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12 de octubre de 2007

Abanderados

Vuelvo abochornado de la plaza del Obradoiro, donde los rojigualdos y los blanquiazules se liaron en una regueifa dialáctica patética, penosa, lamentable. Los cachorros del PP se apostaron en el medio y sacaron a relucir la mantelería. "¡España! ¡España!". Camisetas de la selección española. Banderita tú eres roja. Banderita tú eres gualda. Apostados en la verja de la catedral, diez del bando contrario, uno con la capucha puesta -igual estaba acatarrado- tendían, como quien pone a clareo unas sábanas, dos banderas pretendidamente gallegas, una con la estrella roja en el medio y la otra bordada con el escudo que dice: "Denantes mortos que escravos".
-"¡España, una, y no cincuenta y una"
-¡Esa bandeira, ímola queimar!"
Y así se fue la mañana, en un intercambio de exaltaciones igual de absurdas y de insultos mútuos que, por el tono bravío, ganaban sin duda los acólitos de Mariano Rajoy. Estuve tentado de taerme de casa una docena de calzoncillos, colgarlos en un palo y hacer también de mi patria mi bandera, y de rendirle un homenaje sentido y patrio a esa prenda tan nuestra como es el gayumbo. Los rojigualdos se crecían cuando le daban al play de un radio casete que tenían escondido en una bolsa y sonaban, saturados y distorsionados, los acordes del himno de España. Turistas y peregrinos se subían al carro de la españolidad y se enzarzaban con los de la reja en una batalla de insultos sin fin:
-¡In-de-pen-den-cia! -¡In-de-pen-den-cia!, decían los de la capucha y el pano azul y blanco.
-¡España una, y no cincuenta y una!, replicaba repetitivo y monótono hasta producir empacho el coro de los de Rajoy. ¿Qué sentido tiene rendir homenajes a los símbolos? Ninguno. Ya se ve qué grandes resultados se consiguieron en el Obradoiro. En ambos los dos trapos no reconocí esta mañana nada mío. Menos mal que, en un momento de duda, me metí la mano dentro de los pantalones y encontré, recién puestos, esos calzoncillos en los que milito. Yo también soy abanderado, pero sólo de cintura para abajo. Me sobráis unos y me sobráis los otros.