Preferente un poco engañado. En los foros de Internet decían que los trenes que realizan estas distancias largas ya van equipados con todas las comodidades de la vida moderna, quiero decir: te sirven la comida a la hora de comer; te ponen unas bonitas películas para entretenerte; tienes varios canales de música e, incluso, enchufe para cargar el móvil, que es un electrodoméstico indispensable en este presente del futuro en el que estamos instalados. Pero mira que soy idiota por creerme todo eso.
De todas las comodidades que pensé que tendría, la única destacable es el espacio entre asientos. Soy patilargo y tengo envergadura, así que agradezco no viajar en un buzón de Correos. El vagón de preferente tiene un aire retro que no está del todo mal para un museo, con su moqueta y sus cortinas verdes. Pero del resto, de la vida futura, nada de nada. Me alegré cuando vi sobre el asiento un pequeño saquito morado con unos auriculares dentro. Pero se me bajó el calentón cuando, a las 13.00, pusieron una película. No daba crédito: una cinta en VHS de los noventa titulada “El club de las primeras esposas”. Con su imagen lluviosa, sus crops, su sincronía desgastada. Me puse a pensar cuántos amigos conozco que tengan todavía en casa, y en uso, un vídeo VHS. Y no me vino ninguno a la cabeza. Pero la Red Nacional de Ferrocarriles Españoles sigue utilizando semejante aparato en los trenes que comunican el norte. La película, si acaso, la escuchamos, porque lo que se dice verla… Tuve que mirar por la ventanilla para confirmar que tiraba de nosotros una máquina Diésel y no la Sarita, la locomotora de vapor que conducía el abuelo de Camilo José Cela. Renfe se resiste a instalar un deuvedé, un lujo asiático que cuesta 25 euros en Alcampo.
Sentí entre risa y vergüenza ajena pensando en qué imagen se llevarían de nuestra red ferroviaria los peregrinos que regresan a Europa después de haber caminado con sus báculos y sus ropa de Decathlon hasta Compostela. Diez horas para llegar a Vitoria en un tren con moqueta verde que entretiene en VHS.
A las dos de la tarde me cantaban las tripas La Cumparsita. “Debe de estar a punto de llegar la comida”, pensé. No puedo ser más idiota. Renfe sí que sirve comidas en largas distancias, pero no en el tren del norte. Se supone que los del norte somos tipos fornidos y cachalotes, un poco gallegos, un poco vascos, un poco navarros… que resistimos lo que nos echen sin comer, tenemos reservas y, además, sobre todos los gallegos, somos muy de llevar paquetes y fiambreras. ¡Maldita la falta que hace un catering en un tren del norte!, pensarán los anoréxicos responsables del servicio en sus despachos de Madrid. Lo mismo la ausencia de cátering forma parte de un plan secreto del Gobierno contra el sobrepeso. El caso es que ni agua. ¿Pero esto no era preferente?, me pregunté. ¡Ya!, caí. ¡Regional preferente! Si es que no estoy a lo que estoy.
Acabé zampándome un bocadillo de jamón y una Fanta que compré en la cafetería al módico precio de ochocientas pesetas de las de antes. No estaba mal, pero tenía otras expectativas gastronómicas. Incluso, si me lo hubieran ofrecido, habría pagado aparte el menú, ya puestos en harina. Pero Renfe no ofrece nada. Renfe castiga a los del norte con el tren Arco de Noé que, encima, tuvo que pedir socorro. Como iba con retraso –el baile de enganches y desenganches en Ourense y Monforte es la yenka ferroviaria, ahora vas mirando hacia delante, ahora hacia atrás- el revisor nos dijo que no llegaríamos a tiempo a Vitoria para coger el regional a Pamplona. Así que nos buscó por los vagones a los que nos dirigíamos a Iruña y nos aconsejó que, a la de tres, en cuanto llegásemos a Miranda de Ebro, nos bajásemos como si la vida nos fuera en ello y echásemos a correr por el andén para subirnos de nuevo al Regional que venía detrás. Todos interpretamos que en ese Regional llegaríamos ya a Pamplona, pues se supone que solo había un transbordo. Pues tampoco. Lo que hizo el Regional fue recuperar el tiempo perdido por el Arco de Noé para llegar a Vitoria pero, una vez en la capital alavesa, tocó salir pitando de nuevo y montarse en un tercer tren, en el que estoy ahora, para acabar la travesía en Pamplona. No ha sido un viaje incómodo, no es eso. No he pasado ni frío ni calor, he ido holgado… Pero solo con un poco más de interés, el norte de la Península podría estar conectado por una línea del siglo XXI y no por un Zeppeling diésel cuyo mayor avance tecnológico son sus vistas. Ya que la vía es la que es y la distancia no se puede acortar, ¡Hagan más cómodo el viaje, leche! Pongan un tren moderno, como los que tenían en Europa ya en los años ochenta del siglo pasado, con su cátering, sus películas en color, sus canales de música y esa información tan agradecida que sí hay en otros trenes, que te marca la velocidad, la temperatura e incluso el recorrido. La alternativa aérea tampoco es una opción. Sólo Iberia enlaza Galicia con el País Vasco y con Navarra así que cobra lo que le da la gana y hace de sus capas unos rentables sayos voladores. Yo me he venido en tren porque la oferta más económica –tiene coña lo de la tarifa económica- que me hacía la aerolínea eran unos 400 euros por un viaje solo de ida. Lo dicho, que seguimos instalados en el siglo XIX; en la prehistoria. Y Europa empieza justo detrás de los Pirineos. Nosotros solo somos europedos.